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| 5/17/2013 12:00:00 AM

Otro accidente laboral en fábrica del sudeste asiático

Una vez más se prenden las alarmas por las condiciones laborales de los trabajadores en las industrias de esta región.

A las siete de la mañana del jueves un techo de cemento se desplomó sobre los empleados que se encontraban en una fábrica de zapatos ubicada en la provincia de Kompung Speu, al oeste de Phnom Penh, la capital de Camboya. Según Ith Sam Heng, ministro de Asuntos Sociales, hasta el momento hay tres víctimas fatales (aunque previamente se había dicho que podían ser seis) y un número indeterminado de heridos.

La cifra podría haber sido mucho mayor. De los 7.000 empleados solo 100 estaban al interior de la fábrica, propiedad de la compañía taiwanesa Wing Star Shoes que suministra los productos a la marca deportiva Asics.

No es el primera vez que sucede algo así en esta región de Asia. El mes pasado ocurrió uno de los peores desastres en una fábrica de Bangladesh donde murieron más de 1.100 cosedoras de ropa.

El gobierno alemán y algunas organizaciones internacionales han reaccionado y buscan mejorar las condiciones de trabajo por medio de un pacto al que ya se han unido cerca de 30 empresas. Entre ellas están Mango, Carrefour, H&M, Marks & Spencer, Primark, Benetton e Inditex (que incluye a Zara, Pull and Bear, Bershka, Massimo Dutti, entre otras). Las norteamericanas Gap y Walmart son algunas de las que todavía no se han adherido al pacto.

El acuerdo obliga a costear las reparaciones necesarias, busca garantizar mínimos de seguridad, realzar los salarios y prevé la supervisión de la OIT e inspecciones independientes cuyos resultados sean públicos. Sin embargo, el ámbito de aplicación del pacto se limita solo a Bangladesh, un país que tiene muy malas condiciones de trabajo, pero no es el único.

En Camboya, cerca de medio millón de personas trabajan en la industria de la confección, de las cuales la gran mayoría devenga el salario mínimo, que acaba de subir de 61 a 75 dólares mensuales.

Como señaló el profesor Cesar Rodríguez en su columna de El Espectador, estos desastres deben llevar a “una regulación global en la que todos pongan su parte: los gobiernos, normas laborales que se cumplan; las marcas, responsabilidad por lo que pase en las fábricas; y los consumidores, acciones coherentes con la conciencia de lo que llevan sobre la piel”.
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