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| 9/17/2011 12:00:00 AM

Palestina año cero

Con su ofensiva en Naciones Unidas por conseguir que sea reconocido su Estado, la Autoridad Nacional Palestina se juega sus restos en una movida llena de riesgos.

Desde hace varios meses, Xavier Abu Eid duerme poco. Este hombre forma parte de un equipo de sesenta personas que trabajan desde hace meses para lograr que sea reconocido el Estado palestino en las Naciones Unidas. Atiende llamadas de los periodistas, viaja con los líderes palestinos a destinos diversos, asiste a ruedas de prensa y recibe a personalidades de países que llegan hasta Ramala, la sede del gobierno palestino.

El territorio que gobierna la Autoridad Nacional Palestina (ANP) comprende Ramala y sectores de Cisjordania que limitan con Israel. Para llegar a ese lugar es necesario pasar por el aeropuerto israelí David Ben Gurión y pasar por uno de los puestos de control vigilados por soldados israelíes que sirven de entrada a esas calles por las que solía viajar el legendario Yasser Arafat. Una vez en ellas, los letreros en árabe y las banderas palestinas se ven en las calles. Aunque hay oficinas gubernamentales, muchas de las compras y transacciones se hacen en shékeles -la moneda israelí- y los que no tienen permiso de ingreso a Israel deben viajar hasta los países árabes para llegar a otros países del mundo. En la Autoridad Nacional Palestina no hay aeropuerto.

Junto a Abu Eid trabajan abogados, periodistas, profesores y diplomáticos. Algunos nacieron en Ramala, los países árabes o en otros lugares del mundo. Independientemente de su origen, todos estarán atentos a cada palabra del discurso que el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, pronunciará en Nueva York el 23 de septiembre. Allí solicitará apoyo a los integrantes de ese organismo para que reconozcan su Estado de forma unilateral, es decir, sin necesidad de llegar a un acuerdo con Israel y teniendo en cuenta las fronteras previas a 1967.

La apuesta del presidente Mahmoud Abbas es temeraria, pues Palestina se arriesga a perder ayudas internacionales vitales que representan 30 por ciento de su PIB. La Casa Blanca ya amenazó con suspender sus aportes anuales de 500 millones de dólares y Tel Aviv anunció que iba a congelar el comercio con Palestina, que exporta 87 por ciento de su producción a Israel. Con un déficit crónico, una dependencia energética y económica fuerte de Israel, un desempleo de más de 20 por ciento y la división entre el Hamas, que controla Gaza, y el Fatah, que gobierna en Cisjordania, se teme que el nuevo Estado palestino se convierta muy pronto en un Estado fallido.

Sin embargo, para Abbas es claro que no tienen mucho que perder, pues el día a día de los palestinos ya es dramático. Además sabe que 18 años después de los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 por Yasser Arafat e Isaac Rabin, no se ha logrado nada concreto y las negociaciones hasta ahora han sido decepcionantes. Abbas siente que solo pueden avanzar de manera unilateral. Los diálogos entre ambos pueblos están estancados desde septiembre de 2010, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos, el principal mediador, y de hombres como el ex primer ministro británico Tony Blair, quien preside el Cuarteto para Oriente Medio (Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y la ONU).

Sin embargo, en la ANP todavía discuten cuál es la estrategia más adecuada. Al cierre de esta edición, Abbas seguía sosteniendo que pedirá el reconocimiento del Estado palestino ante el Consejo de Seguridad, a pesar de la posición de algunos de sus asesores, que piensan que sería mejor saltarse ese paso y solicitarlo ante la propia Asamblea General.

La razón es doble. Por una parte, Estados Unidos ya anunció que vetaría la proposición, pues para Washington el único medio de llegar a ese reconocimiento es mediante negociaciones con Israel. Y por la otra, ese país podría alargar el proceso, pues el siguiente paso sería conformar un comité cuyo trabajo podría tomar semanas y meses en resolverse.

En la Asamblea General, donde no existe el veto, los palestinos necesitan dos tercios de los votos, es decir, 128. Según dijo Abu Eid a SEMANA, ya tienen el respaldo de 126 países, entre ellos, China, Rusia, España, los países árabes y gran parte de África, Asia y América Latina. Y anuncian que cerca de 150 países podrían apoyarlos. Con esa estrategia, Palestina elevaría su estatus de "entidad observadora" a "Estado observador", aún no sería un Estado pleno pero tendría la misma posición que el Vaticano, Kosovo o Taiwán. Los palestinos, además de entrar a instituciones como la Unesco, la Organización Mundial de la Salud o Unicef, conquistarían nuevos derechos de cara al conflicto que mantiene con Israel desde 1948.

Además se reconocerían de manera implícita las fronteras anteriores a 1967 como los contornos de un Estado palestino. Es decir, partes de Cisjordania, de Jerusalén Este y de los Altos del Golán, que fueron tomados por Israel en la Guerra de los Seis Días, ya no podrán ser considerados por Tel Aviv "territorios en disputa", pues ante la ONU serán "territorios ocupados".

Otro punto que preocupa a Israel es que al convertirse en Estado, Palestina podría suscribir el Tratado de Roma, lo que le daría jurisdicción a la Corte Penal Internacional (CPI) para investigar eventuales crímenes de Israel. Desde ya se anticipa que la ANP demandaría a Israel por las colonias judías en Palestina, donde viven más de 500.000 personas, pero el uso de armas no convencionales en la Operación Plomo Fundido en Gaza en 2008, o las denuncias de abusos de Tsahal, el Ejército de Israel, en la ciudad palestina de Yenín en 2002, también podrían ser examinados por la CPI.

Ese panorama es preocupante para muchos israelíes, que no han dudado en culpar los pésimos cálculos políticos del primer ministro, Benjamin Netanyahu. En los dos años que lleva en el poder, no ha hecho nada para romper el statu quo, que terminó por impulsar a los palestinos a la Asamblea General. Pero además, la Primavera Árabe cambió por completo el contexto regional, algo que Netanyahu no ha logrado entender, pues ahora los líderes árabes ya no van a gobernar a espaldas de sus pueblos, profundamente propalestinos. Lo que tiene al Estado hebreo cada vez más aislado.

En menos de una semana, Netanyahu redujo sus relaciones diplomáticas con Egipto y Turquía, sus principales aliados en Oriente Medio. Se negó a pedirle perdón a Ankara por la muerte, a manos de Tsahal, de ciudadanos turcos en la Flotilla de Gaza, en 2010, y le tocó retirar a su embajador de El Cairo después de que una turba asaltó la representación hebrea en Egipto, en protesta por la muerte de varios soldados egipcios por culpa de soldados israelíes en la península del Sinaí.

Mientras los palestinos esperan que Naciones Unidas acepte su petición, el gobierno israelí desea lo contrario. El polémico ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, dijo que una declaración unilateral tendrá "consecuencias graves" y agregó que su país "ha demostrado gran generosidad hacia los palestinos, pero eso no nos ha traído la paz". También dijo que Israel no acatará ninguna declaración unilateral y mostró su confianza en lograr una solución a través de las negociaciones para la paz.

Algunos, como Gil Hoffman, el principal analista político del diario The Jerusalem Post, piensan que la ANP en realidad está realizando una movida estratégica. Hoffman dijo a SEMANA que esta declaración unilateral probablemente no afecte ni a Israel ni a los palestinos. Cree que si obtienen la mayoría de votos en Naciones Unidas será una "victoria simbólica. Ellos sienten que eso les ayudará a la hora de regresar a la mesa de negociaciones con Israel. Es un asunto táctico. Si Israel dice, por ejemplo, que el Muro Occidental (más conocido como Muro de las Lamentaciones) le pertenece, los palestinos dirán: 'Es nuestro y así lo ratificó la comunidad internacional'. El tema de la votación es una victoria moral".

Pero varios columnistas son más escépticos. Consideran que la conjunción del Septiembre Palestino con la Primavera Árabe va a desatar una "tormenta perfecta", cuyas consecuencias pueden ser impredecibles. Para Jonathan Rynhold, director del centro Argov para Israel de la Universidad Bar-Ilan, de Tel Aviv, es muy probable que la votación genere demostraciones violentas en la Autoridad Nacional Palestina y en el mundo musulmán. "Estas demostraciones podrían salirse de control fácilmente y conducirían a una escalada de violencia contra los israelíes y judíos. Debido a la debilidad de las élites árabes y siguiendo los pasos de la Primavera Árabe, esto podría conducir a una guerra". Sería una tercera Intifada, a la que Tsahal ya se está preparando. Sea cual fuere la visión del futuro regional, los palestinos nunca habían llegado tan lejos en busca del apoyo internacional por su causa. Por eso, si en algo parece haber acuerdo, como dice Abu Eid en su oficina, es en que el momento tiene ribetes históricos.

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