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| 10/25/1982 12:00:00 AM

PARA LA HISTORIA MUNDIAL DE LA INFAMIA

Un periodista del "Washington Post" vio que soldados israelíes y falagistas participaron hasta último momento en la matanza de Chatila y Sabra

Los holocaustos se toman su tiempo. Primero fue el silencio, un sonido extraño en Beirut, cargado de presagios porque los palestinos de los campos destrozados de Chatila y Sabra pudieron comprobar que estaban completamente desamparados.
Las milicias musulmanas de izquierda, los Morabitoums, que los protegían después de la retirada de la OLP, habían debido replegarse ante el avance del ejército israelí que invadió ese montón de ruinas conocido como Beirut occidental el miércoles 15 de septiembre. La muerte del líder falangista y presidente electo Bechir Gemayel, había servido de pretexto al gobierno de Menahen Begin para completar la operación iniciada el 6 de junio pasado, al invadir el Líbano.
El acuerdo negociado y respaldado por Estados Unidos, que preve el retiro de la OLP de Beirut y el repliegue de las fuerzas judías, fue descaradamente violado. Calle por calle, precedidos por formidables barreras de artillería, los tanques e infantes judíos conquistaron la ciudad arrasando la resistencia de los guerrilleros libaneses.
Había, otra vez, que justificar la violación de los compromisos formales. Según la primera, y tímida, declaración del presidente Reagan, los israelíes respondían así al más imaginativo que real "ataque de unos milicianos de izquierda". El primer ministro Begin denunció la existencia de dos mil combatientes de la OLP en los campos de refugiados que no aparecieron por ningún lado. Y además, insistió el general Sharon, ministro de defensa israelí, sus tropas debían garantizar el orden y la seguridad de los habitantes de Beirut.
Horas después de la declaración inicial de Ronald Reagan, el gobierno de USA advirtió la magnitud del desafío israelí que convertía en papel mojado los acuerdos pactados gracias a la tarea del enviado especial Phillip Habib. En medio de una tormenta de protestas de sus aliados europeos Reagan pidió la retirada israelí de Beirut occidental.
La tragedia ya estaba en marcha. El jefe de estado mayor israelí, general Eitan, y el implacable ministro de Defensa, general Sharon, querían terminar a fondo su tarea de cerco y destrucción de los palestinos. El objetivo no sólo era militar sino político: para liquidar la presencia palestina había que provocar un éxodo en masa de los refugiados en los campos. El sistema no es nuevo: ya lo ha utilizado el ejército de Israel en otras ocasiones. Pero el grado de barbarie que alcanzó esta vez tiene antecedentes en la hoja de servicios del comandante del Irgun Tsvai Leumi, Menahen Begin, y del impetuoso general Sharon.
El Irgun fue la organización armada que, durante la guerra de la independencia de Israel, se prodigó en acciones terroristas basadas en la filosofía de imponer los hechos consumados y arrasar con la oposición árabe. Estas acciones lo llevaron a un enfrentamiento con las autoridades sionistas de tendencia socialista y su brazo armado y la Haganah (Defensa), las fuerzas fundadoras del ejército israelí.
Esta oposición llegó a su punto más dramático en una famosa matanza que tuvo lugar en la localidad palestina de Bair Yassim. Sus habitantes indefensos y familias enteras, fueron masacrados por las fuerzas del Irgun, y otro grupo terrorista, la banda Stern. Bair Yassim, no sólo sirvió como emblema de su catástrofe a los palestinos sino también como el ejemplo constante que esgrimían las fuerzas de la Haganah y los socialistas para abominar de los métodos del Irgun y de Menahen Begin. Este antecedente es precioso, para entender el estilo y la mentalidad del primer ministro israelí.
Otra tragedia pretérita esclarecedora tiene que ver con el general Sharon. Eterno rebelde, dado a las operaciones violentas que contribuyeran a forjar en su torno una leyenda de héroe, Sharon fundó en la década del 50 la unidad 101, un grupo de comandos especializados en acciones en campo enemigo. Famosos por su coraje y también por su indisciplina, el alto mando le ordenó ocupar la aldea jordana de Qibiya y tomar unos prisioneros como acto de represalia las casas con las familias dentro: hubo 60 muertos y un escándalo formidable. Ben Gurión, padre fundador de Israel quiso expulsar a Sharon del ejército. Golda Meir lo odiaba por estas y otras "hazañas" y cuando llegó al gobierno tuvo la satisfacción de jubilar a Sharon. "El día en que este hombre vuelva a nuestro ejército, amenazó Golda Meir, yo misma encabezaré una manifestación de protesta ante el ministerio de Defensa"
Pero Sharon creó escuela. Uno de sus discípulos es el general Eitan, jefe de comandos y también con un rosario por unas acciones de sábotaje contra Israel. Sharon y sus hombres volaron a cuestas de leyendas de acciones audaces y de extrema violencia. Todas estas personalidades, estos estilos dominan el gobierno y el alto mando israelí, desde la llegada de Menahen Begin al poder. Es por encima de todo la política de los hechos consumados a cualquier costo, y sin que importe la opinión pública mundial.
Begin, Sharon y Eitan tenían a Beirut occidental en sus manos el miércoles 15 de septiembre. Quisieron arremeter contra los campos de refugiados, forzar el éxodo palestino porque estaban convencidos de queXno bastaba con erradicar a Arafat y la OLP. Es del pueblo palestino de donde salen los combatientes.
FUSILADOS CASA POR CASA
Y entonces se produce el choque con los norteamericanos, que se niegan a permitir nuevas acciones. Reagan insiste en que es el ejército libanés quien tiene que ocuparse de hacer cumplir los acuerdos y garantizar el orden. El general Sharon había previsto este obstáculo y echa mano de sus aliados: las falanges cristianas (Kataeb), enfurecidas por la muerte de Gemayel y las tropas mitad mercenarias del mayor Haddad, quien mantiene en el Sur del Líbano, junto a la frontera con Israel, un miniejército que lucha a muerte contra los palestinos.
Las versiones se contradicen al llegar a este punto. Los israelíes insisten en que fueron los falangistas del Kataeb quienes arremetieron contra los campos de Chatila y Sabra. La versión de las víctimas adjudica la identidad de los asesinos a la soldadesca de Haddad. Parece más exacto el testimonio del periodista Loren Jenkins del "Washington Post", un veterano corresponsal de guerra: El pudo ver los uniformes de las dos organizaciones en los campos, en los últimos momentos de la matanza.
La decisión fue entonces dejar a las milicias cristianas hacer el trabajo sucio. Sharon autorizó la entrada de estas fuerzas en los campos, denunció el periódico israelí "Haaretz". No cabe otra posibilidad porque los milicianos falangistas se contaban por centenares, llevaban toneladas de explosivos, camiones, y hasta bulldozers para arrasar los cadáveres y escombros. Es obvio, además que las fuerzas de Haddad fueron transportadas desde sus acantonamientos en el sur Libanés.
Es imposible que estas considerables fuerzas se hayan movilizado sin el conocimiento y la autorización del ejército de Israel, el cuarto en el mundo por su potencia y famoso por su eficacia. De pronto, el horror. Era el silencio en la tarde del jueves 16 de septiembre. Los campos palestinos de Chatila y Sabra albergarán unos pocos millares de sobrevivientes ante el infierno de más de dos meses de continuos bombardeos desde tierra, mar y aire. La población fue diezmada y no hay una sola familia que no llore a uno o varios de sus deudos.
A estas sombras que ya conocían la plena realidad de lo inhumano les estaba reservado un momento de mayor horror y sufrimiento. El ejército israelí tenía rodeados los campos. Había todavía luz en el atardecer cuando llegaron los exterminadores.
Casa por casa, los habitantes fueron golpeados, arrinconados, degollados o fusilados. Cada callejuela se convirtió en un museo de horrores donde se apiña a los cadáveres de hombres, mujeres y niños inmovilizados por la muerte en las actitudes grotescas que dibujan la fisonomía de la masacre.

"Yo huí cuando se escucharon los primeros disparos. Mi casa está lejos. Los que escaparon después de mi me contaron que no se perdonó a nadie". Amina Nouri daba su testimonio a los periodistas sin sospechar que horas después encontraría a su abuelo, de noventa años, entre las víctimas.
Entre los cadáveres, numerosos bebés. Niños de corta edad aferrados a su madre; algunos degollados, al igual que toda su familia. Es una tradición de la venganza local. Muchas mujeres fueron violadas antes del asesinato. Los testimonios médicos son concluyentes sobre esta infamia adicional.
¿Y los israelíes? ¿Qué hacían esos soldados atormentados desde su infancia por los relatos del holocausto de su pueblo? ¿Qué sentían esos jóvenes conquistadores de un ejército que permite a sus soldados desobedecer una orden que vaya en contra de los derechos humanos?
"Les pedimos, les rogamos que hicieran algo para terminar la matanza. Pero nos dijeron que no tenían orden de intervenir" testimonia otro sobreviviente.
La orgía de muerte siguió hasta la mañana del sábado. Con la matanza, la destrucción sistemática de hs viviendas voladas muchas veces con hs familias adentro. Y después los bulldozers apilando escombros, escondiendo cadáveres y formalizando la política de tierra arrasada.
Enfermeras y médicos de la Cruz Roja, muchos de ellos extranjeros, fueron arrestados e interrogados. Un comunicado de la Organización desde Ginebra informa que numerosos heridos fueron muertos en sus camas y otros secuestrados. La siniestra institución latinoamericana de los "desaparecidos" se añade a la lista de atrocidades. Muchos jóvenes palestinos fueron secuestrados por los asaltantes y hasta ahora no se sabe de su paradero.
Lo que la historia conocerá como la matanza de Chatila y Sabra duró casi 35 horas. El escándalo estalló en el mundo el sábado 18 por la tarde y sumergió a Israel en la peor crisis de su historia. El Gobierno de Menahen Begin trató de eludir sus responsabilidades y, volvió a mentir señalando que se había enterado de los hechos el viernes. El General Sharon negó toda responsabilidad de sus tropas y aseguró que cuando sus fuerzas advirtieron la matanza hicieron retirar los grupos libaneses "incontrolados".
Las explicaciones de Begin y Sharon fueron destrozadas por las informaciones posteriores. Las más valiosas las proporcionaron los propios israelíes. El periódico independiente "Yediot Aharonoth" informó que los servicios secretos israelíes habían advertido al alto mando de la posibilidad de que se produjera una carnicería en los campos palestinos. Otro tanto informó el periódico independiente "Haaretz", señalando que varios jefes militares y ministros del gabinete se enteraron del comienzo de la matanza y no hicieron nada por impedirla.
También indicaron que los propios periodistas israelíes alertaron a miembros del gobierno sobre lo que estaba ocurriendo en los campos.
La denuncia más grave implicaba al general Sharon quien según "Haaretz" autorizó personalmente y contra la oposición de varios jefes militares israelíes el ingreso de los falangistas de Haadad a los campos. El general Eitan informó al gabinete que los falangistas "limpiarían" los campos y algunos ministros le advirtieron de la posibilidad de una matanza.
Si el escándalo golpeó al mundo entero, Israel se vio sacudido hasta los cimientos de su moral nacional. Las manifestaciones de protesta se multiplicaron y la oposición pidió, en una tumultosa reunión del parlamentó Knesset, la dimisión del primer ministro Menahen Begin. No tiene quizás antecedentes en la historia del Estado judio una crisis interna tan grave como la que ha ido escalando desde el comienzo de la invasión en Libano. Más que en la fortaleza de sus fuerzas armadas, los israelíes confiaron siempre en la solidez de su frente interno.
Esa piedra fundamental del Estado sionista se ha roto en pedazos por el martirio de los libaneses y palestinos. Pero nadie imaginaba quizás en Israel que su gobierno y sus fuerzas armadas se vieran comprometidas en la complicidad de una matanza que evoca inmediatamente los horrores del holocausto nazi contra el pueblo judío.
Como lo advirtió la oposición laborista, el ejército israelí ha quedado atrapado en el pantano de la guerra civil libanesa que ya lleva siete años de violencia insensata.
¿ESPERANZA?
Producida la matanza, de inmediato se produjeron una serie de acontecimientos encadenados que permiten albergar alguna esperanza sobre una cierta normalización de la trágica realidad libanesa. Para empezar, ha vuelto la fuerza internacional de intersección integrada por soldados italianos, franceses y norteamericanos que tratará de mantener el orden hasta que el débil ejército libanés extienda su área de influencia.
El parlamento libanés por otra parte, eligió a Amín Gemayel para reemplazar en la presidencia a su hermano Bechir. El consenso entre los diputados cristianos y musulmanes en torno a la figura de Amín Gemayel, un abogado de 42 años, posibilita un cierto equilibrio político capaz de echar las bases de un acuerdo de paz.
Amín tiene buenas relaciones con los musulmanes, izquierdistas y sirios. Pertenece al ala "política" de los falangistas y era el heredero del poder de su padre, Pierre Gemayel, fundador del Kataeb y figura consular de los cristianos maronitas. Su hermano Bechir le disputó el delfinazgo con todo éxito escalando posiciones en las milicias merced a un coraje y una violencia implacable rayana muchas veces con la crueldad.
El horror suscitado en el mundo entero por las matanzas de Sabra y Chatila quizá sirva para facilitar la solución al problema palestino, clave de toda la crisis en Oriente Medio. Uno de los argumentos favoritos del sionismo fue que el holocausto nazi hacía evidente la necesidad de un Estado nacional judío. El argumento es perfectamente aplicable a los palestinos después de lo sucedido durante la invasión al Líbano. Ya existe de hecho una alianza entre USA, los moderados árabes, Arafat y la oposición israelí para comenzar a dialogar y olvidar la violencia.
Si esta esperanza tiene consecuencias políticas,el martirio de Sabra y Chatila no habrá sido en vano. De lo contrario habrá que darle la razón a Simone de Beaúvoir: "Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra"
Juan Carlos Algañaraz (enviado especial)
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