Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1989/08/07 00:00

¡Paredón!

Purga o no purga, Fidel Castro sale salpicado y su hermano Raúl fortalecido del escándalo del cartel cubano.

¡Paredón!

"La justicia revolucionaria no puede perdonar a los traidores". Con esas palabras fueron envíados al paredón el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez. Los otros acusados de tráfico de estupefacientes fueron condenados a penas que llegaron hasta los 30 años de prisión. Pero aunque el caso del cartel cubano pareciera haberse cerrado, la mayor crisis de la revolución de Fidel Castro en sus 30 años de existencia está lejos de haberse superado.
No todo el mundo quedó convencido de que las cosas eran como las habían presentado. Las confesiones de los acusados, con autocrítica y arrepentimiento, eran demasiado perfectas como para ser reales. Todos los condenados a muerte juraron que su último pensamiento sería para Fidel, consideración bastante difícíl de entender fuera del contexto revolucionario si se tiene en cuenta que fue él, en últimas, quien los mandó fusilar.
Para muchos observadores internacionales, los mea culpa de los oficiales cubanos, con llanto y un llamado al pueblo cubano a no seguir jamas su ejemplo, eran una repetición de las famosas purgas de Stalin en los años 30. En esa época, Kamanev, Zinoviev, Bukharin y muchos otros héroes de la revolución bolchevique, confesaban uno tras otro haber traicionado la revolución, ser espías alemanes, agentes de Trotsky y haber intentado asesinar a Stalin. Invariablemente terminaban su confesión rogando que se les fusilara, para que su muerte sirviera de ejemplo a las generaciones venideras. Stalin les cumplió a todos ese último deseo, y durante décadas los historiadores estuvieron tratando de descifrar cuáles eran las técnicas de lavado de cerebro que lograban producir esas confesiones en público, de parte de personas inocentes. Con el transcurso de los años se estableció en forma categórica que no se trataba sino de un montaje orquestado por Stalin para deshacerse de sus rivales. Sofisticadas técnícas de tortura sicológica que incluían la amenaza de matar a toda la familia sí el acusado no cooperaba, producían el milagro.
Aunque, sin duda alguna, hay similitudes entre los dos juicios, ello no demuestra automáticamente que los eventos de Cuba de los últimos días sean simplemente una purga política. Si bien no se descarta que en la isla, como en cualquier proceso revolucionario, exista algún grado de lavado cerebral, lo que sí está completamente claro es que los oficiales acusados eran narcotraficantes de verdad. Esto no sólo ha sido demostrado por las autoridades cubanas,sino corroborado por las norteamericanas. Por tanto, la interpretación de que se trata sólo de un montaje para deshacerse de oficiales disidentes que querían una perestroika a la cubana, es por decir lo menos simplista. Para que tuviera alguna validez, se necesitaría que los oficiales condenados tuvieran el doble carácter de narcotraficantes y demócratas, condiciones que más que complementarias son antagónicas.
PURGA O PUGNA
Si se tratara de una purga, el gobierno de Estados Unidos no hubiera dejado pasar la oportunidad de explotar al máximo las posibilidades propagandísticas de semejante banquete político. Por el contrario, como los servicios norteamericanos de inteligencia habían establecido que se trataba de narcotraficantes reales, y la lucha contra el narcotráfico es la prioridad número uno del gobierno de Bush, Castro en cierta forma lo puso contra la pared, pues el único modo de afirmar que se trataba de una pugna entre grupos por el poder, era negar, en contra de su propia evidencia, que los inculpados estuvieran exportando cocaína a Estados Unidos. Por eso, ante la pregunta que le hicieron en una rueda de prensa el fin de semana pasado, sobre si creía que se trataba de una purga política, el presidente Bush no tuvo otra alternativa que recurrir al silencio.
El propio Castro, consciente de que estaba haciendo el papel de Stalin ante la opinión pública internacional, se tomó la molestia de tratar de que el juicio tuviera el máximo de garantías hasta donde eso es posible en un régimen comunista. No sólo permitió que aparecieran en televisión los argumentos de la fiscalía y las declaraciones de los acusados, sino también el alegato final de los abogados defensores en contra de la pena de muerte. Como todos los inculpados habían confesado, estos argumentos se reducían a destacar los importantes servicios que le prestaron a la causa revolucionaria, antes de caer en la tentación. Fuera de esto, el otro atenuante que oyeron los televidentes fue el de que personas que habían tenido el valor de confesar sus culpas y expresar su arrepentimiento merecían que se les conmutara la pena de muerte por la cadena perpetua.
REVOLUCION MANCILLADA
Sin embargo, aunque no se trate de una purga, lo cierto es que la revolución cubana queda muy mal parada como consecuencia del Cuba-gate. Todas las pretensiones de un "nuevo hombre" más motivado por valores morales y colectivos que por el ánimo de lucro personal, quedaron por el suelo al estar "untada" parte de la cúpula. Las gloriosas jornadas internacionalistas en Angola y Etiopía acabaron reducidas a vulgares episodios de contrabando de diamantes, marfil, armas y estupefacientes. Prácticamente lo único que faltó fue la trata de blancas. El inmaculado uniforme del ejército revolucionario queda manchado al establecerse que los héroes que lo habían portado eran mafiosos.
Lo más grave es la pérdida de los principios revolucionarios. Muchos se preguntan cuáles principios puede haber cuando el ejército cubano entrena guerrilleros de países como Colombia y, al mismo tiempo, algunos de sus oficiales son socios de los jefes paramilitares que combaten a muerte a esos guerrilleros. En el mismo año, el régimen de Fidel Castro le profesaba su simpatía a la candidatura de Jaime Pardo Leal y le vendía armas a sus asesinos. También, como se desprende de las declaraciones del coronel Antonio de la Guardia sobre sus contactos con Ramiro Lucio, Cuba asesoraba al M-19 en materia guerrillera y recibía de ese movimiento asesoría en materia de narcotráfico.
DAñO IRREPARABLE
En todo caso, lo que nadie puede dudar es que el general Ochoa y sus negocios le han hecho un daño enorme a la revolución cubana. A pesar de su rigidez estalinista y de sus fracasos económicos, la revolución de Fidel Castro había sido un proceso lleno de gloria e idealismo, que compensaba la falta de conquistas materiales con la exaltación de principios de naturaleza moral. Ahora se ha comprobado que las graves acusaciones de sus detractores, que el propio Castro había negado enfáticamente -poniendo en tela de juicio su credibilidad- resultaron totalmente ciertas.
No menos trascendental es la forma como este escándalo ha afectado la imagen de Castro. Desde que llegó al poder, hace 30 años, habían logrado siempre el milagro de que las crisis de prestigio que una y otra vez había vivido la revolución, no afectaran su prestigio personal. En esta ocasión, por primera vez, la cosa es diferente. Frente a la demostración de que sus subalternos más allegados fueron narcotraficantes, el análisis para evaluar la posición del comandante en jefe deja solamente dos posibilidades: o es culpable si sabía, o no controla ya su revolución, si no sabía. A este mismo dilema se enfrentó Reagan en el caso del coronel North y, aunque nunca se pudo comprobar si sabía o no sobre las actividades de su subordinado, su prestigio quedó irremediablemente menguado.
En cuanto a Castro, seguramente tampoco se sabrá cuánto sabía. Pero de todas maneras su caso es más grave que el de Reagan. Aunque a este último se le alababan su excepcional intuición y su capacidad de comunicación, era un hombre entrado en años, calificado como relativamente perezoso y poco conocedor de los problemas de su país. Castro tiene fama de todo lo contrario. Siempre se ha afirmado que en Cuba no se movía una hoja sin su aprobación. Cualquier persona que hubiera viajado a la isla no dejaba de asombrarse de que todos los funcionarios altos, e incluso los mandos medios, invariablemente reflejaban que las deciciones importantes eran tomadas personalmente por Fidel. Que ahora resulte que los aviones, los barcos y las pistas de la isla se pusieran por acción u omisión al servicio del narcotráfico acaba con varios mitos que se tejían alrededor de la revolución cubana.
El principal de esos mitos es el de la infalibilidad de Castro, quien no podrá escapar por lo menos de alguna responsabilidad en este asunto, aún que sea en términos puramente administrativos. Es claro que una de las principales responsabilidades de un jefe de Estado, o inclusive de un simple gerente, es la escogencia de sus colaboradores más inmediatos. Por supuesto, escoger subalternos que se conviertan en narcos no es tan grave como serlo, pero sigue siendo muy grave. Y es que precisamente un asunto sobre el que no se ha hecho mucho énfasis es que algunos de los inculpados eran las personas más cercanas a Fidel. No tanto Ochoa, que era uno más de 51 generales, sino los hermanos De la Guardia, quienes a pesar de haber salido de la burguesía cubana, o quizás precisamente por eso, se habían logrado ubicar en el "grupo" de Castro.
LA PRIMOGENITURA
Por otra parte, el destituído ministro del Interior, general José Abrantes, quien no fue acusado de narcotráfico sino de negligencia, era el hombre más cercano a Fidel en el gobierno, después de su hermano. Su caída tiene enormes implicaciones en la sucesión del poder. Su remplazo, el general Abelardo Colomé, a diferencia de Abrantes, es más un hombre de Raúl que de su hermano mayor. Por tanto, la estructura de poder anterior que se bifurcaba entre Abrantes como ministro del Interior y Raúl como ministro de las Fuerzas Armadas, ha desaparecido. Hoy, todo el poder real quedó en manos del hermano menor quien, según algunos, es más rígido y estalinista que el propio Fidel. Hoy se dice que en Cuba Fidel reina y Raúl gobierna.
La destitución de altos funcionarios y las condenas a los implicados, evidencian que en Cuba se llevará el asunto hasta sus últimas consecuencias. Al cierre de esta edición, aún no se habían confirmado las ejecuciones, pues el Consejo de Estado deberá revisar las sentencias. Pero el escándalc ya dejó daños irreparables. La figura histórica de Fidel Castro era, en el siglo XX, sólo comparable a la de Lenin y Mao, y en términos de la historia latinoamericana, a la de Simón Bolívar. Hoy, en el ocaso de su carrera, y tal vez injustamente, no faltará quien, más bien, lo compare con la del general Noriega.

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