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| 5/31/2014 2:00:00 AM

El fantasma nacionalista recorre Europa

Con el avance de los partidos extremistas en las elecciones del Parlamento Europeo, el Viejo Continente parece sucumbir al repliegue nacionalista de antaño. 

La celebración de los 70 años del desembarco de Normandía, que salvó al Viejo Continente del proyecto nazi, resulta un poco amarga: hace pocos días millones de personas votaron en las elecciones del Parlamento Europeo (PE) por partidos que quieren destruir la Unión Europea, ese sueño nacido luego de la Segunda Guerra Mundial para preservar al continente de los delirios ultranacionalistas.

En Francia, Reino Unido y Dinamarca, la extrema derecha encabezó la escogencia de los 751 eurodiputados. En Austria, Hungría, Suecia y Grecia no alcanzó el primer lugar, pero obtuvo resultados históricos. Aunque sufrió reveses en los Países Bajos, Finlandia y Eslovaquia, la ola nacionalista nunca había sido tan grande. Las consecuencias son atroces: al menos 140 eurodiputados llegarán a Estrasburgo, sede del Parlamento, para insultar a la inmigración y el multiculturalismo.

El golpe más duro se dio en Francia, no solo porque el Frente Nacional (FN) obtuvo uno de los resultados más altos de la extrema derecha (24,95 por ciento), sino porque el país es uno de ‘padres fundadores’ de la Unión. Terremoto, catástrofe… ninguna palabra les bastaba a los partidos tradicionales para describir la debacle. Para el presidente François Hollande, se trata de una “realidad dolorosa” en la “patria de los derechos humanos”.

El FN, dirigido por Marine Le Pen, se convirtió así en el líder de los populistas. Para ellos, Europa y el tratado de Schengen son un colador que deja entrar cientos de miles a un continente en crisis. Nigel Farage, líder del británico United Kingdom Independence Party (Ukip), está convencido de que su país ha sido “tomado” por extranjeros que lo han dejado “irreconocible”. El Partido Popular Danés (PPD) por su parte, sugiere terminar con la inmigración de los países no occidentales y luchar contra el islamismo. El padre de Marine, Jean-Marie Le Pen, afirmó en medio de la campaña que el virus Ébola podría resolver el problema en África en tres meses. 

En esa victoria tienen mucho que ver la crisis económica que azota el continente desde 2008 y las directivas de austeridad impuestas a los miembros en dificultades, como Grecia, donde el neonazi Alba Dorada logró enviar tres diputados al PE. Todo eso frente a la impotencia de los partidos tradicionales –proeuropeos– que no tienen una respuesta a los 25 millones de desempleados (casi 10 millones más que en 2008).

Lo peor es que la extrema derecha ha logrado cambiar su imagen. En Francia, “Marine Le Pen hace parte de una generación que ha adaptado el partido a la postmodernidad al borrar sus aspectos más chocantes y al adoptar un discurso que no cambia de fondo, pero endulza la forma y se aleja de la extrema derecha tradicional”, dijo a SEMANA el politólogo Jean-Yves Camus, el más importante experto de los populismos en Francia.

En Dinamarca, el PPD ha hecho un trabajo largo. De 2001 a 2011, participó en la coalición de conservadores y liberales a cambio de una estricta política antiinmigración. Es normal entonces que el movimiento se haya vuelto ‘frecuentable’. El británico Ukip, por su parte, repite que es independista, pero no extremista.

El único camino, dicen los analistas, es que Europa demuestre que es capaz de salir pronto de la crisis. Además, los países deben explicar a sus ciudadanos los méritos de esta organización compleja: los beneficios económicos, la apertura de fronteras, la movilidad educativa, la defensa del medio ambiente y, sobre todo, la paz entre sus miembros.

Para fortuna de los europeístas, los extremistas no han logrado suficientes escaños para ser una fuerza propositiva importante. De hecho, como la extrema derecha tiene corrientes diferentes, no le quedará fácil armar una coalición. Para formar un grupo, deberán reunir al menos 25 eurodiputados de siete países diferentes. El Partido Popular Europeo, con 214 eurodiputados, y los socialistas y demócratas, con 191 escaños, seguirán siendo los principales. Sin embargo, los populistas contarán con una gran tribuna para vender su política del miedo y del rechazo.

Seguramente exageran quienes comparan la situación del continente con los años treinta y la consolidación del nazismo alemán. Pero nadie puede ignorar la advertencia que François Mitterrand lanzó en su último discurso al Parlamento Europeo, en 1995: “Si no vencemos nuestra historia, una regla se impondrá: ¡el nacionalismo es la guerra! La guerra no es solamente el pasado, ella puede ser nuestro futuro”.
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