Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/04/28 00:00

Pasó a la historia

Boris Yeltsin, enterrador de la Unión Soviética, acabó con el comunismo, pero el capitalismo salvaje que introdujo sólo hizo felices a unos cuantos 'oligarcas'.

Yeltsin, con cientos de dignatarios presentes, fue despedido con el primer funeral religioso de Estado realizado en Rusia en más de 100 años.

El ex presidente ruso fallecido el lunes personificó una época turbulenta: fue el enterrador de la Unión Soviética y se convirtió en el primer Presidente de Rusia. La imagen de Boris Yeltsin encima de un tanque en Moscú arengando contra el golpe militar quedará grabada en la historia rusa.

Sin embargo, su nombre está asociado con los sufrimientos que provocó a una generación. Con él nacieron los multimillonarios con mansiones en el Mediterráneo que van por Moscú en sus Rolls-Royce, fue la época del abandono de la Rusia profunda donde Yeltsin nació, de la guerra de Chechenia, de abuelitas vendiendo medias en las entradas del subterráneo y de científicos al volante de taxis. Para ellos, Yeltsin personifica el desamparo, la pobreza, la guerra, la desigualdad y la inseguridad.

Boris Nikolaevich Yeltsin nació en una aldea de los Urales, hijo de un campesino que sufrió la represión de Stalin en los años 30 -quizá de ahí su inconformismo-. Se hizo dirigente de la industria en Sverdlovsk, y en 1985, en plena perestroika, el secretario general Mijail Gorbachov lo trajo a Moscú como jefe del Partido Comunista de la ciudad. Ese hombre campechano revolucionó la capital. Decidió no almorzar en el comedor de los jerarcas, sino en el de los empleados. La emprendió contra las 'tiendas especiales' en las que los funcionarios compraban champán francés, mientras en los 'Univermag' moscovitas había que contentarse con chucrut y salchichas, tras largas colas.

Así fue creciendo su reputación, hasta que en 1987 se enfrentó a la jerarquía comunista. Gorbachov, cuyo prestigio en Occidente era inversamente proporcional al doméstico, apoyó su destitución. Pero el daño ya estaba hecho: el régimen había creado su sepulturero.

Los hechos se desencadenaron con rapidez: en 1989. Yeltsin ganó las elecciones al Parlamento en Moscú, renunció al Partido Comunista en 1990 y ganó las primeras presidenciales el 12 de junio de 1991. Dos meses después, los comunistas trataron de darle un golpe a Gorbachov. Yeltsin se subió a uno de los tanques leales y horas después, los golpistas huían. De inmediato, ilegalizó al Partido Comunista y cuatro meses después, estampó su firma en la sentencia de muerte de la Unión Soviética.

Los problemas empezaron cuando tuvo que construir. La liberalización de precios, la 'terapia de choque' y la hiperinflación de 2.000 por ciento en 1992; la guerra de Chechenia de 1994 -con 80.000 víctimas-; las pirámides financieras y el carnaval de privatizaciones de los grandes combinados de petróleo, aluminio, níquel, diamantes; los oligarcas y los escándalos que salpicaron su familia, todo rociado con vodka, lo llevaron a perder la popularidad de la misma forma tumultuosa como la había ganado.

En menos de una década, las ilusiones de 150 millones de personas se habían evaporado: no había lugar para todos en la prometida fiesta capitalista. Minutos antes de la medianoche de fin del milenio, Boris Nikolaevich, que ingresó de manera tan ruidosa a la historia, decidió salir en silencio. Nombró heredero a Vladimir Putin, de la KGB, a cambio de inmunidad. Hoy, sus partidarios se lo reprochan, pues Putin ha sido todo un dictador.

Es difícil encontrar balances tan opuestos: "Yeltsin quedará en la historia rusa -escribió el editorial de Nezavisimaya Gazeta-, porque destruyó los dos institutos clave del poder soviético, el Partido Comunista y la KGB...". El historiador Serguei Jarkov opina lo contrario: "La libertad no vino con Yeltsin sino con Gorbachov. Él trajo la anarquía y el caos".

Mientras Bill Clinton, George Bush padre y muchos dirigentes asistían a los funerales, los negativos comentarios recibidos por la radio Eco Moscú probaron que los gobernantes son a veces más queridos en el exterior que en su país. Pero, como dice Vitali Tretiakov, del Moskovskie Novosti: "Hay un solo hecho indudable: Boris Yeltsin condujo a Rusia. Eso es suficiente para entrar en la historia". ¿Cómo?, No importa.

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