Martes, 24 de enero de 2017

| 2009/01/04 00:00

Patria o muerte

Más que el comunismo, la independencia de Cuba explica que la revolución haya sobrevivido 50 años. Por Mauricio Sáenz, de SEMANA.

El líder máximo del Movimiento 26 de julio, Fidel Castro, libró una guerra de guerrillas que en tres años logró la victoria. Castro entonces negaba ser comunista

Cuando los funcionarios del gobierno revolucionario de Cuba tomaron posesión de las mansiones abandonadas en los barrios elegantes de La Habana, hicieron un hallazgo sorprendente. En no pocas de ellas, compartimientos secretos escondidos tras paredes dobles guardaban los tesoros de la casa: los cuadros, los jarrones, la platería, las esculturas, las figuritas de porcelana, los cristales, los cubiertos, la ropa blanca… Sus dueñas habían abordado el DC-4 de Pan American rumbo a Miami convencidas de que el inconveniente sería pasajero y que en tres meses, o a lo sumo seis, estarían de regreso para que la vida siguiera como siempre.

Esas señoras cubanas no eran unas ilusas, ni eran estúpidas. Porque en realidad eran mínimas las posibilidades de que sobreviviera ese liderazgo que meses después de derrotar al dictador Fulgencio Batista, se había enfrentado con Washington y se había declarado socialista. Ningún gobierno de esa isla de 11 millones de habitantes había resistido la presión de Estados Unidos en los escasos 61 años transcurridos desde cuando ese país expulsó a los españoles de Cuba y de sus últimas colonias. Nada indicaba que esta vez el asunto fuera distinto.

Pero el primero de enero se cumplieron 50 años de la victoria del Movimiento 26 de julio, y las señoras que aún viven siguen esperando el vuelo de regreso. La revolución cubana se mantiene en el poder, y sus mansiones son hoy día casas de protocolo en las que el gobierno recibe a sus visitantes ilustres, o también oficinas, o embajadas, o han sido divididas en apartamentos. De sus tesoros ocultos ya nadie se acuerda.

Ellas, y miles de cubanos que se quedaron en Florida, no pudieron regresar porque el movimiento triunfante comportaba un rompimiento muy profundo, más allá de la ideología, con una historia de anexionismo. No podían saber que la revolución cubana significaría que, después de muchos años, la guerra civil silenciosa que había atravesado la isla había terminado con el triunfo de los que preferían la independencia de su país, costara lo que costara.

Y, efectivamente, los cubanos a lado y lado del estrecho de la Florida pagaron un costo terrible por el lujo histórico de seguir siendo una nación. Los que emigraron a Estados Unidos perdieron su patria. Y los que se quedaron, la inmensa mayoría, debieron vivir bajo una dura tenaza conformada, por un lado, por la animadversión de los sucesivos gobiernos de Washington, que hicieron todo lo posible por acabarlos, desde la agresión militar y el terrorismo puro y simple, hasta un bloqueo económico asfixiante. Y por el otro, con un régimen de partido único que, si bien mejoró sustancialmente la forma de vida de la inmensa mayoría de los cubanos, lo hizo a costa de las libertades y las ilusiones de una sociedad que se adormeció bajo la férula totalitarista.

La Independencia

La tesis de que la revolución fue en realidad el episodio final de la lucha independentista de Cuba parece confirmada por hechos históricos anteriores que ya no son objeto de debate. Uno de ellos es la voluntad expresa de Washington de anexar la isla, que fue la única asignatura que le quedó pendiente tras humillar en 1898 a España y arrebatarle lo que quedaba de su imperio.

Esa voluntad de anexión no sólo existía en la doctrina del Destino Manifiesto, expresada desde la década de 1840 y reforzada por el nuevo gobierno republicano en 1896, ni sólo en las mentes de los políticos norteamericanos o en los documentos oficiales que la comprueban. También estaba en muchos miembros de la burguesía cubana que veían ingentes beneficios en cambiar la decadente metrópolis española por la nueva potencia norteamericana. Desde cuando España permitió a su colonia comerciar con Estados Unidos, Washington había comenzado a dominar la economía isleña, y ya a mediados del siglo XIX, un tercio de la misma estaba en manos norteamericanas.

En 1868 estalló el primer movimiento independentista, encabezado por Manuel de Céspedes y derrotado por los españoles. Los hacendados del occidente de la isla nunca apoyaron el esfuerzo, porque permanecer bajo la égida de Madrid les significaba la continuidad de su comercio con Washington. Pero la historia seguiría su curso, por voluntad del prócer José Martí, quien desde su exilio en Estados Unidos creó el Partido Revolucionario Cubano (PRC) y lanzó de nuevo la guerra de independencia en 1895. La lucha fue brutal. El propio Martí murió en su primera acción, y la violencia completó tres años sin definir un vencedor. Fue entonces cuando el gobierno de William McKinley consideró apropiado que los primeros marines norteamericanos intervinieran en Cuba. Los españoles no resistieron el desbalance y pronto se rindieron. Pero Washington no reconoció al Consejo de Gobierno creado por el PRC y presidido por el general Bartolomé Masó, ni al ejército libertador cubano. La guerra terminó con el tratado de París de diciembre de 1898, y España cedió a Estados Unidos el control de Cuba, Puerto Rico, las islas Filipinas y Guam.

No a Washington

Aunque las tropas norteamericanas ocuparon formalmente Cuba desde el primero de enero de 1899, a diferencia de lo sucedido en Puerto Rico (convertida en colonia bajo una figura eufemística) y las Filipinas (ocupadas a sangre y fuego hasta después de la Segunda Guerra Mundial), el anexionismo en Cuba fue atajado por una creciente resistencia. Ante ello, Washington decidió cambiar su estrategia y aceptar una independencia nominal, eso sí, previa aprobación de la enmienda Platt, un texto que el gobernador militar le envió a la incipiente asamblea constituyente con la orden de incluirlo en la Carta so pena de mantener la ocupación.

La norma entregaba a Estados Unidos el derecho a intervenir en la isla siempre que viera sus intereses amenazados, y a entregar terrenos para las bases militares que Washington considerara convenientes para sus intereses estratégicos, lo que dio origen a Guantánamo. Con base en ella, ese país invadió Cuba en 1906, 1912 y 1917.

De ese modo, desde el primer presidente (Tomás Estrada Palma, un representante de las elites azucareras pro norteamericanas) hasta 1959, la isla se convirtió en una colonia virtual de Estados Unidos, cuyos inversionistas fueron apoderándose de los ingenios azucareros, fuente del único producto de exportación. Para 1926 el porcentaje de ellos en manos norteamericanas era del 63 por ciento, y las decisiones que afectaban la vida de los cubanos se tomaban en Wall Street, lo que sintieron dolorosamente al llegar el crash de 1929.

Esos años de agitación permanente, con una sucesión de presidentes apoyados por Estados Unidos, llegaron a un clímax en 1933, cuando una revolución popular logró derrocar al dictador Gerardo Machado, pero fue derrotada por la represión desatada por el nuevo comandante del Ejército, el coronel Fulgencio Batista. Un siniestro personaje que, con la cercana colaboración de Estados Unidos y una política completamente supeditada a los deseos de Washington, dominó la escena política cubana hasta cuando fue derrotado por la revolución.

Batista dio un golpe de Estado en 1952 contra Carlos Prío Socarrás, para evitar que ganara las elecciones el favorito, el candidato del partido ortodoxo Carlos Agramonte. En esa agrupación, de programa eminentemente nacionalista, militaba un joven abogado y candidato a diputado, un hombre de antecedentes rebeldes llamado Fidel Castro, quien vio en sus aspiraciones frustradas que por la vía de las elecciones era imposible derrotar al régimen.

El establecimiento político no reaccionó contra el golpe, pero éste se convirtió en el germen de la rebelión de Castro, quien llamó a las armas y cumplió su promesa poco tiempo después, con el ataque al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. La acción, que de cualquier modo era demencial por el desequilibrio de las fuerzas, fue un desastre, pero sirvió de origen al Movimiento 26 de julio. Seis años y medio después, y luego de toda clase de vicisitudes, como el desembarco en el Granma, cuando prácticamente fue aniquilado, el ejército revolucionario entraba en La Habana. Era el primero de enero de 1959.

Por la independencia

La discusión sobre las verdaderas intenciones de Fidel Castro, que se resumen en si éste era o no comunista antes de su triunfo, tal vez no se resuelva nunca. Pero los indicios en contra parecen claros. Castro había sido educado por jesuitas, por mucho tiempo se declaró admirador del español José Antonio Primo de Rivera, el grito de la revolución es Patria o Muerte, poco adecuado para la izquierda internacionalista, y su prócer máximo es José Martí, cuya revolución era independentista y nacionalista, no comunista.

Lo cierto es que una de las primeras cosas que hizo Castro fue viajar en abril a Washington y Nueva York en busca de dialogar con los norteamericanos sobre unas relaciones armónicas basadas en nuevas realidades, como el irrestricto respeto a la soberanía de Cuba, mientras afirmaba rotundamente que no era comunista.

Pero nada demostró, ni entonces ni ahora, que Estados Unidos hubiera renunciado a sus pretensiones anexionistas sobre Cuba. Más bien lo contrario, porque su actitud ante la nueva situación recordó el de una amante despechada. Varios historiadores señalan la reunión que sostuvo el vicepresidente Richard Nixon (el único funcionario que lo recibió) con Fidel Castro en Washington. Sostienen que en esa difícil conversación Castro se convenció de que el gobierno de Dwight Eisenhower no cedería un ápice en la política intervencionista que había primado por más de un siglo sobre la mayor de las Antillas.

El líder decidió seguir adelante con las medidas que afectaban intereses norteamericanos al decretar la reforma agraria el 19 de mayo. Esta medida y la nacionalización de las refinerías desataron una reacción de Washington que incluyó el sabotaje, demoledoras medidas económicas, como la negativa a comprarle azúcar; el rompimiento de relaciones, y el desembarco en playa Girón. Fue entonces cuando el líder cubano, al declarar socialista la revolución, mostró que para ganarle al gigante hostil estaba dispuesto a aliarse hasta con el diablo.

Este se le había aparecido en la figura de la Unión Soviética, que aceptó a regañadientes metérseles en el rancho a los gringos, con quienes tenía bien acordadas sus áreas de influencia. Los rusos de Nikita Kruschev sabían que esa movida iba a ser riesgosa, como quedó demostrado en la crisis de los misiles de 1962, pero la tentación de estar en el Caribe pesaba demasiado. Años después, cuando se acabó la Unión Soviética, quedó claro que su presencia en la isla sería un pie de página en la historia.

Pasada la Guerra fría, la actitud invariable con el paso de los años parece demostrar que el problema de Estados Unidos con Cuba va mucho más allá del rechazo a una ideología o a las violaciones a los derechos humanos. Hiciera lo que hiciera, la revolución cubana estaba condenada a ser objeto de las agresiones norteamericanas, y sobre todo del bloqueo económico, como si en verdad esa isla caribeña pudiera ser alguna vez una amenaza para Estados Unidos. Pero con esa actitud, que contrasta con la asumida con países tan totalitaristas como Viet Nam o China, 10 presidentes norteamericanos sucesivos han reforzado, uno tras otro, el argumento de la dirigencia revolucionaria según el cual sólo rompiendo con el capitalismo y conservando la unidad absoluta, podría mantener la independencia. La idea de abrir la política a un juego eleccionario se volvió para La Habana lo mismo que recibir la influencia inevitable de Estados Unidos, y abrirle las puertas al lobo.

Todo lo cual contribuyó que el líder carismático se acabara de convertir en un dirigente totalitarista convencido de que ceder el poder o aceptar la economía de mercado era entregar la soberanía a Washington. Si a Castro los cubanos le han perdonado todo, ha sido a cambio no sólo de sus conquistas sociales, sino sobre todo de la defensa de la supervivencia del país. Tal vez nunca se sepa si la ecuación era válida, pero lo cierto es que Cuba, con todo y su dolorosa historia, sobrevive como nación.

En el mismo año de 1898, cuando la isla fue ocupada por Estados Unidos, ese país consolidó su propiedad sobre el archipiélago de Hawai. Hoy, menos de la tercera parte de sus habitantes descienden de su pueblo originario, y aun menos hablan su idioma. Hoy nadie recuerda el orgulloso reino que Hawai alguna vez fue.
 

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.