Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1989/09/04 00:00

Pendiendo de un hilo

Con el secuestro por parte de Israel de un líder islámico y la ejecución del coronel Higgins, la vida de los rehenes occidentales en el Líbano está en grave peligro.

Pendiendo de un hilo

La idea de que los israelíes son los más efectivos del mundo en la lucha contra el terrorismo está comenzando a ser revaluada. No tanto porque sus comandos operativos hayan dejado de ser exitosos, sino porque la falta de tino del gobierno hebreo puede resultar demasiado costosa para Occidente. Por lo menos eso es lo que se desprende del lío que se ha armado en el Medio Oriente a raíz del secuestro de un líder chiíta por parte de un comando israelí, y la inmediata respuesta de los terroristas libaneses la semana pasada, cuando asesinaron a un rehén norteamericano.
El pasado viernes 28 de julio, un grupo de soldados del ejército de Tel Aviv aterrizó en la población surlibanesa de Gibshit y capturó a Abdul Karim Obeid, jefe de una de las más radicales organizaciones chiítas, el Hizbollah (Partido de Dios). Dos días después, la Organización Oprimidos del Mundo, un grupúsculo aún más radical que Hizbollah, amenazó con ejecutar al teniente coronel de la marina norteamericana, Richard William Higgins, si Israel no entregaba al líder islámico. Al día siguiente, el lunes 31, la organización integrista pro-iraní, ante la negativa de las autoridades de Tel Aviv, hizo llegar al diario independiente de Beirut An Nahar, una cinta de video en la que aparecía Higgins ahorcado.
El teniente coronel Higgins fue secuestrado por la Organización Oprimidos del Mundo en febrero de 1988, cuando efectuaba una misión de la fuerza interior de las Naciones Unidas en el Líbano. Sus captores habían anunciado su muerte en julio del año pasado, en represalia por el derribamiento de un avión comercial iraní por parte de un buque de guerra de Estados Unidos. Sin embargo, nunca se llegó a establecer a ciencia cierta si había sido ejecutado o no. Por otra parte, el video que hizo llegar el grupo la semana pasada tampoco permitió que ni siquiera su propia esposa, la mayor de la infantería de Marina norteamericana, Robin Higgins, identificara al ahorcado. Pero prácticamente nadie puso en duda que los terroristas islámicos esta vez hablaban en serio.
"Hemos ejecutado al espía norteamericano Higgins como una lección y un castigo a los sobrevivientes", decía el comunicado que acompañaba al video enviado por los secuestradores. Esta alusión al resto de los rehenes tomó fuerza al día siguiente, cuando otro grupo fanático, la Organización de la Justicia Revolucionaria, anunció que si Israel no liberaba al líder integrista pro-iraní antes del mediodía del martes, ejecutaría a Joseph Cicippio, administrador de la Universidad Americana en Beirut, secuestrado en septiembre de 1986. Y, para completar el cuadro, un segundo comunicado de la Organización de los Oprimidos del Mundo afirmaba que seguiría con la ejecución del reverendo inglés Terry Waite, quien fue secuestrado en enero de 1987 cuando servía de negociador para la liberación de otros rehenes en el Líbano.
Aunque posteriormente hubo una aparente rectificación de la organización chiíta en la que negó que hubiera amenazado a Waite, y los secuestradores de Cicippio atendieron el angustioso llamado de su esposa (de origen libanés) para que no lo mataran, y aplazaron la ejecución, la situación de los 16 rehenes occidentales, de los cuales nueve son norteamericanos, volvió a convertirse en prioridad número uno para Estados Unidos y sus demás aliados. El presidente Bush se vio obligado a suspender el lunes un viaje a Nevada y Oklahoma, y regresó a la Casa Blanca con el fin de convocar al Consejo Nacional de Seguridad y ponerse al frente de la situación. En un despliegue de malabarismo diplomático, la agenda de Washington incluyó durante toda la semana pasada llamadas permanentes a Londres, el Vaticano, Moscú, Damasco, Teherán y Tel Aviv, y personajes como Nabih Berri, líder musulmán de la organización Amal, Juan Pablo II y Margaret Thatcher interrumpieron las charlas que durante varias horas sostuvo Bush con William Webster, director de la CIA, Dan Quayle, vicepresidente, y con sus secretarios del gabinete.
La ofensiva diplomática del gobierno norteamericano no dejó de lado las demostraciones de fuerza. El mismo martes dos portaaviones gringos partieron de su base en el puerto de Singapur. El buque insignia de la sexta flota, el crucero Belknap, canceló una visita que debería hacer el viernes al puerto soviético de Sebastopol. El portaaviones Coral Sea salió de las aguas de Alejandría, Egipto. Y el destructor Iowa salió el miércoles del puerto de Marsella, Francia. Todos ellos con destino a aguas cercanas al Líbano. Un total de 25 barcos de la Marina de guerra estadounidense tres buques anfibios con tanques a bordo, 75 aviones F-18, 40 F-14, 20 bombarderos A-7E y 2.400 marines han sido movilizados hacia aguas de Irán y Líbano. Sin embargo, a pesar de que tanto en Estados Unidos como en otros países primó la línea dura que pedía represalias, la actitud del gobierno norteamericano ha sido la centrar sus esfuerzos en la búsqueda de una salida negociada.
Estados Unidos se encuentra entre la espada y la pared porque, si bien no puede desautorizar completamente a Israel, tampoco puede poner oídos sordos a los pronunciamientos de sus otros aliados que tienen secuestrados en Líbano. De hecho, mientras Bush criticó el secuestro de Obeid el mismo día en que sucedió, el primer ministro israelí, Yitzhak Shamir, respondió al día siguiente: "Este es uno de esos actos que uno condena públicamente pero que apoya en privado". Los países árabes que mantienen buenas relaciones con Estados Unidos, Siria y Egipto, han manifestado su rechazo a las acciones de Israel y han afirmado que el enfant terrible de Estados Unidos debe asumir su responsabilidad por los actos terroristas que cometa. Es tal la situación que ha generado el secuestro del líder chiíta cometido por Israel, que la prensa occidental llegó a hablar de tensión en las relaciones entre los dos países, y la pregunta que se hace hoy en todo el mundo es hasta qué punto Estados Unidos está dispuesto a soportar la negativa a ceder por parte de Israel.
Israel ha sido acusado en Estados Unidos de haber protagonizado el secuestro de Obeid y de haberse demorado en contestar cuando los chiítas anunciaron la ejecución de Higgins. Además, no ha sido visto con buenos ojos el hecho de que, a última hora, haya salido a dar la explicación del secuestro como una forma de presionar la liberación de los rehenes occidentales. Tal vez por esto, el gobierno de Tel Aviv se ha apresurado a enviar un mensaje al pueblo estadounidense en el que pretende explicarle los motivos y las circunstancias de la captura de Obeid, en el que insiste en la necesidad de que las naciones se mantengan unidas en la lucha contra el terrorismo. En un acto sin precedentes, el ministro de Defensa israelí, Isaac Rabin ha decidido publicar los resultados del interrogatorio al líder chiíta capturado, en el que, al parecer, acepta su responsabilidad en el secuestro y ejecución de Higgins. Las especulaciones en torno al asesinato de Higgins contribuyen a confundir más la crisis de los rehenes. Mientras para el gobierno israelí Higgins fue asesinado hace varios meses, para el subsecretario general de la ONU, quien viajó la semana pasada al Líbano, es posible que Higgins esté vivo, ya que cuando pidió su cadáver, los miembros de Hizbollah no supieron qué responderle. Pero, de cualquier forma, lo que revela este tipo de confusiones es que Israel, que se supone se las sabe todas sobre cuestiones del Líbano, no está aplicando acertadamente esos conocimientos.

Tal vez por esta razón es que Estados Unidos ha concentrado el grueso de sus relaciones diplomáticas en Irán. Para el gobierno de Washington el papel clave lo tiene el nuevo presidente de Irán, Alí Rafsajani. Pero las cosas con Irán no han sido fáciles: en un comienzo los iraníes se mostraron prácticamente partidarios de las acciones de los Oprimidos del Mundo, cuando el ministro del Interior, Ali Akbar Mohtashemi, llamó a los combatientes del Hizbollah a intensificar sus ataques contra los intereses norteamericanos e israelíes a raíz del secuestro de Obeid, y el primer ministro Mir Hussein Musavi advirtió a Occidente que el mutismo general sobre el secuestro de Obeid traería repercusiones para el destino de los rehenes del Líbano, en un acto que se interpretó como un claro aleccionamiento. Sin embargo, al final de la semana Irán se había convertido en la posible carta salvadora para la crisis de los rehenes cuando el presidente iraní manifestó estar dispuesto a colaborar con Estados Unidos para solucionar el impasse.
Lo curioso parece radicar en que la nueva posición iraní se debió fundamentalmente a las gestiones que desarrolló en ese sentido el ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, Edward Shevardnadze, quien llegó a Teherán desde los primeros días de la semana pasada.
En medio de esta situación, los diferentes grupos secuestradores tratan de sacar partido. Uno de ellos ha pedido a Alemania Federal que libere a los hermanos Hamadi: Abbas Ali, condenado a 13 años de prisión por el secuestro de dos alemanes, y Mohamed, quien paga cadena perpetua por secuestro aéreo y asesinato. Piden, además de su inmediata puesta en libertad, una indemnización de 5.000 marcos alemanes, porque la cárcel en la que están recluídos no tiene las condiciones que exige la religión islámica.
Tal vez el país más preocupado por sus rehenes, después de Estados Unidos, es Inglaterra. Los prisioneros ingleses se encuentran en una condición especialmente difícil a raíz del incidente con Salman Rushdie, autor de "Los versos satánicos", quien fue condenado a muerte por el Ayatollah Khomeini. Por esta razón, probablemente, el ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra asumió una posición prudente: al tiempo que condenó el secuestro de Obeid, condenó el asesinato de Higgins. Inglaterra viene en un proceso de dificultades con Irán y tampoco tiene relaciones con Siria, que se clausuraron cuando se descubrió la participación de dos diplomáticos de ese país en un fallido atentado contra un avión de aerolíneas israelíes. Esta situación hace que, en este momento, Inglaterra sea el país con menos amigos en el mundo islámico y, por tanto, el que tiene que obrar con mayor prudencia en esta crisis.
Lo cierto es que, a la hora de los balances, el que definitivamente lleva la peor parte es Israel. Si libera a Obeid quedará con la fama de terrorista, y si no lo hace, puede llegar a causar un buen número de muertos entre los rehenes occidentales. Pero en ese episodio también puede llegar a quedar mal parado Estados Unidos, sobre todo si se tiene en cuenta que desde un comienzo en Radio Teherán se ha afirmado que el secuestro de Obeid se hizo previa consulta al gobierno de Washington.
La última palabra está en Líbano y todavía no se puede saber quién tiene la razón, si el senador republicano de Estados Unidos, Robert Dole, cuando afirma que el secuestro del líder chiita es el peor error que ha cometido Occidente, o si la tiene la organización iraní de los Muyahidin Jalq (luchadores del pueblo), cuando afirmaron que el peor error del presidente electo de Irán, Hashemi Ralsafyan, es el ahorcamiento de Higgins. Y a pesar de que al final de la semana parecía distensionarse un poco la situación, todo está pendiendo de un hilo ya que, por su parte, Estados Unidos ha dicho que si se llega a producir el asesinato de un nuevo rehén, tomará medidas militares. A su vez, los miembros del Partido de Dios en el Líbano han dicho que de producirse un ataque, la emprenderán contra los rehenes que aún siguen con vida y contra todos los intereses de Estados Unidos e Israel en el mundo entero.

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