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| 3/7/1994 12:00:00 AM

PERDON Y OLVIDO

A tiempo que Estados Unidos levanta su bloqueo comercial contra Vietnam, los ojos se dirigen hacia Cuba.

EN POCAS OPORTUNIDADES LOS VERICUEtos morales y políticos de la Guerra Fría se manifiestan en forma más evidente que en las relaciones de Estados Unidos con Vietnam. Después de 21 años de haber perdido una guerra por primera vez, y presionada por sus intereses comerciales, la potencia estadounidense acaba de levantar el bloqueo comercial que impuso al país indochino. El objetivo es no perder su entrada en ese mercado de 70 millones de diligentes y ávidos consumidores. De por medio está una historia de sangre y lágrimas que, vista en perspectiva, resulta paradójica.
Para comienzos de los años 60, Washington libraba una batalla de posiciones geopolíticas con la Unión Soviética, mientras Vietnam había salido de la guerra de independencia, con Francia, dividida en dos secciones, la parte norte, dominada por los comunistas prosoviéticos de Ho Chi Minh, y la sur, convertida en satélite de Estados Unidos.
En la capital de Estados Unidos existía la certeza de que, si caía Vietnam del Sur en manos comunistas, todo el sureste asiático se desmoronaría como un castillo de naipes. Corrían los días de John F. Kennedy cuando los primeros asesores castrenses llegaron para aconsejar a los militares del sur la mejor manera de luchar contra la agresión norteña.
En ese proceso los estadounidenses se convirtieron en los patrocinadores de un ciclo de regímenes militares corruptos, y se vieron involucrados en una serie de vulgares golpes de Estado en 1963, desde cuando propiciaron el derrocamiento de Ngo Dihn Diem con el objetivo de poner en el poder a Duong Van Dihn, percibido como mejor para su causa.
A pesar de semejante apoyo logístico, la situación militar del sur no hizo sino empeorar hasta que, en 1964, luego de un ataque de lanchas artilladas del norte contra el destructor Maddox en el golfo de Tonkín, Lyndon B. Johnson decidió que era suficiente. El Ejército más poderoso del mundo se dispuso a aplastar personalmente la persistencia de esos pequeños pero arrogantes norvietnamitas.
Pero por falta de objetivos claros, los estadounidenses no lograron enfocar su poder de fuego, pese a sus bombardeos persistentes sobre las ciudades de Vietnam del Norte. A cambio descubrieron que el enemigo no estaba solamente allí, sino en millones de simpatizantes de la lucha en el propio sur, y pronto se vieron envueltos en una situación sin salida. Semana a semana, los televidentes de Estados Unidos veían a sus hijos caer destrozados en una guerra que no era suva. Nueve años y 58.000 bajas estadounidenses más tarde, la situación llevó a la salida de las tropas gringas en 1973, como consecuencia de unas humillantes conversaciones de paz en París.
Abandonada a su suerte, Saigón (hoy Ciudad Ho Chi Minh) sólo tardó dos años en caer. Las escenas de pánico en la embajada de Estados Unidos le dieron la vuelta al mundo como prueba de que no hay nadie invencible.

COMIENZA EL BLOQUEO
Washington impuso el bloqueo comercial en ese mismo año de 1975, a tiempo que desautorizaba las ofertas por varios miles de millones de dólares para la reconstrucción que había hecho el entonces presidente Richard Nixon en las conversaciones de París.
Las posibilidades de reestablecer relaciones tuvieron altibajos, pero en 1978 toda esperanza se rompió, en medio de un episodio muy difícil de comprender por fuera de los esquemas mentales de la época.
En ese año las tensiones entre la Camboya de los Jemeres Rojos y Vietnam se hicieron insoportables. En diciembre la situación explotó cuando Vietnam invadió a Camboya, lo que fue visto por la línea dura de la administración de Jimmy Carter como una batalla entre China y la Unión Soviética.
Washington se alió con Beijing a pesar de que los ultracomunistas Jemeres Rojos habían masacrado a un millón de personas en su intento delirante por establecer una sociedad completamente agraria y colectivista. Para el Departamento de Estado la agresión de Vietnam era injustificable, sin tener en cuenta que su llegada a la capital, Pnohm Penh, terminó la sangría. Ese pecado les costó a los vietnamitas otros años de ostracismo.
Cuando las relaciones entre la URSS y Estados Unidos mejoraron, al final del gobierno de Ronald Reagan, en medio de la perestroika de Mijail Gorbachov, Hanoi hizo su parte al iniciar su propia serie de reformas económicas y al retirar sus tropas de Camboya en 1988. Pero el nuevo presidente de Estados Unidos, George Bush, en lugar de levantar el bloqueo, exigió, primero, mayor atención de los vietnamitas para resolver el problema de los dos mil estadounidenses desaparecidos en acción y, segundo, que Hanoi colaborara en la solución de los problemas de Camboya.
Con la llegada de los años 90, sin embargo, la situación comenzó a cambiar definitivamente, no sólo porque había caído la amenaza soviética, sino, sobre todo, porque las reformas económicas de Vietnam empezaban a dar sus frutos en forma paulatina, mientras otros, no los estadounidenses, estaban cosechándolos. Algunos países europeos, así como Australia y el este de Asia, empezaron a invertir en la nación indochina, y los empresarios de Estados Unidos a presionar a Washington para no perder su tajada de tan sabroso ponqué. Ese fue realmente el golpe final. Hoy la pregunta es para qué murieron esos 58.000 muchachos estadounidenses que lucharon contra el comunismo y por la democracia. Y qué decir de los 200.000 soldados survietnamitas muertos, y del medio millón de norvietnamitas y del medio millón de civiles de ambos lados que cayeron en su propio suelo.

DURO CON CUBA
Si la lógica imperara en las relaciones internacionales, resultaría lógico pensar que el siguiente movimiento de Estados Unidos debería ser levantar el bloqueo existente contra Cuba desde 1961. El régimen comunista de Fidel Castro ha iniciado reformas económicas, y, como en Vietnam, quienes se están llevando la parte del león son los europeos y canadienses, que ya tienen enormes inversiones, especialmente en la hotelería. En Vietnam no ha sido obstáculo, para normalizar relaciones, que el régimen de Hanoi siga siendo nominalmente comunista, ni que aún no se haya aclarado la suerte de los desaparecidos en acción, ni que mantenga un férreo control del poder político, sin concesiones a la concepción occidental de la democracia.
Ni siquiera fue obstáculo que Vietnam hubiera derrotado a Estados Unidos, hasta entonces invicto militar y que de por medio haya millones de muertos. Pero en el caso de Cuba imperan otras razones, más allá del poderoso lobby de los primeros cubanos emigrados tras la revolución de 1959, quienes no abandonan la esperanza de recuperar sus bienes en la isla, así ni ellos ni sus descendientes tengan la menor intención de regresar. También está de por medio la animadversión oficial contra Fidel Castro, a quien los estadounidenses jamás perdonarán.
Que Vietnam -y Castro- hayan iniciado reformas económicas, indica que las fronteras ideológicas se han vuelto irrelevantes para lo económico. Por eso los analistas del caso de las relaciones cubano-estadounidenses deberían explicar lo aparentemente inexplicable: la razón de ese odio oficial de Estados Unidos contra Cuba. Para unos, será la aspiración de que en todo el territorio americano brille la estrella de su idea de la democracia. Para otros, los más extremistas, será que Estados Unidos no ha dejado su apetito territorial antiespañol, parcialmente satisfecho con la anexión de Puerto Rico. Y para los demás, será la animosidad de haber visto tanto tiempo a Cuba como la piedra en el zapato, como al único país en América Latina que, con ayuda soviética o sin ella, no ha bailado en 35 años al son que le toquen desde la Casa Blanca.
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