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| 12/25/1989 12:00:00 AM

¿PERESTROICA NEGRA?

El mundo se pregunta si F.W. de Klerk será capaz de entregar el poder a la mayoría negra.

"F.W de Klerk es el Mijail Gorbachov de Suráfrica", afirmaba recientemente un editorialista europeo refiriéndose al proceso que se vive en ese país. La comparación, aun con su grandilocuencia, no resultaba demasiado desacertada. Hay quien dice que preguntarle al presidente surafricano hasta dónde es capaz de llegar la renuncia a la supremacía blanca sobre la mayoría negra de su país, es lo mismo que preguntarle a Gorbachov si estaría dispuesto e renunciar a Marx en nombre de la perestroika. Mientras las noticias sobre medidas contra el apartheid (el régimen de discriminación racial que impera allí) se repiten semana a semana, los comentaristas internacionales se preguntan cuánto recorrerá De Klerk en el camino que se ha trazado para "modernizar" a la sociedad surafricana, cuya estructura inflexible podría ser el rezago más fiel de las viejas instituciones colonialistas del siglo XIX.
Por eso la comparación con Gorbachov resulta casi inevitable. Los países de ambos dirigentes atraviesan un período en que sus ideologías se ven atacadas desde todos los flancos, pero sobre todo desde dentro. Ambos pertenecen a partidos políticos que han soportado el deterioro del poder por un número excesivo de años. Ambos forman parte de una generación política nueva -tienen 54 años- y remplazaron a líderes mucho mayores, que se caracterizaban por su oposición al cambio. Y, por último,sus intenciones de liberalizar sus países se estrellan con sectores ultraconservadores que quisieran que todo se mantuviera "como siempre ha sido".
Pero si Gorbachov ya logró convencer al mundo entero de que sus ofertas de apertura y democratización van en serio, De Klerk tiene a su haber solamente algunas concesiones que podrían considerarse menores y que por lo pronto no han logrado persuadir a mucha gente de que este presidente sea capaz de dar el salto histórico del desmonte del dominio de la minoría blanca sobre el país.
Los cambios en la orientación del gobierno de Pretoria no son, sin embargo,insignificantes. La liberación de 11 presos políticos de dos organizaciones negras -y la próxima del líder legendario Nelson Mandela-, la permisividad ante las manifestaciones multitudinarias que los recibieron y la eliminación del apartheid en los servicios de salud y en la educación pública, son hitos históricos que no se hubieran podido concebir en los gobiernos anteriores.
Pero la debilidad de De Klerk ante los observadores extranjeros no sólo reside en el hecho de que su discurso político parta de la base de que la surafricana es una sociedad en la que la raza de las personas es una consideración fundamental. Al fin y al cabo, si dijera lo contrario no tendría carrera política ni mucho menos sería el presidente del país. Lo que molesta realmente a los analistas es su postura ambigua en las cuestiones claves del problema surafricano."La dominación blanca,tal como existe actualmente, debe terminar", afirma, pero deja en el ambiente la sensación de que esa dominación, lejos de desaparecer algún día, lo que debe hacer es adecuarse a los tiempos que corren. El punto acaba por enredarse cuando asegura, en la misma línea, que "la dominación por una mayoría es tan inaceptable como la dominación por una minoría". De Klerk, que se autodefine como un "idealista práctico", dice que su visión del futuro es "una Suráfrica en la que todos los grupos, blancos y negros, decidan los asuntos nacionales por un amplio consenso", una fórmula que dejaría a los blancos con un poder efectivo de veto contra la supremacía negra.
Aunque evidentemente la actitud de De Klerk marca una diferencia fundamental con sus predecesores, resulta obvio que la principal virtud del líder afrikaner es su pragmatismo, su capacidad para entender el proceso histórico que vive su país. En efecto, la impracticabilidad del apartheid como proyecto político a estas alturas del siglo se hizo evidente, no por la visión de algún gobierno, sino por la actitud firme de los líderes negros que han logrado, a través de los años, que la llama de su lucha se mantenga encendida. Los poderosos sindicatos negros han conquistado el derecho a trabajar en múltiples áreas que se reservaban anteriormente a los blancos, así como el derecho a comprar casas en los sectores restringidos, mientras muchos establecimientos públicos de las ciudades más grandes restaurantes, teatros, estadios han abierto sus puertas a la comunidad negra.Pero los blancos, y sobre todo los descendientes de holandeses que constituyen la élite del país, no quieren entregar el control de una nación que les ha permitido, mediante la explotación de la mano de obra barata, tener un nivel de vida envidiable hasta por los países más ricos del mundo.
Es por esa razón que De Klerk, con sus aires reformadores, se enfrenta al fuego cruzado de la comunidad negra, que siente que su hora está llegando inevitablemente, y los sectores conservadores de la comunidad blanca, que resultan muy difíciles de convencer de lo contrario. La clave está en las verdaderas intenciones del presidente surafricano y en el grado de compromiso que sea capaz de asumir por sus ideas. Pero eso por lo pronto, solamente lo sabe él mismo.
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