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| 1/9/1984 12:00:00 AM

PIRA HUMANA EN CONCEPCION

Un obrero de la construcción se inmola a lo bonzo para exigir la liberación de sus dos hijos

Para Sebastián Acevedo Becerra, un cincuentón obrero de la ciudad chilena de Concepción, la vida se le comenzó a desbaratar esa madrugada del 9 de noviembre pasado, cuando quince hombres vestidos de civil, irrumpieron súbitamente en su hogar. Se bajaron de cuatro camionetas y llevaban un extraño distintivo: un brazalete amarillo con un círculo blanco y una estrella azul en el centro. Ya dentro, emprendieron el jaleo: golpes contra el dueño de casa, intentos de ahorcarlo oprimiéndole el cuello contra una silla y más tarde lo peor: el rapto de su hija, María Candelaria, una muchacha de 25 años, madre de dos niños y obrera en la zona minera de Coronel.
Antes de huir, los matones le ofrecen a Acevedo una explicación que resultó ser más espantosa que el acto que acababan de cometer: "Nos llevaremos a sus hijos porque son terroristas".
Desesperados ante la posibilidad de que semejante promesa culminara en la tortura y muerte de sus hijos, Sebastián y su mujer, Elena Sáenz, piden clemencia. De nada les vale. Los tipos se retiran y horas más tarde Sebastián y Elena se enteran de que su otro hijo, Galo Fernando, ha sido también secuestrado de su lugar de trabajo, en una empresa constructora.
Desde ese momento, Sebastián Acevedo deja de comer y dormir.
Apesadumbrado y nervioso se lo ve ir y venir a la Intendencia de la ciudad gestionando la devolución de sus hijos. "Le hacemos llegar esta carta --dice en una suscrita junto con otras personas que también tienen hijos desaparecidos--como último y desesperado intento por saber de nuestros queridos familiares, que se encuentran detenidos en lugares secretos, en manos de la CNI--la Central Nacional de Informaciones, el temible aparato de seguridad del régimen militar chileno--como lo ha reconocido oficialmente esa Intendencia".
Ante el poco avance de sus pesquisas, Sebastián Acevedo comienza a amenazar con suicidarse. Hablándole a un periodista de la revista Hoy le dice: "Ayúdeme. Quiero ver a mis hijos. Si tienen algún delito, que los procesen los tribunales y los condenen, pero que la CNI los entregue. Si antes de las 18 horas no me entregan a mis hijos, me crucificaré... me quemaré vivo". A su mujer también le advierte: "Si no me entregan a mis hijos o me dicen donde está María Candelaria o Galo Fernando, me quemaré vivo".
Ella, como los otros que oyen tales palabras, aunque no ocultan su preocupación no le creen. Pronto se darán cuenta de que la determinación de Sebastián Acevedo es real.
El 11 de noviembre se lo ve llegar a un céntrico lugar de Concepción: la sede del arzobispado. Allí pide en tono ultimatista que !e ayuden a en contrar a sus hijos. Se le responde que espere, que las gestiones ante la Intendencia toman tiempo, etc. Pero ya es demasiado tarde. El no quiere más plazos. Alzando un recipiente de 10 galones de bencina y parafina que había llevado hasta allí se lo echa encima.
Empapado, traza con tiza una línea frente a él, en el piso, y blandiendo un encendedor, grita: "Que el mundo se impacte. Crean en Dios y en la palabra de los hombres".
Algunos transeúntes han comenzado a acercarse. Las ropas del desesperado padre escurren combustible. Está parado, sólo, en medio del charco de gasolina. Pero no acciona el encendedor. De pronto, surge un oficial de Carabineros tratando de impedir la acción. Acevedo le grita: "Si cruza esta raya me prendo fuego". En realidad, en ese instante él no quiere morir: horas más tarde le confesaría al médico que lo atiende que todo aquello era sólo "una amenaza" con la cual esperaba que liberaran a sus hijos. Pero el policía no le oye.
Imprudentemente avanza y en fracción de segundos Sebastián Acevedo se convierte en una rugiente llamarada. Inexplicablemente, la pira humana sale caminando. Atravieza la calle y se derrumba en el atrio de la catedral.
Los esfuerzos de algunos taxistas por extinguir el fuego son inútiles; en segundos las quemaduras se han extendido por todo el cuerpo del bonzo.
Un sacerdote, Enrique Moreno Laval, acude en su auxilio y le da la absolución. "Que la CNI devuelva a mis hijos... Que la CNI devuelva a mis hijos... Perdóname Señor y perdónalos a ellos...! le dice al oído Acevedo.
Ocho horas más tarde el obrero muere en un hospital. Sin embargo, un poco antes se entera de que su hija ha sido liberada casi a la misma hora de su inmolación. Moribundo, el obrero logra reconocer a María Candelaria, quien le habla a través de un citófono, pues los médicos le impiden acercarse a él. Después habla con su esposa. "Lo último que dijo fue: "Galito, que lo saquen luego", ella cuenta.
Ante la muerte de Acevedo, cunde el asombro y la indignación ciudadana y las repercusiones políticas no se hacen esperar. La arquidiócesis de Concepción emite una extensa declaración en la que condena los hechos que ocasionaron la espantosa muerte del obrero y termina exigiendo la disolución de la CNI. El arzobispo de Santiago, Juan Francisco Fresno, también protesta y en Rancagua el líder sindical Rodolfo Seguel hace lo mismo. Y se desborda la cascada de pronunciamientos, la mayoría contra la CNI. Entre otros, el Colegio de Periodistas y el Colegio Médico lo hacen y hasta la Corte de Apelaciones de Santiago emite un fallo en el cual se establece que la CNI "no está facultada para cumplir una orden de arresto" y que las detenciones "sólo pueden cumplirse en lugares públicos, condición que no cumplen las localidades de la CNI destinadas a tal efecto". Tal pronunciamiento lleva a otro. Presionado por consultas periodísticas el ministro de Justicia, Jaime del Valle, dicta un decreto haciendo públicos los lugares de detención, reconociendo de hecho la ilegalidad de sitios secretos de reclusión de la CNI.
Pero la protesta se extiende también a las calles. El 24 de noviembre un nuevo grupo, el "Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo", realiza un acto de protesta no violenta en Santiago. Su objetivo: presionar a la prensa escrita y a la TV para que inicien una campaña por la disolución de la CNI. "Esta prensa que calla la tortura así, se vuelve torturadora" entonan en coro. La policía arremete contra ellos con chorros de agua y gases lacrimógenos. Una y otra carga y la gente no cede. Se enlazan unos a otros iniciando de rodillas un Padre Nuestro colectivo. Ante esto, los carabineros la emprenden entonces de puntapiés contra ellos. Más chorros de agua. El barullo es tremendo. Desde edificios aledaños algunas personas apluden a los activistas, dentro de los cuales se hallan varios sacerdotes y religiosas. Finalmente los empapados manifestantes se refugian en una iglesia.
Para Augusto Pinochet, en cambio, la agitación contra la CNI, es cosa de "Los que piden la disolución de la CNI son los marxistas. Las personas que adoptan resoluciones como las de Concepción, por lo general, tienen problemas mentales", dice. Según él, la CNI es un organismo saludable. "Gracias a la CNI usted duerme tranquila. Gracias a la CNI no hay terrorismo", le dice a una periodista. "Yo le pregunto ¿se ha detenido a alguien de su familia por la CNI?. La gente normal no tiene problemas. Sólo los chuecos, los que están en eso...".
Pero las cifras de la Vicaria de Solidaridad sobre torturas indican otra cosa: que la práctica de la tortura está aumentando en Chile. En efecto, si en 1982 los casos fueron de 108, en lo que va de este año la cifra aumentó a 389. Y siempre la sigla CNI está en la mayoría de los reportes sobre casos de tortura y de desapariciones. Gonzalo Taborga, secretario ejecutivo de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, ha declarado que la CNI "se fue perfeccionando en la aplicación de nuevas técnicas que logran producir la máxima tortura con el mínimo de huellas externas y el máximo daño psicológico posible".
Esta "escalada de demencia", como la llama el presidente del Colegio Médico, Juan Luis González, ya no va acompañada del temor ciudadano de los años anteriores. Empero, al notemor que expresan las manifestaciones actuales se ha sumado ahora un nuevo elemento: gestos de aguda angustia ciudadana ante el contexto político actual, como el de la autoinmolación sin precedentes del obrero Acevedo. "¿Cómo podemos detener esta desesperación?", había preguntado él a sus hijos cuando nadie podía imaginar lo que haría después. "Algún día me recordarán para siempre", sentenció, y al parecer lo está logrando. -
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