Lunes, 16 de enero de 2017

| 1985/03/04 00:00

PLEITO PENDIENTE

Segunda parte de la entrevista a Guillermo Morales, militante puertorriqueño.

PLEITO PENDIENTE

El lugar parecía tranquilo. Uno de esos comedores populares que no llegan a ser restaurantes, donde se venden sandwiches ("tortas", como les dicen por aquí). Era también uno de los pocos sitios de Puebla que contaba con casetas de teléfonos para larga distancia. Guillermo y su amigo, Adelaido Villafranco, entraron como tantas veces a pedir su comunicación y hacer tiempo tomándose un café de olla. Ignoraban que tanto ese teléfono público como aquel otro de Nueva York al que solían comunicarse, habían sido interceptados por Interpol. La Policía los venía siguiendo desde mucho tiempo atrás y había esperado pacientemente el momento de actuar. Mientras tanto juntaban datos, hacían "inteligencia" sobre los hombres de las FALN, dentro y fuera del territorio estadounidense. Guillermo Morales había pasado a México en busca de un territorio más propicio para tratar de curar definitivamente sus heridas, ignorando que el cerco estaba a punto de cerrarse.
Cobró conciencia abruptamente cuando varios hombres de civil, fuertemente armados, irrumpieron en el local y se abalanzaron sobre ellos. Presumiendo que podia tratarse de un secuestro, Villafranco sacó su arma y abrió fuego; Morales sólo pudo tirarse al piso para eludir las balas. Desde su escondite vio caer herido a uno de los atacantes y luego, con terrible nitidez, cómo uno de estos liquidaba a su compañero mexicano de un balazo en la cabeza. Unos dias más tarde, uno de esos hombres de civil (eran policías de Interpol), moría a consecuencia de las heridas. Según Morales, "debido a la mala atención médica, porque pudo haberse salvado". Morales estuvo solamente 24 horas en Puebla. Al día siguiente de la balacera lo llevaron en avioneta al Distrito Federal. Allí fue interrogado y -según denunciaría después- torturado. Los interrogatorios y las golpizas -siempre de acuerdo a su testimonio- estuvieron a cargo de policías mexicanos, pero conducidos desde atrás por dos agentes norteamericanos de origen latino: Elmer Toro de la Policía de Nueva York, y Enrique Clemente del FBI. Alternando el clásico péndulo del garrote y la seducción, los dos "visitantes" le ofrecieron dinero y la libertad para él y su esposa si se convertía en testigo de cargo contra otros miembros del movimiento independentista puertorriqueño. Morales se negó. Las autoridades estadounidenses no se dieron por vencidas y, al cumplirse el plazo de sesenta dias que fija la ley, pidieron su extradición basándose en las dos condenas citadas. Mientras tanto la justicia local comenzaba a procesarlo por los siguientes cargos: violación de la ley de población; almacenamiento de explosivos; intento de homicidio y homicidio. Al fallar, el juez de primera instancia mantendría todos estos cargos, menos el de almacenamiento de explosivos.
El cargo de homicidio subsiste pese a la evidencia de que Morales no disparó, porque según el juez, habría instigado a su acompañante para que disparase contra los policías. Morales refuta la acusación sosteniendo que sólo gritó: "¡Estoy limpio!" (esto es: sin armas, ni elementos comprometedores). Del esclarecimiento de este punto crítico depende que cumpla o no los doce años de condena que le ha fijado el juez penal Hilario Bárcenas, en un fallo apelado que deberá ser revisado por un tribunal superior. Mientras la justicia resuelve, Guillermo sigue en el "dormitorio N° 10" y México sigue reteniendo -no sin críticas por parte de los sectores de izquierda- a un preso difícil, polémico, que reclama para si el tratamiento de perseguido político, alcanzado por tantos hombres y mujeres que encontraron seguro refugio en tierras aztecas.
El atardecer comienza a insinuarse tras las ventanas del refectorio. Guillermo Morales habla con serenidad, sin alzar la voz, como si estuviera comentando un episodio lejano que nada tuviera que ver con su propia vida.

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