Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/04/15 00:00

Poder latino

Millones de personas salieron a las calles de varias ciudades de Estados Unidos para defender los derechos de los inmigrantes ilegales. ¿Qué hay detrás de estas gigantescas manifestaciones?

Los inmigrantes latinos fueron mayoría en las protestas. La semana pasada se congregaron más de tres millones de personas en 136 ciudades de Estados Unidos. Movilizaciones como las de Dallas, Texas, provocaron la solidaridad de varios sectores, pero también exacerbaron el radicalismo y el racismo en otros. La reforma de la ley migratoria enfrenta a gran parte de la población y de la clase política del país, y llegar a un acuerdo no será fácil

Más de 100 ciudades se vieron inundadas por ríos humanos de inmigrantes que después de años de esconderse de las autoridades salieron a dar la cara con el único propósito de no ser tratados como delincuentes. "Nosotros somos Estados Unidos" y "no somos criminales", se leía en algunas de las pancartas sostenidas, en su mayoría, por miembros de la comunidad hispana. Ésta representa cerca del 80 por ciento del total de inmigrantes ilegales, y es la que más se ha unido en torno a las protestas.

Las banderas de Estados Unidos ondearon en las avenidas como si se tratara de alguna fiesta nacional, pero esta vez sostenidas por quienes exigen que se les trate en igualdad de condiciones. Ha sido tal la magnitud de la movilización, que ya se habla del nacimiento de un movimiento social al que se ha comparado con el que cuatro décadas atrás condujo al reconocimiento de los derechos de la comunidad afroamericana y que tuvo como cabeza a Martin Luther King.

En gran parte, la presión de las multitudes la primera semana de movilizaciones llevó a que el pasado jueves 6, representantes de los partidos Demócrata y Republicano anunciaran lo que llamaron un "acuerdo histórico" para impulsar una serie de reformas a la ley migratoria que fue aprobada en diciembre. No se habían terminado de dar palmaditas en la espalda, cuando el viernes, el acuerdo naufragó en la votación del Congreso por diferencias entre uno y otro partido. El debate quedó suspendido hasta el 24 de abril, cuando el Legislativo regresará de las vacaciones de Semana Santa.

La misma presión llevó a que el pasado miércoles los republicanos hablaran de revisar la dura ley aprobada en diciembre y que está centrada en medidas policivas. Se habló de derogar puntos de ésta, como el que criminaliza a los ilegales y el que busca castigar a aquellos que les presten ayuda. Esta ley, además, contempla la ampliación de la valla de seguridad en la frontera con México, y se le critica que no tiene en cuenta la integración de los cerca de 12 millones de indocumentados que se encuentran actualmente en el país. Se espera que los legisladores lleguen a acuerdos sobre los proyectos actuales que, de pasar en el Congreso, se deberán sintetizar con la ley aprobada a final de año.

Pero el asunto no se va a resolver fácilmente. El tema migratorio polariza a políticos y legisladores, tanto como a gran parte de la población. De forma paralela a las manifestaciones de proinmigrantes, se han realizado algunas, mucho menos numerosas, en contra de ellos, e incluso se han visto imágenes en las que ultranacionalistas han quemado banderas de México.

Y es que a muchos estadounidenses de cuna el argumento de que ese país ha sido desde siempre una tierra de inmigrantes no los convence. Además de los argumentos puramente racistas, los antiinmigrantes se escudan en el hecho de que los indocumentados les quitan fuentes de trabajo y que son responsables de la baja en los sueldos, dada la gran cantidad de oferta en la mano de obra.

"En Estados Unidos hoy no hay tanta escasez de trabajo como de residentes dispuestos a trabajar por los bajos salarios que se les pagan a los indocumentados", dijo a SEMANA Larry Birns, director del Council on Hemispherics Affairs.

Posiciones encontradas

Los proyectos van desde los más conservadores y que abogan porque los indocumentados sean devueltos a sus países de origen, algo que en la práctica resulta absurdo, porque es imposible rastrear a 12 millones de anónimos y porque éstos sostienen gran parte de la economía, a aquellos que buscan la integración gradual de los ilegales. En ese sentido giran propuestas como la que impulsaron el demócrata Edward Kennedy y el republicano John McCain, que busca legalizar a aquellos que paguen los impuestos atrasados y se encuentren trabajando.

El propio presidente, George W. Bush, propuso la creación de permisos temporales de trabajo por tres años, al cabo de los cuales los inmigrantes deberían volver a su país o solicitar la extensión del permiso por otros tres años para, por fin, aspirar a la legalización definitiva de su situación. Estas alternativas que parecen abrir el camino hacia una solución chocan, sin embargo, con la posición de quienes rechazan a los inmigrantes y con los propios ilegales que no están dispuestos a transar por nada menos que la legalización inmediata.

Aunque según una encuesta del Washington Post y la cadena ABC el 63 por ciento de los estadounidenses está a favor de la legalización de los extranjeros, para muchos otros propuestas como éstas esconden una amnistía que favorece a personas que violan la ley del país y que pueden llegar a atentar contra la seguridad nacional. Incluso dentro del mismo partido de Bush, el tema ha dividido la opinión, por lo cual su mayoría en el Congreso no le ha servido para sacar adelante la iniciativa.

Para algunos indocumentados esta tampoco es la solución. "Nuestro temor es que aunque haya algunas enmiendas positivas, la ley seguirá teniendo muchas restricciones en contra de los inmigrantes, como el programa de trabajadores temporales, que es extremadamente explotador", dijo a SEMANA Lillian Galedo, directora de una organización que defiende los derechos de los inmigrantes.

Un escenario difícil en un año en el que la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado serán renovados en las elecciones de noviembre y en el que el tema migratorio se puede convertir en un simple lema de campaña. Pero, más allá de los asuntos legales, el reto que se le presenta al país del norte está en lo social. En el hecho de que sus ciudadanos reconozcan algo que ya suena a lugar común, pero que no deja de ser cierto. Que en buena parte, la grandeza de la potencia del norte se ha construido con el sudor de millones de personas que, sin importar su color de piel o procedencia, se sienten estadounidenses.

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