Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1993/11/08 00:00

POLVO ERES....

La controversia por la última encíclica no se debe a que la posición del Papa sea inflexible, sino aque la sociedad ha cambiado.

POLVO ERES....

LA ENCICLICA DE JUAN PABLO II "El esplendor de la verdad", divulgada en Roma la semana pasada, se convirtió en noticia desde antes de que se conociera, porque algunas filtraciones a lo largo de su prolongada elaboración indicaban que podría haber en ella una dura condena al comportamiento sexual de los fieles seguidores de Cristo. Y efectivamente, no bien se conoció su texto, los medios de comunicación mundiales hicieron un eco espectacular de lo que parecía una actitud extremadamente anticuada del Sumo Pontifice. Juan Pablo II siempre ha tenido fama de conservador, y esta parecía ser la confirmación absoluta de que su doctrina definitivamente estaba sembrada en épocas superadas.
Pero, por lo que parece, tanto bombo y platillos nacieron más del desconocimiento del texto o de su escaso análisis que de una posición concreta de la Iglesia acerca de temas como la sexualidad.
Porque, en la práctica, lo que levantó tanta ampolla no fue más que una reafirmación de la postura tradicional que la Iglesia ha expresado sobre el tema y que recoge las conclusiones del Concilio Vaticano II.
Quienes aguardaban una posición de avanzada del Sumo Pontifice se encontraron con un documento bastante abstracto que habla en el mismo tono de siempre sobre la moral, la verdad y la fe católicas. Como comentó el sacerdote jesuita Alfonso Llano, "era absurdo pensar que este o algún otro Papa se fuera a expresar en favor del aborto, la contracepción, la masturbación o las relaciones premaritales".
Si se suscitó una intensa polémica fue, en realidad, porque aunque la Iglesia mantiene su posición frente a temas cruciales como el derecho a la vida o las relaciones sexuales es la sociedad la que ha cambiado. Así lo evidencian las encuestas, que, si no son determinantes, si registran las nuevas tendencias del comportamiento social. Porque el documento es un llamado al orden a las autoridades eclesiásticas y a los teólogos morales, quienes, a los ojos eclesiásticos, se habían convertido en copartícipes de esos cambios de actitud de la sociedad.
Según parece, el regaño papal produjo su objetivo, al menos en los círculos más altos de la Iglesia, pues los más críticos están a la espera de que se manifiesten los obispos. En Suiza, por ejemplo, donde se han presentado movimientos muy liberalizantes, los jerarcas expresaron que "aunque las recomendaciones del Papa son exigentes en su cumplimiento, buscaremos el mejor modo de adaptarlas a las circunstancias de nuestros seguidores".
Lo cierto es que la encíclica, dirigida a los obispos y a la jerarquía de la Iglesia, contiene la reafirmación de orientaciones y sugerencias más que censuras y condenas. Temas como la moralidad, la libertad y la verdad, abstractos para el común de la gente, constituyen el hilo conductor del documento de 179 páginas. Además, se presentan como un planteamiento claro de moralidad objetiva. Esta afirmación, retrógrada para algunos, "es una posición valiente del Papa frente a criterios tan ambiguos como el gusto, la utilidad o la aprobación general", según una fuente eclesial.
Frente a toda la polémica que ha desatado el documento pontificio, la verdad es que ha habido mucho ruido y pocas nueces porque, en verdad, su discusión se encuentra más al alcance de los ámbitos académicos de la teología moral que del común de los mortales. Lo que sí parece confirmar es que, aunque el mundo cambia, el Papa se mantiene fiel a la tradición y con la idea de fijar un derrotero claro desde el punto de vista moral. En esa línea, las palabras del presidente estadounidense, Bill Clinton, en la reciente visita del Pontifice a Estados Unidos cobraron nueva vigencia: "Su Santidad es el último bastión moral en el mundo".

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