Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2002/06/06 00:00

Polvorín atómico

A pesar de la presión externa, India y Pakistán siguen en un enfrentamiento que hace temer una guerra entre dos países que poseen armas nucleares.

Las pruebas con misiles balísticos y el despliegue de fuerzas en la frontera hacen temer lo peor

Los misiles balísticos capaces de llegar a territorio indio. Los dos países poseen arsenales nucleares y entre ambos desplegaron la semana pasada más de un millón de soldados en la frontera. Al cierre de esta edición seguían intercambiando fuego de artillería y morteros. Después de algunos intentos de acercamiento improductivos los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña pidieron a sus nacionales que abandonaran ambos países ante la amenaza de una guerra total. Aunque este escenario no es deseado por ninguna de las partes, llegar a un acuerdo en relación con Cachemira parece difícil a la luz de la historia y de las fuerzas políticas en pugna.

La tensiones entre India y Pakistán volvieron a encenderse el pasado diciembre después de un ataque terrorista al Parlamento en Nueva Delhi, donde 14 personas murieron. El gobierno indio culpó a un grupo de separatistas, supuestamente con base en Pakistán, y exigió que el gobierno de ese país desmantelara estos grupos. Sin embargo el mes pasado se empeoró la situación con un ataque a un campo militar indio donde murieron más de 30 personas.

Cachemira es una región del Himalaya dividida entre India y Pakistán desde la separación de esos dos países en 1947, poco después de su descolonización de Gran Bretaña. Pero la parte que quedó en India es la única región de ese país predominantemente musulmana, lo que ha dado lugar a dos guerras, y desde 1989 al surgimiento de una milicia islámica que pretende anexar toda Cachemira a Pakistán, un país mayoritariamente islámico. Durante una crisis en 1998 el entonces primer ministro pakistaní Nawas Sharif, que se esforzó por encontrar una salida diplomática, fue duramente criticado por los militares, incluyendo el general Pervez Musharraf, quien un año después dio un golpe de Estado y se posesionó como presidente de facto. Para los militares que han peleado las guerras por Cachemira y que en buena medida sustentan el poder de Musharraf, un acuerdo fácil con India sería una traición.

Pero, además de los militares, varios sectores civiles paquistaníes tampoco aceptarían que su país cediera ante la presión internacional. Musharraf ha visto su popularidad menguada desde el año pasado, cuando decidió apoyar la ofensiva estadounidense contra el régimen Talibán de Afganistán. En el sector religioso más radical esta complacencia con Estados Unidos en detrimento de un régimen islámico no fue bien recibida. Ahora Estados Unidos exige a Pakistán que acabe con la guerrilla de liberación cachemira que opera desde su suelo con el fin de evitar un conflicto nuclear. El problema es que si Musharraf cede el sentimiento de traición se vería exacerbado. Y los sectores civiles excluidos del poder desde el golpe (que seguirían así por otros cinco años según se decretó por un plebiscito) podrían usar este descontento para desestabilizar a Musharraf.

De ahí que la semana pasada no hubiera aceptado el ofrecimiento de India de realizar un patrullaje militar conjunto en la frontera. Así mismo, Pakistán rechazó comprometerse a no usar armamento nuclear de primero, como sí lo hizo India. La explicación del gobierno paquistaní fue que era obvio que, como todos los Estados que poseen armamento nuclear, sobre todo ante el desbalance militar convencional existente entre los dos países (ver recuadro).

Al principio de la semana pasada se cifraron muchas esperanzas en un encuentro que sostendrían el primer ministro indio, Atal Behari Vajpayee, y el presidente paquistaní, Pervez Musharraf, en el marco de una cumbre de líderes asiáticos en Kazakstán. Fue la primera vez en seis meses de tensiones en que los dos mandatarios se encontraban bajo el mismo techo.

Sin embargo, lejos de distensionar el clima confrontacional, ambos dirigentes aprovecharon para lanzarse mutuas acusaciones. Vajpayee declaró que Pakistán había incumplido su promesa hecha en enero de impedir las incursiones de militantes islámicos en territorio indio. Aludiendo a este incumplimiento Vajpayee rechazó una invitación que el presidente ruso, Vladimir Putin, hiciera a ambos mandatarios y que Musharraf sí aceptó. Por su parte, el mandatario paquistaní desmintió las afirmaciones de Vajpayee en relación con las incursiones desde su país. Según Pakistán, los militantes que realizan actos de terrorismo en India son luchadores por la independencia de Cachemira con base en India. Para probar esta afirmación Musharraf propuso que se permita la entrada de observadores internacionales para que lo verifiquen. Como lo explicó más tarde en una entrevista con la cadena CNN: "Nos rehusamos a aceptar que la India sea acusadora y también juez. Si ellos son los acusadores que otro actúe como juez". Sin embargo India rechazó tajantemente la posibilidad de una inspección extranjera en su territorio.

En este clima de posiciones irreconciliables, Estados Unidos decidió unirse a China y Rusia en la presión para que los enemigos dialoguen. Así, al cierre de esta edición, el vicesecretario de Estado estadounidense Richard Armitage y el secretario de Defensa, Donald Rumsfield, llegaron a la región para disuadir a los enemigos de llevar su conflicto hasta proporciones fácilmente catastróficas.

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