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| 1/21/1991 12:00:00 AM

POR EL COLOR DE LA PIEL

Crece el drama de los refugiados económicos del Tercer Mundo en la Europa Comunitaria.

La nueva Europa los desprecia.
Nadie los quiere. Arabes, africanos, suramericanos, turcos, polacos, búlgaros, ven cómo se dictan leyes contra ellos y se les cierran fronteras. Nadie quiere al extraño en la Europa que se acaba de configurar.

Si en Francia los ciudadanos del Magreb (Argelia, Túnez, Marruecos, Mauritania y Libia) junto con los negros africanos tuvieron siempre que contentarse con hacer los trabajos más despreciables, también le recuerdan al ciudadano común el "glorioso pasado colonial" perdido.

En Alemania, los "turcos" que realizan los trabajos que los nativos no quieren hacer, son considerados "seres inferiores" que huelen a ajo, base de toda su alimentación.

Esos dos son países donde el problema de la emigración se verifica desde hace años y donde el sentirse "superior" por parte del europeo ha sido pan cotidiano desde varias décadas. Pero que lo mismo se verifique en países como Italia o España, cunas de la emigración, cuyos ciudadanos más pobres emigraron por 150 años hacia Estados Unidos, Argentina, Brasil o Australia, resulta sorprendente a los ojos de muchos.

En Florencia, capital del Renacimiento y centro turístico mundial, el conflicto racial estalló con singular crudeza este año, cuando los comerciantes del llamado "triángulo de oro", el casco histórico de la ciudad, empezaron a quejarse de los senegaleses que vendían cachivaches en la calle.

"Esta es una ciudad muy sensible a los extranjeros; en menos de un año han pasado siete millones de visitantes; aquí turismo es símbolo de riqueza, y eso no se puede tocar", dice un miembro del Partido Comunista italiano, organización que ha tratado de racionalizar en términos más democráticos el problema, presionando por una serie de leyes y acuerdos sobre los llamados "extracomunitarios", los inmigrantes de fuera de la comunidad europea.

Sin embargo, es justamente en uno de los bastiones electorales del partido comunista, la rica y opulenta ciudad de Bolonia, donde en estos últimos meses se han verificado los mayores excesos de violencia racista contra los emigrantes. En septiembre pasado, un grupo de jóvenes de los barrios periféricos de la ciudad intentó quemar viva a una decena de marroquíes, quienes fueron asaltados en plena noche con bombas incendiarias, en el lugar donde dormían.

La misma violencia racista se repitió en Florencia, en Roma, en el extremo este del país, Trieste y en Caserta, en el sur, y casi con las mismas características: los agresores eran jóvenes, hijos de obreros o desocupados, algunos pequeños delincuentes y hasta vendedores de droga.
La dificultad para controlar el fenómeno social que ha implicado el convertirse en meta y sueño del emigrante de los países del sur del planeta, es cada vez mayor. Ello, a pesar de que Italia intenta a través de los partidos políticos más progresistas, darse leyes más amplias y reglamentar el flujo de los "extracomunitarios".

Recientemente, una ley presentada por el vicepremier y número dos del partido socialista, Claudio Martelli, introdujo el principio del número "cerrado" de emigrantes por año, con los mismos derechos del ciudadano italiano (salud, educación y habitación) y previó la programación del flujo de entradas, con base en las necesidades sociales y económicas del país. Según cifras oficiales, los emigrantes legales en Italia son 700 mil, mientras se calcula que alrededor de 200 mil personas viven sin permiso de permanencia. En sólo 1990, 217 mil inmigrantes se acogieron a una amnistía ofrecida por las autoridades para legalizar su situación y de ellos 170 mil tienen ya trabajo.

Al contrario de Francia o Alemania que simplemente tienen sus "fronteras cerradas" a la inmigración, Italia ha optado por imponer la visa a pocos países, (los del Magreb, Senegal y otros) de donde proviene un fuerte número de inmigrantes. Organizaciones de defensa del inmigrado, comparables a la francesa "SOS Racisme", (que denunció el año pasado 250 "asesinatos racistas" en Francia), están surgiendo a partir de las agrupaciones políticas que pregonan una cultura "multirracial".
Las centrales sindicales, como la CGIL (de orientación comunista) y la CISL, (católica) y entidades religiosas como Cáritas, han participado en todo el debate. Pero aunque han aportado el propio conocimiento del mercado del trabajo y la necesidad de introducir los mismos derechos laborales al trabajador extranjero, no han logrado que desaparezcan las agresiones contra este último.

"Hay que integrar a cuantos se pueda en la construcción, en los hospitales, en la industria, sectores donde se necesita gente", claman los "extracomunitarios" organizados. Pero el problema va más allá de la simple solidaridad, porque el extranjero es explotado por su condición cultural y por la ausencia de mecanismos de protección. Pero mientras aumentan los ejércitos de hambrientos del Tercer Mundo dispuestos a vivir de cualquier forma en Europa porque no tienen nada que perder, también aumenta el emigrado con instrucción, de nivel medio alto que exige respeto por sus costumbres y cultura. Por eso, los activistas italianos piden para ellos una respuesta adecuada de parte de la sociedad desarrollada. Para muchos resulta claro que uno de los retos de la nueva Europa del 2000, está justamente en superar las barreras raciales.
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