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| 5/29/1995 12:00:00 AM

POR FIN LA VERDAD

El comandante del ejército argentino reconoce los crímenes de la guerra sucia e inicia un examen de conciencia para el país.

DESDE QUE CAYO LA DICtadura castrense argentina, en 1983, todos los esfuerzos de militares y ex militares se habían dirigido a echar una cortina de humo sobre el aspecto más siniestro de la 'guerra sucia' que libraron las fuerzas armadas contra los militantes de la izquierda: las desapariciones. La semana pasada, sin embargo, todo eso cambió con la actitud asumida por el actual comandante del ejército, el general Martín Balza.
"Nadie está obligado a cumplir una orden inmoral, quien lo hiciera incurre en una conducta viciosa", dijo Balza, con evidente emoción y dramatismo en el programa de televisión Tiempo Nuevo. "Sin eufemismos digo claramente que delinque quien imparte órdenes inmorales, delinque quien cumple órdenes inmorales y quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos e inmorales".
Para Balza, la represión militar que se inició desde el golpe de 1976 se produjo como reacción contra la violencia iniciada por la guerrilla izquierdista en 1973. Pero, aclaró, "el ejército, instruido para la guerra clásica, no supo enfrentar desde la ley plena al terrorismo demencial". Fue en este contexto que se produjo lo que calificó como un error: la obtención de la información por "métodos ilegítimos" que llegaron a la "supresión de la vida " en muchos casos.
A pesar del prestigio de Balza, quien no participó en la represión directamente, y en cambio fue un héroe de la guerra de las Malvinas, lo cierto es que el sorpresivo cambio de actitud del ejército se produjo como consecuencia de muchos factores. Uno de ellos es, para muchos, la certeza de que por el tiempo transcurrido y por las leyes de amnistía y los indultos presidenciales, ya no habrá castigos. Y la otra es la presión de los grupos de derechos humanos, que contribuyeron a mantener vigente el recuerdo de las víctimas y el derecho de sus familiares a saber qué pasó con ellas.
Sin embargo, el desenlace se produjo por donde menos se esperaba: por las conciencias de los culpables. Las primeras revelaciones se produjeron en 1994, cuando los marinos Raúl Pernias y Alfredo Rolón hicieron revelaciones al Senado sobre la aplicación de torturas a los prisioneros. La cosa continuó en febrero de este año, cuando el capitán Adolfo Scilingo no pudo con sus recuerdos y reveló cómo los prisioneros eran llevados en avión al mar, drogados y desnudos, para ser luego lanzados al agua.
Scilingo habló mucho, pero no dijo un solo nombre concreto. En cambio la semana pasada salió a la palestra el ex sargento del ejército Víctor Ibáñez, quien admitió haber trabajado en un centro de detención ilegal conocido como El Campito, en Buenos Aires, desde donde partían los fatídicos vuelos. Al contrario de Scilingo, Ibáñez mencionó los nombres de seis víctimas y el revuelo fue total.
Tras la confesión de Ibáñez, Balza decidió por su cuenta asumir, como comandante del ejército, la responsabilidad por lo ocurrido. Balza, tal vez sin quererlo, puso en la picota pública a las demás ramas de las fuerzas armadas, sobre todo la Armada, que ahora están en la mira de millones de argentinos que esperan una declaración similar. Y otro afectado fue el presidente Carlos Saúl Menem, quien no sólo expidió las leyes de 'Punto Final' y 'Perdón y Olvido', sino que concedió el indulto a los ex comandantes condenados por violaciones a los derechos humanos.
Ultimamente Menem había llegado al extremo de pedir a los torturadores que se confesaran sólo con los sacerdotes, y que "no echaran sal en viejas heridas". Tan mal le cayó al Presidente la declaración de Balza, que algunos de sus ayudantes dijeron que se había hecho para perjudicar sus posibilidades de ganar la reelección en las próximas elecciones del 14 de mayo, y el propio Menem sugirió, en un cambio de 180 grados, que podrían revisarse las leyes de perdón para castigar a los culpables de las desapariciones.
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