Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1986/09/22 00:00

POR MIS PISTOLAS

Un empleado de correo mata a 14 personas y se suicida en un pequeño pueblo de Oklahoma.

POR MIS PISTOLAS

Cuando Vince Furlong entró a las 6:45 a.m. del 20 de agosto a la Oficina Postal de la pequeña población rural de Edmond, Oklahoma, tal como lo había hecho durante los últimos 8 años, no podía siquiera imaginar que el despido anunciado por su supervisor a uno de sus compañeros de trabajo el día anterior, pudiera desembocar en una de las mayores matanzas masivas en los Estados Unidos, en su género.
Furlong se disponía, con los otros 80 empleados de la oficina, a iniciar sus labores diarias, cuando oyó un estrépito similar al de una explosión. En principio creyó que alguien había dejado caer una de las bandejas del correo. Pero después vio que uno de sus compañeros caía al suelo y otro de ellos corría, con sangre brotándole del costado. Fue entonces cuando alguien gritó: "¡Tiene un revólver!" y todos empezaron a correr tratando de encontrar alguna forma de escapar a la que se convertiría en la peor masacre desde 1984, cuando en San Isidro, California, 21 personas fueron asesinadas en un restaurante McDonald.
Para Pat Sherrill, un hombre de 44 años que había sido contratado en 1985 como empleado de medio tiempo en la Oficina Postal, la noticia de que sería despedido constituyó motivo suficiente para descargar sobre sus compañeros de labores una ráfaga mortal que culminaría hora y media más tarde con un saldo de 15 muertos, entre ellos el propio Sherrill, y seis heridos.
Ex combatiente de Vietnam y experto tirador con armas cortas, Sherrill, quien además había sido instructor de tiro en un polígono de Edmond, cuya población no alcanza los 35.000 habitantes, irrumpió en la oficina con tres pistolas semiautomáticas, una calibre 45, una calibre 22 y otra de 9 m.m. y después de haber bloqueado las salidas empezó a disparar ininterrumpidamente sobre sus compañeros de trabajo, empezando por el superior que el día anterior le había anunciado que sería despedido. "Lo mató a sangre fría así como a muchos otros compañeros", relató uno de los sobrevivientes.
Cuando después de haber tratado infructuosamente de comunicarse con él, un escuadrón del FBI y otro de SWAT entraron finalmente al edificio a las 9:30 a.m., escucharon el último disparo, con el cual Sherrill puso fin a su vida. En el piso se hallaban los cuerpos tendidos de las 15 personas que habían caído en la matanza y un enorme reguero de cartuchos vacíos.
Aunque el homicidio colectivo de Edmond constituye sin duda alguna el producto de una mente enferma, (los compañeros de Sherrill lo consideraban un "lunático solitario"), crímenes de este tipo se han presentado con relativa frecuencia en los Estados Unidos. Baste recordar el conocido caso del asesinato de Sharon Tate y sus compañeros a manos del clan Manson y otros menos famosós pero no por ello menos escalofriantes como el mencionado del restaurante McDonald en California que con sus 21 muertos mantiene el dudoso honor de haber sido hasta ahora el mayor crimen cometido en un día por un solo hombre, en la historia de los Estados Unidos. También está el perpetrado en 1966 por un francotirador que, apostado en el techo de uno de los edificios del campo universitario de Austin, Texas, se dedicó a hacer puntería sobre cualquier persona que se le atravesara en la línea de fuego dejando, antes de morir, un saldo de 16 muertos.
En el caso del McDonald, el asesino, James Oliver Huberry, de 41 años, quien fuera como Sherrill, ex combatiente de Vietnam y experto tirador, había sido también despedido recientemente de su trabajo de guardaespaldas. Aunque en opinión del siquiatra colombiano José Gutiérrez, consultado por SEMANA, no se puede inferir de ello la existencia de una patología particular en esta clase de asesinos, sí hay condiciones socioculturales que facilitan el desarrollo de enfermedades mentales en comunidades como la norteamericana que no cuentan con el "anticuerpo cultural" que en sociedades como la colombiana representa, por ejemplo, el apoyo de la familia, en momentos de crisis.
Esa podría ser la explicación de por qué, a pesar del elevado desempleo y las dificultades económicas que afrontan un gran número de colombianos, generadoras de otras formas de violencia, no se encuentra fácilmente a un sicópata desempleado disparando a diestra y siniestra en una fritanguería.

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