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| 6/25/2011 12:00:00 AM

¿Por qué se indignan?

Inspirados por la juventud española, miles de europeos se unen a la protesta contra el sistema económico y político. Aunque su futuro es incierto, los graves síntomas sociales hacen suponer que los Indignados no se van extinguir tan pronto.

Cuando para muchos el movimiento de los Indignados estaba enterrado, más de 200.000 españoles demostraron, el domingo pasado en las calles de todo el país, que el descontento y la rebelión no eran flor de un día. Sus consignas, "manos arriba, esto es un contrato", "que no, que no, que no nos representan" o "queremos una Europa para la gente, no para los mercados", se repitieron en francés, portugués y griego en manifestaciones en todo el Viejo Continente.

Se llaman "Indignés" en París, "Aganaktismeni" en Atenas y "Geração à rasca" en Lisboa, pero comparten las mismas frustraciones, inspiraciones y tácticas que los españoles, que desde el 15 de mayo (15 M), se levantaron contra la falta de respuestas convincentes frente a la depresión económica y social que golpea Europa desde 2008, desencantados por la clase política y frustrados por un futuro oscuro.

Y es que Europa está enfrentando la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Hay un sentimiento que une a todos los jóvenes, no confían en que vayan a poder tener el mismo nivel de vida que sus padres. Estudiaron, saben hablar varios idiomas, pero no consiguen trabajo. La impresión es latente desde hace años, mas nunca antes habían logrado articularla alrededor de un movimiento. Félix Ovejero, profesor de Economía de la Universidad de Barcelona, le dijo a SEMANA que "los jóvenes vivieron de espaldas a la política mientras el camino era llano. Ahora vieron que la vida iba en serio y el futuro, incierto, y han empezado por las preguntas sencillas y esas han llevado a otras de más envergadura sobre la calidad de la democracia".

Aunque en el resto de Europa la situación no es tan complicada como en España, Portugal o Grecia, muchos se identifican con su frustración y la ola de descontento se ha ido contagiando. El español Olmo Gálvez, portavoz de Democracia Real Ya, uno de los movimientos que hacen parte de los Indignados, le dijo a SEMANA: "Todos en Europa buscamos lo mismo. Más libertad, más democracia, menos corrupción, políticas orientadas a los ciudadanos y no a la clase financiera y política. Por encima de las fronteras está el sistema financiero. Ha llegado la hora de que los ciudadanos se globalicen, igual que ya lo hicieron las empresas".

Los testimonios de ciudadanos sin futuro abundan. Una madre griega comenta en un blog que "mi hijo de 26 años, universitario, no logra encontrar un trabajo. No tiene vida personal, no sale de la casa, está deprimido, se siente como un perdedor". En el diario ABC de Madrid, María del Carmen Pérez cuenta que con 15 años de carrera no ha logrado acumular más que contratos provisionales. Paula Gil, portuguesa de 27 años, le explicó a la revista alemana Der Spiegel que a pesar de haber estudiado Relaciones Internacionales y tener una especialización, hasta ahora solo ha podido hacer pasantías.

Y las cifras no son para nada alentadoras. En España, 40 por ciento de los jóvenes no tienen empleo; en Grecia son más de un tercio. Las deudas públicas en Portugal llegan a 70 por ciento del PIB, y el crecimiento en Europa sigue estancado. Para enfrentar la profunda crisis, las únicas respuestas de los gobiernos han sido recortes de gastos públicos, privatizaciones masivas de los servicios públicos, medidas drásticas de austeridad y flexibilización laboral.

Según como se los mire, esos cambios estructurales pueden ser necesarios, pues estos países se endeudaron más allá de lo razonable, pero les dejan a los ciudadanos la firme impresión de estar pagando los platos rotos de políticos y banqueros irresponsables. El propio Klaus Schwab, fundador del World Economic Forum, adalid del liberalismo económico, alertó en diciembre pasado: "Al final, es el ciudadano promedio quien paga los costos de la crisis. Por eso, existe el peligro real de que la crisis financiera y económica se convierta en una crisis social".

Mario López, profesor de Historia de la Universidad de Granada, le explicó a Semana.com que "los Indignados tienen una relación directa con la contracción de los Estados de Bienestar". Tan solo la semana pasada, el Fondo Monetario Internacional le exigió al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en España, una reforma laboral "más valiente", que rebaje los costos de los despidos, y en Grecia, el primer ministro, Yorgos Papandréu, trata de negociar con el Parlamento un plan de recortes de 28.000 millones de euros. Dos socialistas que terminan cediendo en contra de la gente Así, son cada vez más los que piensan que los políticos ya no tienen ni la margen de maniobra ni la voluntad de oponerse a la dictadura de los mercados.

Por eso, entre los Indignados hay una desconfianza total en los políticos, ya que no sienten ninguna diferencia entre elegir a alguien de derecha o de izquierda. Para Félix Ovejero, "cuando ves que tú has votado unas cosas y se hacen otras, te entran dudas razonables acerca de si la democracia tiene que ver con la voluntad popular".

En Francia, Tibault Lejeune, militante de 'Paris réveille toi' ('París despiértate'), le explicó a esta revista: "Ya no creemos en la clase política tradicional. Llamamos a cada uno a ser actor del cambio". Y en Grecia retomaron el lema de los cacerolazos argentinos: "Que se vayan ya". Y aunque la semana pasada el Congreso español debatió sobre el movimiento del 15 M, para muchos ya es demasiado tarde.

El que sí logró percibir el descontento antes que todo el mundo fue Stéphane Hessel, un francés de 93 años, resistente de la Segunda Guerra Mundial, uno de los autores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hoy considerado como el padre de la rebelión. En octubre del año publicó ¡Indignaos!, un panfleto de treinta páginas que se vende más que un best seller de Dan Brown.

Lejos de reducir la crisis actual a un problema económico, con un lenguaje simple, Hessel instiga a los jóvenes de hoy a indignarse, retomando los valores de la rebelión contra el nazismo. Advierte que en su época era más fácil oponerse a un enemigo y que "las razones para indignarse pueden parecer hoy menos claras o el mundo demasiado complejo. ¿Quién manda, quién decide? Pero deja claro que "en este mundo hay cosas insoportables" y que hay que hacer una insurrección pacífica contra "el consumismo de masas, el desprecio de los más débiles y de la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos". Y concluye "crear es resistir, resistir es crear".

Y en ese sentido, Galves comentó que "no queremos cambiar un partido o una ley, queremos cambiar el sistema. Eso es económico, educativo, democrático y ambiental". Otro autor que les da pistas a los Indignados es el historiador británico Tony Judt, fallecido hace un año, autor de Algo va mal. Dice que los gobiernos actuales están capturados por los intereses de las grandes corporaciones, que la economía debe tener algún grado de regulación, que el Estado debe existir solo para defender los derechos de los ciudadanos y que nunca, como ahora, la desigualdad social se había apoderado del mundo entero.

Aunque Hessel lo niega, las protestas europeas están muy emparentadas con las árabes, que fueron motivadas no solo por el ansia de liberarse de sus dictadores, sino por la situación económica, y lideradas también por jóvenes profesionales desempleados.

Todavía falta por saber si, como los jóvenes egipcios o tunecinos, los europeos logran que el régimen cambie o al menos se reforme. Los españoles, la locomotora europea de la revuelta, anunciaron marchas nacionales hacia Madrid para el 23 de julio, propusieron un referendo y están llamando a una huelga general. Pero su manera de hacer las cosas es complicada, pues funcionan como microdemocracias, muy horizontales y sin liderazgos visibles. Para Félix Ovejero, "es difícil cuajar acuerdos y propuestas precisas, más allá de razonables consideraciones de principio. No hay que engañarse, la reflexión colectiva requiere trabajo y años".

Pero es claro que, como le dijo a SEMANA Jaime Pastor, profesor de Ciencia Política de la Universidad Nacional a Distancia de España, "la crisis económica y social se está agravando y con ella, el movimiento va a seguir adelante".
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