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| 1/18/2015 6:12:00 PM

¿Por qué mi abuelo tradujo ‘Mi lucha’ de Hitler?

El nieto de su primer traductor al inglés explica por qué su abuelo asumió la tarea si no era nazi.

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BBC
Cada vez que le cuento a alguien que mi abuelo irlandés tradujo Mein Kampf de Adolfo Hitler, la primera reacción suele ser preguntarme por qué. Lo siguiente es el inevitable: "¿Era nazi?".

Simplemente respondo: "No, no era nazi" (la explicación más abajo) y "¿por qué no iba a traducirlo?".

Mi abuelo era un periodista y traductor que vivió en Berlín en los años 30 y así era cómo se ganaba la vida.

Y, ¿no era importante para los europeos entender de qué se trataba el 'Gran dictador' (disculpas a Charlie Chaplin)?

Seguramente mi abuelo y muchos otros que no eran nazis pensaron que indudablemente sí en ese momento. Y no olvidemos que lo hizo antes de que Hitler se convirtiera en la más notoria encarnación del mal.

Hitler hizo una fortuna con su libro. No sólo se eximió de pagar impuestos sino que después de que se convirtió en canciller alemán compró millones de copias para regalárselas a recién casados.

Se estima que sólo en Alemania se vendieron 12 millones de copias.

Historia de intriga

La historia de traducción de mi abuelo -la primera versión completa en inglés, que eventualmente fue publicada en Londres en 1939- es una intriga que involucra preocupaciones por derechos de autor, un discreto viaje de regreso a la Alemania nazi y un espía soviético.

Mi abuelo, James Murphy, vivió en Berlín desde 1929 antes de que los nazis llegaran al poder. Fundó una revista para intelectuales llamada El foro internacional cuyo contenido era principalmente traducciones de entrevistas a personajes eminentes, como Albert Einstein o Thomas Mann.

Sin embargo, la mala situación de la economía lo obligó a volver a Reino Unido.

Mientras estaba allá escribió un pequeño libro titulado Adolf Hitler: el drama de su carrera, que trataba de explicar por qué tantos alemanes se sintieron atraídos por la causa nazi.

Luego regresó a Berlín, en 1934, donde consideraba ridículas las distorsionadas traducciones de las declaraciones de los políticos nazis.

Fue especialmente crítico de una versión reducida de Mi lucha, de apenas un tercio del tamaño de los dos tomos del original publicado en inglés en 1933.

Para finales de 1936, los nazis le pidieron que trabajara en una traducción de la versión completa. No está claro por qué. Tal vez, el ministro de Propaganda quería una versión en inglés para cuando considerara conveniente.

Pero en un momento dado en 1937 los nazis cambiaron de opinión. El Ministerio decomisó todas las copias completas del manuscrito de Murphy.

Él regresó a Inglaterra en septiembre de 1938 donde no tardó en encontrar editores entusiasmados con la idea de imprimir su traducción, pero preocupados por los derechos de autor. De todos modos, Murphy había dejado su trabajo completo en Alemania.

Justo cuando estaba a punto de viajar de regreso a Berlín para arreglar el problema, recibió un mensaje de la embajada alemana en Londres diciéndole que no era bienvenido.

La noticia lo devastó; era un derrochador natural y se había quedado sin dinero. Tenía sus esperanzas puestas en la publicación del libro de Hitler en inglés. Fue entonces que su esposa, mi abuela, se ofreció a ir en su lugar.

"Ellos no sabrán quién soy", sostuvo, según cuenta mi padre, Patrick Murphy. "Así que fue mi abuela la que volvió a Alemania donde se citó con un funcionario nazi que conocía en el Ministerio de Propaganda, un hombre llamado Seyferth", cuenta mi padre.

En Berlín

Desafortunadamente, Mary Murphy había elegido un mal día, el 10 de noviembre de 1938, la mañana después de la 'Noche de los cristales rotos', cuando las tiendas de judíos fueron atacadas por bandas de nazis. No obstante, la cita no se canceló.

"Hay un grupo de estadounidenses trabajando en una traducción ahora mismo, así que no van a poder impedir que salga", le dijo el funcionario nazi.

"Usted sabe que mi marido hizo una traducción precisa y justa, una traducción excelente, ¿por qué no nos dan el manuscrito?".

Seyferth se negó. "Tengo esposa y dos hijos. ¿Quiere que termine en el paredón y me fusilen?", respondió.

Luego Mary se acordó que le había dado uno de los primeros borradores a una de sus secretarias, una mujer inglesa llamada Daphne French.

La buscó en Berlín y, por suerte, todavía tenía la copia. Mary la llevó a Londres. Con la traducción estadounidense a punto de salir, había una carrera para que la de mi abuelo se publicara lo antes posible.

En marzo de 1939, Hurts y Blackett/Hutchinson publicaron la primera versión británica sin purgar de Mi lucha.

Por agosto, se habían vendido 32.000 copias y siguieron imprimiéndose hasta el día en que un bombardeo alemán destruyó las imprentas.

La nueva versión de EE.UU. se convirtió en el estándar. Un experto en derechos de autor que ha escrito sobre Mi lucha estima que la edición de Murphy vendió entre 150.000 y 200.000 copias.

Mi abuelo, no obstante, no recibió regalías. Hutchinson argumentó que el gobierno alemán ya le había pagado y que los derechos de autor todavía no habían sido asegurados, así que podían ser demandados por la editorial nazi Eher Verlag.

Y una carta oficial de Alemania, que era más bien una diatriba contra James Murphy, dejó claro que Berlín no aprobaba su traducción.

Pero los alemanes no hicieron nada. Eher Verlag incluso pidió unas copias de cortesía y el pago de regalías. Nunca recibieron nada.

La edición de Murphy está descatalogada y aunque se pueden encontrar copias esparcidas por el mundo, también está disponible en línea.

Autografiada por el autor

En la caja fuerte de la biblioteca Wiener en Londres, que tiene una extensa colección de material del Holocausto y genocidio, hay una destacable de la traducción de Murphy.

En la guarda del libro, hay una fotografía de Hitler y un grupo de personas sonrientes en Berchtesgarden, en los Alpes bávaros.

Una nota escrita a lápiz explica que Hitler llegó al pueblo para firmar copias de Mi lucha. Y ahí está su firma, a lápiz.

El libro, comprado en 1939 en Reino Unido, aparentemente era de admiradores británicos que visitaron al caudillo en su retiro alpino.

La fotografía tiene unas anotaciones, con tres flechas: en una se lee "¿M. Bormann?", simplemente "Hitler" en la otra y finalmente la última que apunta a una joven vestida de blanco que dice "Karen".

"Siempre es un poco escalofriante sostener el libro en la mano, sabiendo que él lo tuvo en sus manos cuando lo firmó", comenta Ben Barkow, director de la biblioteca.

Luego nos muestra una edición de la traducción de Murphy que se vendió en 18 separatas semanales.

Lo extraordinario, sin embargo, es lo que dice bajo la cubierta: "Regalías de todas las ventas irán a la Cruz Roja Británica".

Al otro lado pone: "Hoja de ruta del imperialismo alemán. El libro más discutido del mundo moderno".

Espías

Hay otro giro intrigante en la historia de la traducción. Mientras mi abuelo trabajaba en el libro, contrató a una alemana recomendada por un escritor medio judío que también era su casero.

James se refería a Greta Lorcke, como se llamaba entonces, como una de las personas más inteligentes que había conocido.

Pero tuvo sus peleas con ella. Mientras él quería producir una traducción lo más legible, en buen inglés, Greta a veces lo cambiaba para reflejar el lenguaje enrevesado y vulgar de Hilter.

"Eso le molestaba mucho a mi abuelo", afirma mi padre. "Y lo volvía a cambiar".

Pero había algo más sobre Greta que mi abuelo no sabía. Durante la guerra, los nazis descubrieron que Greta y su marido, Adam Kuckhoff, era del conocido círculo de espías soviéticos "la Orquesta Roja".

Kuckhoff fue ejecutado mientras a Greta le conmutaron la sentencia por cadena perpetua. Sobrevivió a la guerra y en su autobiografía describe su primer encuentro con Murphy.

"Me dejó muy impresionada cuando vino a mi encuentro en el lobby principal. Era guapo, de dos metros y con 100 kilos de dignidad aristocrática, un hombre que inspiraba confianza. La manera en que discutimos su traducción, con la que iba a ayudarlo, me hizo creer que no era simpatizante del nacionalsocialismo", escribió.

Greta tenía muchas dudas sobre si debía traducir Mi lucha, como le explicó a mi padre años después.

"'¿Por qué le iba a ayudar a este hombre a traducir a este terrible libro al inglés?', se preguntaba, pero luego consultó con sus contactos soviéticos y le dijeron que era necesario traducirlo a buen inglés", contó mi padre.

"Lo supieron por el embajador soviético en Londres, Maisky, que conocía a (expremier británico David) Lloyd George muy bien. Lloyd George le había dicho a Maisky ‘No sé por qué me dices que todo eso está en Mi lucha. Yo lo leí y no están’. Resultaba que George había leído una versión reducida controlada por los nazis. Algunas de las peores cosas las habían sacado. Eso le habían dicho los rusos a Greta. ‘Deben ayudarle a este hombre, tradúzcanlo’".

Desafortunadamente, no conocí a mi abuelo. Murió de un problema de corazón en 1946, justo antes de cumplir 66 años.

Fue un hombre tan complicado como fascinante.

Era un verdadero erudito, conocedor de la literatura, el arte y la ciencia, un periodista, profesor, traductor y experto en el fascismo italiano y el nazismo alemán.

Hablaba francés, italiano y alemán. Soñaba con unos estados unidos de Europa en paz.

No obstante, al final, a pesar de que no fue su intención, será recordado más por ser el hombre que tradujo Mi lucha.
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