Jueves, 2 de octubre de 2014

| 2013/02/16 20:00

Por qué se va el papa

Las intrigas, los escándalos financieros y la peleas de poder lo llevaron a abdicar.

El papa, rodeado por Angelo Sodano, exnúmero dos de Juan Pablo II y Tarcisio Bertone el secretario de Estado que nombró, en una cena en el Vaticano. Los dos prelados estaban enfrentados en una batalla sin piedad por el poder y el dinero de la Santa Sede. Su pelea explica en parte la decisión de Ratzinger. Foto: AFP

El 19 de abril de 2005 el Espíritu Santo se posó sobre Joseph Ratzinger. Aunque no quería, el Señor lo escogió para que se volviera Benedicto XVI, el heredero de San Pedro. Le dio el don de la infalibilidad, un rebaño de más de 1.000 millones de católicos y el poder absoluto sobre el Vaticano. Pero la semana pasada Ratzinger abandonó su condición para volver a ser un ser humano más. ¿Por qué lo hizo

Nadie puede negar que el papa está viejo. Pero aún no es un enfermo a punto de naufragar como llegó a serlo Juan Pablo II y en su última misa el pasado Miércoles de Ceniza dejó claro que no se iba solo por su salud. Encorvado y demacrado, con una casulla violeta y su pesada tiara, le dijo a los feligreses en la Basílica de San Pedro que hoy la Iglesia está desfigurada por “las divisiones en el cuerpo eclesial”; añadió que hay que vivir la Cuaresma de una manera intensa, superando “individualismos y rivalidades” y concluyó, frente a los fieles en lágrimas, que “tomé esta decisión en plena libertad por el bien de la Iglesia”.


¿A quién acusó el papa? Dejó los nombres en la sombra, pero las guerras de religiosos en el Vaticano son vox pópuli. Hay molestias por su gestión en los escándalos de pederastia, pues dejó de ocultar los pecados, pidió perdón y prometió entregar los culpables a la Justicia de los hombres.


Pero la riña es sobre todo por el trono y el oro de San Pedro. Muchos vieron a Benedicto XVI como un papa de transición, que solo iba a administrar el legado de Juan Pablo II. Había que preparar el terreno para heredar las llaves del Vaticano. Desde entonces hay una guerra feudal en la que se enfrentan la vieja guardia encabezada por Angelo Sodano, exnúmero dos de Juan Pablo II y el ala de Tarcisio Bertone, temido secretario de Estado, amo de la diplomacia y señor de las finanzas. Y como siempre, el dinero es el nervio de la guerra. Ese codiciado botín es el que Benedicto XVI quiso combatir. 


Monseñor Carlo Maria Vigano, doctor en Derecho Canónico y Civil, fue uno de los elegidos para desinfectar el presupuesto. Nombrado en 2009, convirtió en menos de un año un déficit de 8 millones de euros en un superávit de 34 millones, recortó costos y centralizó las cuentas. Pero la transparencia no fue del gusto de todos y en 2011 fue nombrado nuncio apostólico en Estados Unidos. Un puesto lejano, muy lejano de Roma, que depende directamente de Bertone.  


Unos meses después el periodista Gianluigi Nuzzi divulgó varias cartas que exponían el detrás de bambalinas del traslado a Washington. El prelado le escribió al papa que descubrió irregularidades en la contratación, favoritismos a ciertas empresas y una “corrupción y prevaricación arraigadas desde hace mucho tiempo en el Vaticano”. Advirtió que “mi partida provocaría inquietud y desánimo entre aquellos que creyeron que sería posible sanar la corrupción y las malversaciones” y que entendía su exilio como “una condena a mi trabajo y un castigo” por sus manejos limpios. 


El experimentado banquero Ettore Gotti Tedeschi, miembro del Opus Dei, era el otro cruzado de Benedicto XVI para ordenar las finanzas. En 2009 lo nombró director del Instituto de Obras Religiosas (IOR), el banco del Vaticano, para convertirlo en una institución que se ajustara a los cánones europeos de transparencia. El banco de Dios tiene cuentas de miembros del clero, diplomáticos, trabajadores del Vaticano y un puñado de privilegiados que buscan a como dé lugar el silencio que garantiza sobre sus transacciones. Ha sido investigado por lavado de dinero.


Pero, a pesar de la confianza que le tenía el papa, Gotti Tedeschi resultó desterrado del Vaticano con una fulminante campaña de desprestigio. La junta directiva del IOR, encabezada por monseñor Bertone, lo acusó de graves faltas profesionales, de tener “un comportamiento excéntrico” e incluso enviaron a un psicólogo para que lo evaluara a sus espaldas. Acabaron con Gotti, con su carrera y su honra. En palabras del diario El País, “lo decapitaron con guantes de terciopelo”.  


Pero el banquero de Dios pronto se dio cuenta que no solo su renombre estaba en juego, sino también su vida. A varios amigos les envió información confidencial del IOR, con la orden de publicarlas si le pasaba algo. Escribió: “Si me asesinan, aquí dentro está la razón. He visto cosas en el Vaticano que asustarían a cualquiera”. Gotti convivía con la paranoia, estaba rodeado de escoltas y hablaba de un complot masónico. Por eso, en junio pasado, cuando la Policía llegó a su casa, creyó que lo iban a matar. Con alivio, vio que “solo” era una redada y le dijo al capitán que lideraba el operativo “¿Vienen a hacer un registro? Pensé que me iban a pegar un tiro”.


Las autoridades encontraron documentos que probaban operaciones ilícitas de todo tipo en el IOR. Según medios italianos, Gotti descubrió que el banco amparaba multimillonarias cuentas de “políticos, intermediarios, constructores y altos funcionarios del Estado”. Y aún peor, que Matteo Messina, el nuevo capo di tutti capi de la Cosa Nostra, tenía testaferros en el IOR. Gotti tenía además una lista de “enemigos internos”, al parecer encabezada por Bertone. Dijo que “pagué por mi transparencia” y que su calvario empezó “cuando pedí información de las cuentas que no estaban a nombre de prelados”. Cuentas que guarecen los secretos más oscuros de Italia. 


No era la primera vez que estallaban escándalos en el seno del IOR. Sus vínculos con la mafia, sus transacciones oscuras, fraudes masivos y la muerte misteriosa de algunos directivos hacen parte de la leyenda negra del Vaticano. Benedicto XVI fue tal vez el primero que quiso hacer una verdadera reforma. Pero como lo mostraron los vatileaks, esos documentos robados por su mayordomo Paolo Gabriele y filtrados a los medios, el escogido de Dios se enfrentó a algo más grande que él: la codicia, la sed de riquezas y la corrupción. 


Quedó claro que Bertone no le hacía caso y que en la guerra por el poder a algunos no les importó pisotear su liderazgo con tal de sacar a Bertone del medio. Pero los vatileaks sobre todo revelaron la soledad del papa y su incapacidad por limpiar los pecados del Vaticano. Como escribió el periódico L’Osservatore Romano, el pontífice era “un pastor rodeado de lobos”.


Joseph Ratzinger tal vez no era el más indicado para liderar esa cruzada. Intelectual e introvertido, no quería ser sumo pontífice y soñaba con una jubilación tranquila. Como él mismo dijo: “Hasta cierto punto, le dije a Dios ‘por favor, no me hagas esto’. Evidentemente, no me escuchó”. Y le tocó enfrentarse a ambiciones voraces. Hombre de contados fieles, con los vatileaks se fue quedando cada vez más solo. Sin Gabriele, su fiel servidor, sin Bertone, su mano derecha que no le obedecía y sin poderosos cardenales, que le rogaron más de una vez sacar a Bertone. Siempre se encerró en la misma frase: “Yo ya soy un papa viejo”.


Benedicto XVI necesitaba una decisión radical para proteger a su Iglesia, para asegurarse que sus reformas sobre la pederastia y las finanzas sobrevivieran a su papado, y para que las divisiones no llevaran al Vaticano a una guerra abierta entre dos bandos. Sabía que a sus espaldas Bertone y Sodano ya preparaban el próximo cónclave. Por eso abdicó, la decisión más extrema de todas, pero la única que acaba con las batallas. Así eliminó el liderazgo actual del Vaticano, el suyo, el de Bertone, el de Sodano. Casi como un sacrificio, una crucifixión, un martirio para salvar a su Iglesia y alistar todo para que el próximo profundice su camino.


Como le dijo a SEMANA el vaticanista Paolo Rodari de Vatican Insider “abdicó para dejar a su sucesor la tarea de reestructurar la Iglesia. No pudo limpiar el Vaticano como hubiera querido y ahora le dejó la vía libre a alguien más fuerte”. Consciente de eso, dejó todo atado para que su obra continúe. Aunque dijo que “permaneceré escondido para el mundo”, más de 50 por ciento de los cardenales que elegirán el nuevo papa fueron nombrados por él. Y mientras esté vivo, es difícil pensar que no vaya a tener ninguna influencia sobre su heredero. 


Por eso su abdicación fue un gesto revolucionario. Revolucionario por inédito en épocas modernas. Revolucionario porque humaniza un cargo que dependía de la voluntad divina. Y sobre todo, revolucionario porque hace tambalear los cimientos que sostienen la Iglesia del siglo XXI, al mostrar un mensaje espiritual, desapegado de las vanidades del poder. Nada mal para un papa que muchos vieron como de transición, como un gran conservador que no quería que nada cambiara, como un simple heredero. Al final, fue él quien escribió la historia.

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