Lunes, 16 de enero de 2017

| 1995/05/08 00:00

POR UN AMOR

La obsesión de una mujer enamorada puso al descubierto los oscuros lazos de la CIA con los militares guatemaltecos.

POR UN AMOR

DESDE LA EPOCA DEL PRESIDENTE IZquierdista Jacobo Arbenz, derrocado en 1954 por los militares guatemaltecos con el apoyo descarado de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos -CIA, por sus siglas en inglés-, los latinoamericanos han tenido conciencia de los estrechos vinculos entre el ejército del país centroamericano y ese oscuro organismo secreto. Pero se requirió la obsesión de una mujer enamorada para que saliera a la luz hasta qué punto esa alianza significa, ni más ni menos, que los contribuyentes norteamericanos han sostenido sin saberlo a uno de los escuadrones de la muerte más tenebrosos de Latinoamérica. Porque la milicia guatemalteca, con 110.000 muertos a cuestas y una táctica, aparentemente superada, de tierra arrasada, no sólo no ha podido acabar con la guerrilla en 34 años, sino se ha ganado la fama de ser una de las más sanguinarias del continente.
Esa mujer se llama Jennifer Harbury, una abogada de 43 años graduada en la prestigiosa Universidad de Harvard, que se interesó- desde muy temprano en su carrera por el destino de los inmigrantes latinoamericanos y tras lo que se suponía sería una visita académica a Guatemala, se casó con Efraín Bámaca Velásquez, un dirigente de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca -Urng- conocido como 'Comandante Everardo'.
Bámaca fue visto por última vez en libertad el 12 de marzo de 1992, cuando su grupo se encontró a bala con el ejército en plena selva. El ejército aseguró que el guerrillero había perecido en combate, pero el testimonio de varios testigos sostuvo que Bámaca fue conducido con vida a una cárcel secreta. Con esas tenues bases la señora Harbury se puso a la tarea obsesiva de descubrir el paradero de su marido, con la secreta esperanza de encontrarlo con vida. Su tenacidad la llevó a hacer tres huelgas de hambre y a buscar la ayuda de cualquiera que quisiera oír su historia. Su presencia se volvió una molestia no sólo en la plaza central de Ciudad de Guatemala, sino en el propio parque Lafayette, frente a la Casa Blanca, en Washington, el lugar donde toda clase de orates se reúnen día a día para airear las más descabelladas denuncias o propuestas. Pero Harbury logró con su terquedad llamar la atención de los medios estadounidenses, apareció en el archifamoso programa de televisión 60 minutes Y, por fin, consiguió convencer al representante demócrata Robert Torricelli, quien comenzó a atar cabos. Finalmente, la semana pasada el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes citó al jefe encargado de la CIA, almirante William O. Studeman, y puso a la luz un escándalo de grandes proporciones que abarcó el asesinato, en 1990, de un ciudadano estadounidense residente en Guatemala y la muerte bajo tortura de Bámaca. El común denominador: la presencia en ambos crímenes del coronel Julio Roberto Alpírez, uno de los tantos oficiales guatemaltecos asalariados por la CIA, un hombret que recibió en la última nómina, a mediados de 1992, no menos de 44.000 dólares como 'cesantía' provenientes del bolsillo de los ciudadanos de Estados Unidos. Alpírez fue reclutado para la Agencia a finales del decenio de los 80, a tiempo que el oficial formaba parte de la unidad de inteligencia conocida simplemente como el 'Archivo'.


MALA SUERTE
Según las denuncias de Torricelli, basadas en documentos conseguidos por el Departamento de Estado en los archivos de la CIA, la Agencia gastó secretamente desde finales de los 70 muchos millones de dólares en la contratación y el soborno de múltiples oficiales del ejército guatemalteco, no sólo para conseguir información reservada, sino para influenciar la actitud de los militares. Desde 1976 los militares de ese país han sido acusados de la muerte de al menos 10 norteamericanos incluidos sacerdotes, monjas y periodistas.
Esa cadena siniestra terminó con la muerte, en 1990, del estadounidense Michael DeVine, un hotelero que tenía con su esposa, Carole, una posada al borde de una carretera hacia las ruinas mayas, en la localidad de Poptun. En junio 8 de ese año, unos hombres armados de machete asesinaron a DeVine, quien aparentemente se había enterado sin querer de un escándalo de contrabando en el que estaban involucrados altos oficiales guatemaltecos. Según pudo comprobar el ernbajador de Estados Unidos, Thomas Stroock, todas las evidencias apuntaban en dirección a una base de entrenamiento situada en los alrededores y dirigida por el coronel Alpírez.


DESAPARECIDO
Como retaliación, el gobierno dirigido entonces por George Bush decidió en diciembre de 1990 cortar los tres millones de dólares que entregaba anualmente como ayuda militar a Guatemala. Pero la CIA continuó con sus labores de 'enlace' con los organismos de inteligencia del país centroamericano, que significaban 'ayudas' de entre cinco y siete millones de dólares al año. Para mediados de 1992 ya se había presentado la desaparición de Bámaca, y su esposa ya estaba moviendo cielo y tierra para encontrarlo, sin mayores indicios sobre su suerte. La señora Harbury no lo sabía, pero Santiago Cabrera López, un guerrillero capturado en 1991 y escapado a México en diciembre de 1992, declaró en marzo de 1993, ante la sede de las Naciones Unidas en Ginebra (Suiza), que vio a Bámaca cuando era torturado por el propio Alpírez. Su testimonio, aunque fue conocido por muchas organizaciones de derechos humanos, aparentemente no fue tenido en cuenta por el Departamento de Estado.
Sólo cuando la presión de la Harbury se hizo insoportable, los funcionarios del Departamento de Estado se lanzaron a buscar en sus archivos y la investigación llegó a la sede central de la CIA en Langley, Virginia. La conexión entre los dos casos sólo apareció en enero de este año y tenía nombre propio: Alpírez. Lo peor es que, según todos los indicios, la CIA había tratado de ocultar la participación de Alpírez en los dos crímenes.


AL CONGRESO
La semana pasada tuvo lugar una audiencia especial ante la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes, con presencia de Jennifer Harbury, Carole DeVine y el almirante Studeman. El alto oficial no tuvo más remedio que reconocer que la agencia a su cargo debería haber entregado la información hace tres años, pero que simplemente se había 'refundido'.
A pesar de las dimensiones del escándalo, muy pocos creen que haya un número suficiente de parlamentarios que quieran mover demasiado el tema, porque ambas cámaras están dominadas por los republicanos, y este es un tema que atañe a los últimos gobiernos de ese partido. Sin embargo, muchos observadores piensan que el panorama político guatemalteco ha quedado afectado seriamente ante la evidencia de la estrechez de los vínculos de sus militares con la CIA.
La razón es que el avispero ya está demasiado agitado. La semana anterior la revista The Nation publicó una investigación del periodista norteamericano Allan Nairn titulada 'CIA Death Squad ' (El escuadrón de la muerte de la CIA), en la que sostiene que las relaciones son más profundas que lo revelado por el caso de la señora Harbury. Nairn, quien el año pasado reveló los vínculos de la CIA con los paramilitares haitianos, dice en su trabajo que por lo menos los tres últimos jefes del G-2, el centro de inteligencia guatemalteco, estaban en la nómina de la CIA, incluso el general Héctor Gramajo, ex ministro de Defensa y aspirante presidencial para las elecciones de este año. Por eso, precisamente cuando las posibilidades de paz con el Urng parecen cercanas, el presidente Ramiro de León Carpio tiene la difícil misión de esclarecer las responsabilidades, por lo cual le sonaron tan mal los consejos de la semana pasada a Alpírez, de que demandara a Torrivelli. De León Carpio llegó al poder precisamente por su carácter de defensor de derechos humanos, y ahora debe estar a la altura de su compromiso. Entre tanto, la señora Harbury vive una amarga sensación de triunfo porque si bien comprobó sus acusaciones, también supo con certeza que su esposo estaba muerto. Se trata de un final agridulce para una historia de amor, violencia y aventura que ya ha sido comprada por el magnate Ted Turner para convertirla en película. El mayor problema para su guión será escoger el final.


HISTORIA SECRETA
EL CORONEL guatemalteco Julio Roberto Alpírez, acusado de ordenar los asesinatos del norteamericano Michael DeVine y del guerrillero guatemalteco Efraín Bámaca, es apenas uno más de muchas figuras de los establecimientos castrenses latinoamericanos que ha estado fuertemente vinculado con la CIA.
El más conocido de ellos es el general panameño Manuel Antonio Noriega, un brillante alumno de la hoy muy cuestionada Escuela de Las Américas (un centro de entrenamiento estadounidense destinado a los ejércitos 'amigos'). Noriega ganó cientos miles de dólares a cambio de información durante casi 30 años. Pero Noriega no es el más sangriento. También estuvo en la nómina de la CIA el coronel salvadoreño Nicolás Carranza, instructor del dirigente ultraderechista Roberto D'Abouisson, reconocido como organizador de los escuadrones de la muerte en ese país. Tras las denuncias del caso y luego de un breve exilio, Carranza vive confortablemente en Estados Unidos. En la vecina Honduras, la CIA contribuyó a la creación del llamado 'Batallón 3-16', una unidad militar que, según muchos observadores. actuó como escuadrón de la muerte durante gran parte del decenio de 1980. En Haití, el funesto general Raoul Cedras fue el mejor exponente de la nómina de la CIA, junto con el siniestro Emmanuel 'Toto' Constant, dirigente del grupo pararnilitar llamado 'Frente para el avance y el progreso de Haití', responsable de la muerte de más de 400 seguidores del presidente Jean Bertrand Aristide.

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