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| 11/12/2016 10:00:00 PM

El magnate que rompe tradiciones morales

Además de ser el presidente menos preparado que ha llegado a la Casa Blanca, Donald Trump lo hace con un lastre en materia ética que hubiera quemado a cualquier candidato en el pasado.

El triunfo de Donald Trump representa una verdadera revolución. La primera comparación que salta a la vista es la del brexit en Reino Unido y la del plebiscito en Colombia. Pero lo de Trump va más allá de eso. Básicamente significa dos cosas. En primer lugar que la gente rechaza el statu quo y está pidiendo a gritos algo diferente. Que pueda ser peor no importa, con tal de que sea diferente.

Para llegar a eso se requería que cambiaran las reglas del juego en muchos frentes. Y eso definitivamente Trump lo logró. En materia de moral ha sido un verdadero revolucionario. Hasta su llegada al escenario político existía la creencia de que las culturas anglosajonas, a diferencia de las latinas, eran puritanas y estrictas, y les exigían esas conductas a sus candidatos.

En Estados Unidos hace 50 años Nelson Rockefeller perdió la presidencia por divorciarse. Hace 32 Gary Hart perdió su candidatura por tener una amante. Trump no solo es divorciado, sino que va en su tercer matrimonio, y a sus tres esposas les ha puesto los cuernos. Tres días antes de la elección, The Wall Street Journal informó que Karen McDougal, la conejita del año 1998 de la revista Playboy, aceptó un pago de 150.000 dólares para no contar los detalles del affaire que tuvo en 2006 con el candidato republicano. Y eso para no mencionar que han salido a la luz pública 13 mujeres que han denunciado ser acosadas psicológica y físicamente por él.

Pero su conducta no es la única que no tiene antecedentes, sino también la de su esposa. Melania Trump será la primera dama de Estados Unidos que ha posado desnuda para varias publicaciones, en algunas con otras mujeres igualmente sin ropa. Como si fuera poco, el periódico Daily Mail de Londres afirmó que había sido prepago antes de casarse con el magnate, y este instauró una demanda de 150 millones de dólares contra ese medio por calumnia. Esa acusación puede ser falsa, pero el solo hecho de que la esposa del presidente de la primera potencia mundial haya sido acusada de ser prostituta demuestra hasta dónde han cambiado las cosas.

Otro cambio en las reglas del juego en las cuales Trump ha sido un pionero ha sido en el de la ética. Y en su caso eso se refiere concretamente a sus negocios. No hay manipulación o atajo que no haya tomado para ganarse unos dólares más. Es el primer presidente de ese país que llega a las elecciones habiéndose negado a hacer pública su declaración de renta. La explicación es que desde hace cerca de 20 años no ha pagado un solo dólar de impuestos a nivel federal. Eso requiere unos cuantos malabarismos financieros antiéticos, que si bien pueden ser tolerables en el mundo de los negocios nunca lo habían sido en el de la política. Cuando en el primer debate de las elecciones Hillary Clinton denunció a su rival por no pagar impuestos, este se limitó a contestar “Eso lo que demuestra es que soy muy inteligente”.

A esto se suma que Trump se vende como un genio en el mundo de los negocios a pesar de que ha tenido tres quiebras enormes. Después de cada una de estas, a él le ha ido bien, mientras que sus trabajadores han quedado en la calle. Además su trayectoria no ha sido muy coherente con sus políticas como candidato. Una de sus principales banderas fue que las compañías norteamericanas no deben irse al extranjero para obtener mano de obra barata, pero prácticamente todos los productos que llevan la marca Trump, como la ropa, los perfumes y los accesorios del hogar, son producidos precisamente en esos países a sueldos de hambre. Otra cosa que se ha demostrado es que para sus construcciones ha contratado a trabajadores indocumentados que son precisamente los que ahora persigue como inmigrantes “violadores” o “ladrones”. Y para rematar, múltiples testimonios han dejado claro que es muy mala paga.

El otro parámetro en el que el magnate ha roto la tradición es el de la preparación para gobernar. El candidato republicano tiene una gran facilidad de expresión, pero una gran ignorancia sobre el manejo de los asuntos del Estado. Es el primer presidente en la historia de Estados Unidos que nunca ha ocupado un cargo público o ha estado en el Ejército. Sus propuestas son radicales y simplistas. Propone solucionar todos los problemas, pero no dice cómo. Él encarna las frustraciones de la gente del común recurriendo al populismo de derecha y la fórmula le ha funcionado. El voto por él es simplemente un desahogo de esa frustración.

Sin embargo, en materia de seguridad, economía, educación o salud sus propuestas son abstractas y poco convincentes. Y lo que despierta temor no es solo su ignorancia, sino también su temperamento. Es un hombre impulsivo que reacciona emocionalmente sin medir las consecuencias. Por ejemplo, su fórmula para combatir al grupo Estado Islámico es simplemente bombardearlo hasta que no quede un terrorista vivo. Esos planteamientos en boca de la persona que controlará el arsenal nuclear de Estados Unidos preocupan a muchos.

En todo caso, el daño que se le ha hecho a la imagen internacional de Norteamérica es infinito. Porque si bien el 50 por ciento de sus habitantes apoya a Trump, prácticamente el resto del mundo lo desprecia. A nivel internacional es considerado un inepto y un payaso. Por razones diplomáticas los jefes de Estado que ahora llaman a felicitarlo no lo han criticado públicamente, pero se sabe qué opinan en privado.

Lo preocupante es que el fenómeno Trump puede repetirse en muchas partes. Las instituciones democráticas tradicionales están dejando a las clases medias estancadas y no satisfacen sus anhelos ni sus necesidades. El triunfo de Trump es un grito de rebeldía contra todo lo que huela a establecimiento o a política tradicional. Los votantes quieren patear el tablero y elegir a un outsider que no sea parte de la rosca. Si el fenómeno se extiende, el mundo podría estar entrando en un laberinto peligroso. n

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