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| 1/14/2012 12:00:00 AM

Profanación de cadáveres es tan antigua como la guerra misma

Desde antes de que Aquiles arrastrara el cadáver de Héctor alrededor de los muros de Troya, los guerreros han profanado los cuerpos de sus enemigos vencidos, sea para transmitir un mensaje o para vengarse.

Y siempre han sabido en el fondo de su corazón que hacían mal.

El video que salió a la luz esta semana, de cuatro infantes de marina aparentemente orinando sobre los cadáveres de tres milicianos talibanes, provocó indignación en Estados Unidos y el mundo, pero también llamó la atención sobre el efecto embrutecedor de la guerra sobre aquellos que reciben órdenes de librarla.

El teniente coronel de reserva Paul Hackett, quien enseña las leyes de guerra a los marines que van a Afganistán, dijo que no justifica las acciones de esos hombres. Pero advirtió que no se los debe juzgar con excesiva dureza: "Cuando se les pide a hombres jóvenes que se ganen la vida matando gente, se necesita un gran esfuerzo para frenarlos".

En la larga historia de la guerra, ese episodio es poca cosa en comparación con otras atrocidades que se cometen en el campo de batalla. Pero la diferencia de este caso es que, en la era de la internet, fue capturado por una cámara e inmediatamente difundido al mundo entero.

"Esta indignación me resulta tan interesante porque casi supera" a otros crímenes de guerra más espantosos, dijo el psicólogo Eric Zillmer, autor de "Military Psychology: Clinical and Operational Applications" (Psicología militar: Aplicaciones clínicas y operativas). "Debido a la tecnología, al video, uno lo ve. En la mayoría de los crímenes de guerra, uno escucha hablar sobre ellos o lee sobre ellos".

Las Convenciones de Ginebra prohíben la profanación de los muertos, y funcionarios en Estados Unidos y el mundo han pedido que se castigue con rapidez a los cuatro marines, identificados como efectivos del Batallón 3, Cuerpo 2, que combatió en la provincia afgana de Helmand durante siete meses antes de regresar a la base en Camp Lejeune, Carolina del Norte.

La prohibición contra la profanación de los muertos en combate también es casi tan antigua como la guerra misma.

En la Ilíada de Homero, el poema épico sobre la guerra de Troya, alrededor del siglo XII a.C., el héroe griego Aquiles mata al caudillo troyano Héctor y se niega a devolver el cadáver para los funerales. Cede cuando Zeus, el rey de los dioses, dice que está "provocando la ira del cielo" con su ansia de "descargar su furiosa venganza en el muerto sagrado".

En el siglo VII de nuestra era, Abu Bakr, suegro del profeta Mahoma y primer califa islámico, emitió 10 normas para la conducta de su gente en el campo de batalla. Una de ellas dice: "No debéis mutilar los cuerpos muertos".

En 1907, la Convención de La Haya dijo que después de cada enfrentamiento, los combatientes deben tomar medidas para proteger a los muertos del "saqueo". La primera Convención de Ginebra en 1949 habla de proteger a los muertos de "ser despojados".

La historia está repleta de relatos de atrocidades cometidas con el fin de enviar un mensaje. En el siglo XV, el príncipe Vlad III de Valaquia sembró el terror en el enemigo turco —y se ganó su mote de Vlad el Empalador— al empalar a cientos de cadáveres en el campo de batalla.

A lo largo de los siglos, se han tomado dedos, cueros cabelludos y otras partes del organismo como trofeos de guerra.

Con todo, dijo Zillmer, la profanación del enemigo muerto es "tabú en todas las culturas".

"No es necesario explicar por qué no es lo correcto. Cualquiera que lo ve dice que es repugnante", afirmó.

Pero coincidió con Hackett que puede ser difícil para los soldados, sobre todo en un grupo muy unido, realizar una misión de matanza y luego "desentenderse" sin más. Las inhibiciones contra esa clase de conducta tienden a desvanecerse a medida que aumenta el número de participantes, señaló, un fenómeno que él llama "difusión de la responsabilidad".

Los soldados saben desde antiguo que el salvajismo genera salvajismo, o al menos provoca indiferencia.

En sus memorias de la Segunda Guerra Mundial "With the Old Breed" (Con la vieja raza), el ex marine E.B. Sledge recuerda cuando vio el cadáver hinchado y ennegrecido de un camarada en la isla de Peleliu, en el Pacífico: le habían quitado la cabeza, las manos y el pene, e introducido este último en la boca.

"Mis emociones se convirtieron en una furia y odio por los japoneses superior a cuanto había experimentado en mi vida", escribió. "Desde ese momento no sentí el menor pesar ni compasión por ellos, cualesquiera que fuesen las circunstancias. Mis camaradas buscaban recuerdos para llevarse de sus mochilas y bolsillos o les arrancaban los dientes de oro, pero yo jamás vi a un marine cometer la clase de mutilación bárbara que cometían los japoneses si tenían acceso a nuestros muertos".

Orinar sobre cadáveres no es exactamente una idea original.

En el mismo libro, Sledge escribió acerca de un joven oficial de marines en Okinawa: "Si podía, ese 'caballero por decreto del Congreso' hallaba un cadáver japonés, se paraba sobre él y le orinaba en la boca. Es la cosa más repugnante que visto hacer a un estadounidense en la guerra. Me daba vergüenza de que fuera un oficial de marines".

El mismo día que se conoció el video de Afganistán, el sargento Sanick Dela Cruz dijo en una audiencia en la base de Camp Pendleton, California, que orinó sobre la calavera de un iraquí en 2005. Era la corte de guerra de un marine acusado en la matanza de 24 iraquíes en el poblado de Haditha.

Dela Cruz dijo que estaba abrumado de dolor por la muerte de un camarada al explotar un artefacto colocado junto a un camino. "La emoción pudo más, señor", dijo a un abogado defensor militar.

Marty Brenner, especialista en el control de la ira que trata a veteranos de guerra además de civiles, dijo que el acto videograbado —y el hecho mismo de grabarlo— demuestran furia.

"No tienen otra manera de expresar la furia que sienten contra esta gente", dijo Brenner. "Orinan sobre ellos para decir: 'Soy mejor. Quiero que el mundo vea que ustedes son basura y es lo que se merecen'''.

Gary Solis, ex fiscal y juez de marines, ahora profesor de derecho de guerra en la Universidad de Georgetown, dice que la internet ha agregado una nueva dimensión: "En Vietnam, cuando uno metía la pata, en casa nadie se enteraba".
 
AP
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