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| 12/14/2013 3:00:00 AM

¡El mundo a las calles!

El mundo huele a lacrimógenos y suena a rebelión. Aunque cada protesta tiene sus causas y sus objetivos, hacen parte de un fenómeno global que promete fortalecerse.

A primera vista Ucrania y Tailandia no tienen nada en común. El primero fue comunista siete décadas, permanece buena parte del año tapizado de nieve y se ubica en el corazón de Europa. Al segundo lo rige una monarquía constitucional, lo cubre una densa selva tropical y 95 por ciento de su población practica el budismo. Pero desde hace unas semanas, Kiev y Bangkok viven al ritmo de concentraciones masivas que amenazan a sus gobiernos.

En Tailandia, un proyecto de ley de amnistía para políticos cercanos al poder enfureció a la ciudadanía. La gente se levantó, ocupó grandes ministerios y cientos de miles de personas realizaron megamarchas. En Ucrania, una manifestación para pedir una mayor integración con la Unión Europea y rechazar el intervencionismo ruso mutó en un movimiento incontrolable que promete tumbar al presidente Viktor Yanukovich.

Los tailandeses y los ucranianos son el último eslabón de una cadena mundial de rebeliones callejeras, que en 2013  llenaron plazas y pusieron a tambalear las autoridades en Brasil, Turquía, Bulgaria, Egipto, Bosnia o Indonesia. Aunque cada movimiento tiene sus particularidades, su común denominador es la presencia de personas normales, educadas, que no tienen una afiliación partidista clara, pero que se movilizan para romper un estado de cosas injusto, desigual, que no ofrece perspectivas a futuro, sobre todo para los jóvenes. Estas son sus características:

Un detonador insignificante

En Estambul la masa estalló por defender los 600 árboles de la plaza Taksim. En São Paulo el aumento de 20 centavos de real en los pasajes de transporte sacó a millones a las calles. En Ucrania, una protesta proeuropea se convirtió en un movimiento para tumbar al gobierno. La chispa es repentina, espontánea, imprevisible, que de la nada revela un malestar profundo que sumerge la sociedad.

La clase media al ataque

Cuando turcos y brasileños se tomaron las calles, muchos se sorprendieron al ver sociedades que vivían bonanzas económicas reclamar cambios radicales. También en 2012 el PIB de Tailandia creció un 6,4 por ciento y permitió emerger a una nueva clase media. Francis Fukuyama escribió que “no son los más pobres los que lideran las protestas, sino jóvenes con ingresos y educación superiores al promedio, conectados a la tecnología y las redes”, gente que valora más la democracia, la tolerancia y las libertades. Samuel Huntington explicó las revueltas por el aumento de la clase media. Cuando las sociedades viven transformaciones económicas rápidas, el gobierno no alcanza a responder a las expectativas creadas por el mejor nivel de vida. Quieren una salud óptima, una educación de calidad, buenos servicios públicos y el sistema no es capaz de dárselos.

La revolución ‘twiteada’

Mucho se ha dicho sobre la incidencia de los medios sociales para movilizar. Internet cataliza el descontento, la frustración se comparte a gran velocidad, se llama a actuar de forma espontánea e inmediata y la gente se comunica directa y horizontalmente.  Las redes permiten además un intercambio que rompe fronteras e idiomas. Pero culpar a internet por el estallido social sería reduccionista.   

El bolillo no sirve

Cuando la gente ocupa las plazas, a los gobiernos no se les ocurre nada mejor que enviar la Policía a reprimir. En Brasil, Turquía o Ucrania la táctica produjo el efecto contrario, los abusos del Estado alimentaron aún más la indignación, y protestas relativamente pequeñas terminaron tomando proporciones impresionantes.

¿Dónde están los líderes?

Estas marchas empiezan con algo inesperado y tienen un éxito con el que ni siquiera el más optimista soñaría. En Brasil, la organización Passe Livre, que llamó a oponerse al aumento del precio del transporte, ya había organizado manifestaciones, pero nunca reunieron más de 2.000 personas. Cuando millones salieron, no fue por un líder, un partido o un sindicato, sino de forma autónoma, horizontal y después sus banderas fueron recogidas por los políticos. Un movimiento así no se puede descabezar, aunque tampoco consigue logros concretos.
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