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| 12/7/2013 3:00:00 AM

Las protestas contra una Ucrania soviética

La pieza más codiciada del este de Europa cedió a las presiones del Kremlin y rechazó los acuerdos con la Unión Europea. Miles de manifestantes salieron a las calles para protestar, pero el daño está hecho.

¡Venganza!”, gritaron los manifestantes y la segunda revolución estalló. Kiev parecía una ciudad sitiada que se preparaba para la guerra. En las calles, decenas de personas, de todos los rincones del país, esperaban que en la noche del jueves 29 de noviembre ocurriera un milagro en la cumbre de Vilna, la capital de Lituania, y que su presidente, Víktor Yanukovich, ratificara su compromiso con Europa e hiciera frente a las humillaciones y severas presiones a las que su patrón ruso Vladimir Putin los tiene sometidos.

Yanukovich anunció su cambio de opinión ante el estupor de algunos de los ministros europeos de Relaciones Exteriores y frente a los representantes de seis países de la antigua Unión Soviética. En el encuentro, titulado Eastern Partnership, algo así como Asociación Oriental, se iba a firmar un documento, negociado desde mayo de 2009, por medio del cual esos países se convertirían en miembros asociados de la UE (además de Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Georgia, Armenia y Azerbaiyán) con miras a establecer privilegios financieros y comerciales y, a mediano o largo plazo, a integrarse de pleno al acuerdo europeo.

En casa, la reacción popular no se hizo esperar. Miles de personas avanzaron hacia la Plaza de la Independencia, la misma que fue testigo de la Revolución Naranja en 2004. Armados con cadenas, gases lacrimógenos, piedras, palos y tractores resistieron con furia la presión de la Policía antidisturbios. Con un tractor derribaron la barricada levantada por los antidisturbios para tomarse la sede de la Presidencia e intentaron tumbar la estatua de Lenin, la única del revolucionario que permanece en pie en recuerdo de décadas de gobierno comunista.

Como se vio por la intensidad de las protestas, los ofrecimientos de los europeos –y sus exigencias– habían logrado ilusionar a los ucranianos, más del 50 por ciento de los cuales, según las encuestas, quiere ser parte de Europa. En concreto, no solo los atraía acceder al mercado común y la seductora posibilidad de eliminar el régimen de visas, sino la exigencia de que el país se acogiera a las prácticas comerciales de la UE, al imperio de la ley, combatir la corrupción y aplicar los estándares de respeto a la democracia y los derechos humanos del bloque de 28 naciones.

Ese, que en realidad constituía un requisito irreal y extremo en algunos casos, como los de Azerbaiyán y Bielorrusia, para los ucranianos planteaba la posibilidad de mejorar las cosas en un país al que perciben como gobernado por la corrupción, el amiguismo y el más absoluto desprecio por el imperio de la ley. Es decir, de reafirmar sus lazos con el Viejo Continente, más fuertes que los de los demás.

Pero, como supieron amargamente, era demasiado bello para ser verdad. En contra del proyecto europeísta se unieron dos factores, uno local y casi prosaico, y otro geopolítico y de gran trascendencia para el equilibrio geopolítico mundial. El primero, la determinación de Yanukovich de hacerse reelegir a como diera lugar en 2015, y el segundo, el empeño del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de impedir a toda costa que Ucrania se pasara, así fuera espiritualmente, al bando europeo, y se alejara de la influencia rusa.

Al fin y al cabo Ucrania, que en su idioma significa frontera, es la pieza fundamental del rompecabezas geopolítico de la región por su situación geográfica, su tamaño y su nivel de desarrollo, con 45 millones de habitantes de los que más de la cuarta parte trabaja en el sector industrial. Y tiene un componente estratégico fundamental: es el país de tránsito de gas y petróleo de Rusia a Europa y tiene acuerdos de mantener la flota marítima rusa en el Mar Negro.

Eso explica el empeño de Putin de descarrilar el acuerdo con la UE, al ofrecer a Kiev zanahoria en forma de préstamos y descuentos, pero también garrote con severas sanciones comerciales y precios exorbitantes para el suministro de gas. Dicen que en la reunión del 9 de noviembre entre Yanukovich y Putin, el presidente ruso le recordó a su colega lo que tuvo que sufrir en varios periodos invernales sin el combustible necesario para la calefacción. Por eso, desde ese día Yanukovich resolvió renunciar al acuerdo europeo y se sumó a la lista de países que están con la Unión Euroasiática patrocinada por Rusia.

En efecto, la renuncia de Bielorrusia, de Azerbaiyán, de Armenia y ahora de Ucrania, deja muy mal parada la política de Europa en su intento de integrar al sistema a los países que rodean el cinturón de seguridad del Kremlin. Yanukovich, que mantiene en la cárcel a la líder opositora Yulia Timoshenko y enfrenta graves acusaciones de corrupción, mostró su verdadera cara al reprimir con violencia las manifestaciones y al consolidar su poder, como otros líderes de las antiguas repúblicas soviéticas, con el proyecto imperialista de Putin.

Las protestas de los ucranianos en las últimas semanas son un déjà vu, pues en 2004 las mismas calles fueron el escenario de lo que se conoció como la Revolución Naranja, cuando el pueblo se levantó contra el resultado de unas elecciones calificadas de fraudulentas. El ganador había sido precisamente el mismo Yanukovich, quien desde entonces ya representaba las banderas de la cercanía a Rusia, como heredero de un anterior presidente ucraniano, Leonid Kuchma.

En ese entonces, los manifestantes consiguieron que se repitieran los comicios y llegara al poder el candidato prooccidental Víktor Yushchenko. El resultado fue visto en el mundo como un triunfo estratégico de Estados Unidos y se llegó a decir que la CIA tuvo mucho que ver con las protestas.

Pero Yushchenko, recordado porque años atrás sobrevivió a un envenenamiento perpetrado, según se dijo, por agentes rusos, resultó un pésimo presidente, envuelto en interminables intrigas con su primera ministra, Yulia Timoshenko, figura clave de la Revolución Naranja, quien terminaría destituida y reemplazada por, de nuevo, el interminable Yanukovich. Este, en un extraño giro del destino, ganó las elecciones de 2010, esta vez impulsado por el desencanto de los ucranianos con Yushchenko, en un triunfo que nadie discutió.

Timoshenko, en cambio, resultó condenada a siete años de prisión que aún cumple, acusada de abuso de autoridad cuando firmó en 2009, bajo presiones de Moscú, un acuerdo para asegurar que Rusia desbloqueara el gas que le vende a Ucrania. Para muchos políticos europeos la popular Timoshenko es una presa política, atropellada en un juicio sin garantías para sacarla del juego. Por esa razón, los negociadores de la UE exigían a Kiev, para firmar el trato, liberarla y permitirle viajar a Alemania para tratar sus problemas de espalda.

Precisamente un aliado de esa dirigente, Arseniy Yatsenyuk, del Partido Patria, es uno de los líderes de la protesta, en la que también participan grupos ultranacionalistas de extrema derecha, como el Partido Libertad. Pero el más conocido de los dirigentes opositores es el excampeón mundial de peso pesado Vitali Klitschko, quien planea competir por la Presidencia en 2015 con su Partido Puño, y con un programa por “un país moderno, con estándares europeos”.

Por ahora, la batalla por Ucrania sigue sin resolverse. Mientras Washington mira para otro lado, priorizando su alianza con Rusia en el tema de la bomba atómica iraní, Putin aprovecha cada día que pasa para consolidar lo que sería un nuevo triunfo geopolítico sobre Occidente. Solo lo impediría que las protestas populares logren un triunfo similar al que obtuvieron en 2004. Pero a medida que pasan los días sin que haya un resultado, las apuestas se inclinan en favor de Moscú y sus intenciones de reconstituir algo que al menos se parezca a la vieja Unión Soviética.
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