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| 11/28/2004 12:00:00 AM

¿Próximo objetivo?

El gobierno estadounidense está obsesionado con Irán y su supuesto programa de bombas nucleares. Muchos ven en ello la repetición del caso de Irak.

Después de haber invadido Irak y sacar del mapa político a Saddam Hussein, el presidente estadounidense, George W. Bush, tiene en la mira a otro de los integrantes de lo que él denominó "eje del mal". Irán es acusado de desarrollar un programa de energía nuclear con fines armamentísticos, sobre el cual Bush no ha dejado de llamar la atención desde que fue reelegido hace un par de semanas. A esto se suma que la República Islámica es acusada por el gobierno norteamericano de apoyar el terrorismo, tener un gobierno que oprime a la sociedad civil y desarrollar un programa de armas de destrucción masiva. La obsesión del gobierno estadounidense es tal, que está cerca de lograr que el tema iraní sea llevado ante el Consejo de Seguridad de la ONU para que se impongan sanciones. En conclusión, las acusaciones a este país islámico son tan recurrentes que parece que el tiempo hubiera retrocedido y de nuevo se estuviera en la primera fase del ataque a Irak. ¿Un déjà vu?

Irán es el principal enemigo de Israel, el principal aliado de Estados Unidos en la región, y los gobernantes iraníes siempre ha alegado que si ese país tiene derecho a tener un programa nuclear, ellos también. Esta es la principal preocupación de los estadounidenses.

Mientras el Departamento de Estado trata de buscar una salida diplomática frente a la 'amenaza', el Pentágono busca las estrategias militares más adecuadas para enfrentarla. "Comparado con Irak, Irán tiene tres veces más población, cuatro veces más territorio y cinco veces más problemas", dice Kenneth M. Pollack, director de investigación del Saban Center de Brookings Institute. Las relaciones entre ambos países están rotas desde hace 25 años cuando, recién iniciada la revolución Islámica, estudiantes iraníes se tomaron la embajada estadounidense en Teherán y retuvieron a la misión diplomática durante 444 días. Desde entonces Irán, con su régimen teocrático dirigido en la práctica por ayatolas, ha sido una de las obsesiones de la diplomacia estadounidense.

Con el presidente Bush recién reelegido, muchos observadores esperaban un endurecimiento mayor de su política exterior. Y así ha resultado. La semana pasada se conoció que en el Pentágono se ha empezado a discutir cómo proceder en el tema iraní. Las alternativas que se proponen van desde el aislamiento político, la aplicación de mayores sanciones económicas, un proyecto para remover a los actuales gobernantes del poder, hasta un ataque militar.

Todas esas alternativas son preocupantes para la diplomacia europea, que por una parte teme que la desestabilización de Irán conduzca a esta región al peor de los escenarios posibles y, por otra, que la victoria de la posición estadounidense sea un nuevo triunfo de la política del 'garrote' implementada por los neoconservadores estadounidenses.

El problema comenzó en su última etapa hace dos años, luego de que el régimen de los ayatolas reveló la existencia de un programa nuclear que había ocultado durante 18 meses. En 2003 se supo a través de denuncias que Irán había avanzado hacia el enriquecimiento de uranio hexafluroide, el grado necesario para fabricar armas nucleares. Según algunos analistas, Irán estaría a dos años de desarrollar bombas atómicas, aunque los iraníes lo niegan y argumentan que este programa tiene exclusivamente fines civiles.

Irán anunció que podría producir misiles de largo alcance en grandes cantidades. El tema tomó importancia porque según anunció el secretario de Estado, Colin Powell, una fuente del Pentágono le habría advertido que las cabezas de los misiles habían sido adaptadas para transportar armas nucleares. Una denuncia que hay que poner en duda después de las mentiras que Washington difundió sin pena en el caso de Irak.

La amenaza nuclear iraní llevó a Francia, el Reino Unido y Alemania a firmar un acuerdo en 2003 con el régimen de los ayatolas para que estos suspendieran todos sus programas de enriquecimiento a cambio de beneficios económicos. La diplomacia europea trataba de evitar de esta manera que Estados Unidos tuviera disculpas para presionar a través de sanciones -o un ataque, llegado el caso- a Irán, después de terminar su misión en Irak. Pero este pacto nunca llegó a cumplirse debido a la negligencia de los iraníes, que desde junio pasado retomaron las actividades.

Este fracaso dejó mal parados a los europeos, que aún así volvieron a dialogar con los ayatolas. El 15 de noviembre lograron que estos decidieran detener su programa nuclear a cambio de beneficios económicos y tecnológicos, además de gestionar su futuro ingreso a la Organización Mundial del Comercio. Compromisos que Europa no podrá cumplir sin la ayuda de Estados Unidos, que nunca ha creído en la buena voluntad de los iraníes. "Sólo un acercamiento multilateral al problema puede producir resultados donde la unilateralidad puede fallar", dice Pollack.

Este acuerdo se hizo días antes de la reunión del Organismo Internacional de Energía Atómica (Oiea), que comenzó el pasado 25 de noviembre en Viena. En este encuentro la junta de gobernadores del Oiea debatiría la propuesta de resolución hecha por los europeos de que Irán permita un "acceso sin restricciones" a todas sus plantas y "mantenga la suspensión" del programa para evitar llegar al Consejo. Sin embargo este escenario se veía difícil al cierre de esta edición debido a que Irán dice tener el derecho a mantener activas algunas centrifugadoras que, según sus dirigentes, no estarían dentro del acuerdo con los europeos. Aunque unas pocas centrifugadoras activas no son suficientes para enriquecer armamento nuclear, resultan peligrosas, según los europeos, porque sirven para avanzar en las investigaciones.

La historia recuerda la de Irak. Mientras el director de la Oiea, Mohamed Al Baredei, dice que "la agencia no está en posición de concluir que no hay materiales nucleares o actividades no declaradas en Irán", tal como lo hizo en su momento con Irak, Estados Unidos aprovechará las puertas abiertas que le dejan los iraníes para llevar este caso al Consejo de Seguridad. Y se comenzará la historia de nuevo.

La población iraní, pese a estar cansada de su sistema político religioso de fuerza y los más importantes estamentos del Estado, en manos de los ayatolas conservadores liderados por Alí Jamenei, no aceptaría una intervención estadounidense. Y tendrían más medios para combatir a Estados Unidos que los iraquíes, pues las tropas están mejor armadas que las de sus vecinos. Esto, si se tiene en cuenta que a Irán han entrado chorros de dinero con la última alza del petróleo, sumado al hecho de que los ataques selectivos a las plantas industriales no funcionarían, porque los iraníes aprendieron la lección de Irak y las dispersaron, duplicaron o escondieron.

"Se tendría que aplicar la ley de la zanahoria y el garrote. Eso significa estar preparados para avanzar cuando Irán dé pasos positivos -incluido el acceso a todas las plantas de su programa nuclear y el desistir a apoyar el terrorismo- y darle de inmediato beneficios en el intercambio comercial, al tiempo que se imponen sanciones fuertes cada vez que dé un paso en la dirección incorrecta", afirma Pollack, que publicó hace pocos meses un libro llamado El rompecabezas persa: el conflicto entre Irán y Estados Unidos.

Tal como están las cosas, sólo queda preguntarse: ¿será que esto ya no había pasado antes?
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