Viernes, 20 de enero de 2017

| 1989/11/13 00:00

PUÑALADA TRAPERA

Noriega se salvó por la traicion de un golpista y la pasividad del gobierno de Bush.

PUÑALADA TRAPERA

Que el Comando Sur del ejército de Estados Unidos participó activamente, aunque en forma limitada en el frustrado golpe de la semana anterior contra el general Noriega, es algo que quedó demostrado pocos días después del intento. Al fin y al cabo, el "Chief of Staff" de la Casa Blanca, John Sununu, (el Germán Montoya de Washington) lo confirmó oficialmente a los periodistas. Las preguntas que se hacen hoy los observadores internacionales se refieren más bien a la manifiesta ineficacia de la administración Bush en aprovechar un momento histórico que se le había puesto en bandeja.

Hoy las opiniones se hacen cada vez más extremas. La versión oficial del Pentágono es que los líderes del levantamiento estaban irremediablemente divididos sobre lo que tenían que hacer con el general Noriega en caso de triunfo. Pero algunos miembros del congreso norteamericano parecen más inclinados a creer las declaraciones de los sobrevivientes, según las cuales el líder del levantamiento, mayor Moisés Giroldi Vega, había recibido la promesa formal de un apoyo militar mucho más determinante del que en realidad desplegaron los soldados gringos. Según las declaraciones del capitán Javier Licona, quien se halla junto con su familia en Miami, Giroldi le aseguró que Estados Unidos le había prometido helicópteros artillados que sobrevolarían las bases militares panameñas para evitar que despegaran de ellas aviones de transporte de tropa. Además, Licona afirma que el bloqueo de ciertas vías hecho por los norteamericanos fue tardío e insuficiente.
Desde el otro lado de la moneda, los funcionarios de la Casa Blanca afirman que ninguna de esas promesas fue real. Eso, sin embargo, no apacigua a los críticos, para quienes la Casa Blanca y el Pentágono tendrían que haber dispuesto un plan de apoyo basado en una rápida investigación sobre la seriedad de Giroldi.
En cambio, dicen, la Casa Blanca no sabía realmente quién era su alidado cuando el golpe estaba ya en marcha el martes en la mañana.

Sea como fuere, todo parece indicar que el general Noriega estuvo efectivamente en poder de sus captores durante unas cuatro horas. Pero la escena que se desarrolló en el interior del Cuartel Central debió ser especialmente dramática. Según los recuentos de sobrevivientes, Noriega insultaba a grandes voces a los golpistas, que trataban de convencerlo de que se retirara "honrosamente", y los llamaba "carroña", mientras los amenazaba con la llegada inminente de sus tropas. Se afirma que en un momento dado Noriega les dijo que la única forma de vencerlo era matándolo, y que en ese caso, todos los que se encontraban en el recinto resultarían como él. Según Licona, cerca de las 11 de la mañana, cuando ya llevaban varias horas con Noriega prisionero, el mayor Giroldi le envió a conferenciar con los altos oficiales norteamericanos. Alli se encontró con el general Mark Cisneros, jefe del Comando Sur, quien le dijo que "no estaba autorizado para hacer nada".
Licona afirma que desde la base de EE.UU. hizo dos llamadas a su jefe.
En la primera, Giroldi le dijo en tono sombrio que las posibilidades de éxito habian bajado al 50%. En la segunda, hecha media hora más tarde, contestó un oficial leal al hombre fuerte.
El mayor Giroldi, le dijo, ya no estaba en capacidad de pasar al teléfono.
Según la viuda de Giroldi, todo se había decidido con la "traición" del mayor Francisco Olechea, comandante del Batallón 2.000.

En medio de la confusión de las versiones encontradas, toma fuerza la de que Noriega mandó ejecutar a Giroldi en "un ataque de rabia". No sólo la hora en que se escucharon los disparos en la noche del martes coincide con la de la calculada para la muerte del mayor. También se afirma, en apoyo de esa versión, que Noriega habría querido sentar un precedente draconiano, apoyado, entre otras cosas, por un principio castrense que justificaria esa acción en caso de rebelión militar.

Entre tanto, el esperado recrudecimiento de la represión se ha producido, pero curiosamente los más afectados son los empleados públicos, durante mucho tiempo el sustento popular del régimen. Noriega no parece dispuesto a perdonarles a sus colaboradores que muchas oficinas públicas hubieran cerrado en tono de fiesta, cuando se creyó que la rebelión triunfaria. El general dio a conocer 16 leyes encaminadas a prevenir que los empleados públicos que no demostraran suficiente lealtad al régimen, permanecieran en sus puestos. Dentro de esta linea, se supo la dimisión del canciller Jorge Eduardo Ritter, quien fue reemplazado rápidamente por el embajador en las Naciones Unidas, Leonardo Kam. Para muchos, Ritter escogió la salida antes que continuar al servicio de un régimen cuyo desprestigio ha llegado al limite.

Pero tras el descalabro del golpe y el ridiculo internacional del gobierno de George Bush, el general Noriega sigue teniendo, para bien o para mal, la sartén por el mango.

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