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| 3/30/2003 12:00:00 AM

A las puertas de Bagdad

Doscientos mil hombres están esperando a las tropas aliadas en la capital iraquí. Agrupados en tres anillos de seguridad, los seguidores de Hussein están dispuestos a defender la ciudad a sangre y fuego. La guerra entra en su fase más sangrienta: el combate en las calles.

Al transcurrir algo mas de una semana de confrontación en Irak el balance marcó un fuerte contraste. Al tiempo que las fuerzas de Estados Unidos y Gran Bretaña consolidaron un avance firme y rápido hacia Bagdad, sin antecedentes en la historia militar, encontraron tras su paso una resistencia que la estrategia estadounidense no había anticipado. Las fuerzas leales a Saddam Hussein montaron una campaña de guerra de guerrillas contra las líneas de comunicación y suministro de las tropas invasoras y en las ciudades del sur se evidenció hasta qué punto éstas subestimaron a los iraquíes. Tras un optimista parte de victoria los portavoces de la 'coalición' no tuvieron otra salida que admitir que en ciudades clave, como Nasiriya, Basora y Al Qasar, todavía persistía la resistencia y que pese a haberlas rodeado no las tenían bajo control.

Los ataques aéreos con misiles de precisión sobre Bagdad, en desarrollo de la estrategia de golpear y asustar (shock and awe), no cesaron en ningún momento. Pese a que los bombardeos alcanzaron objetivos clave -incluyendo una estación del canal estatal iraquí- su éxito se vio ensombrecido por el creciente número de víctimas civiles. Un solo ataque, el viernes, costó la vida de al menos 55 personas en una plaza de mercado al noroeste de la capital iraquí.

A ese oscuro balance se sumaron las bajas norteamericanas y británicas, que obedecieron no solamente a ataques del enemigo sino también a los errores tácticos y al llamado "fuego amigo". Los soldados caídos en combate, desaparecidos y tomados como prisioneros de guerra han superado los cálculos del Pentágono. Quizá por ello la moral de los iraquíes no se ha desplomado al ritmo que se esperaba. Para completar el panorama, en la madrugada del sábado un misil iraquí impactó un centro comercial en Kuwait, junto al ministerio de Asuntos Exteriores y el palacio del emir. A pesar de que no hubo víctimas fatales se trató, después de una decena de intentos fallidos, del primer ataque de Hussein que alcanzó alguna edificación.

No todo fue negativo para los estrategas de Washington. El principal logró de las tropas de la 'coalición' fue el establecimiento, a partir del jueves, de un segundo frente en el norte del país. A pesar de que los 21.000 soldados que el Pentágono pretendía desplegar desde Turquía nunca obtuvieron la luz verde por parte del gobierno de Ankara, miles de paracaidistas y miembros de las fuerzas especiales ya están en el Kurdistán iraquí. Lo primero que hicieron los paracaidistas fue asegurar el control de un aeródromo en la región para permitir a los aviones de carga y apoyo logístico emplazar tropas de la I División de Infantería, carros blindados y vehículos Bradley.

Pero mientras en el frente diplomático las manifestaciones antibélicas siguieron multiplicándose por el mundo y la Liga Arabe pedía la suspensión de las hostilidades, la guerra parece acercarse a su clímax.

Ante Bagdad

Pero sea como fuere, por fin las fuerzas británicas y estadounidenses están a 50 kilómetros de Bagdad, listas para el asalto final, como Atila frente a Roma o como los alemanes ante Leningrado. Pero esta etapa no se presenta ante ellos como lo hubieran querido los estrategas y planificadores de la guerra en el Pentágono. Lo que ahora se plantea es una campaña que podría ser dolorosamente lenta y, sobre todo, muy sangrienta.

La razón es que, para sorpresa de los norteamericanos, la población iraquí no se ha levantado contra Saddam ni ha salido a las calles a vitorearlos, como si fueran las fuerzas aliadas en Italia o en Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco las fuerzas iraquíes se desmoronaron ante la vista de los poderosos tanques Abrams o después de una lluvia de bombas tipo racimo. Los soldados de la 'coalición' se encontraron con una resistencia que no esperaban y con unas tácticas de guerra de guerrilla capaces de, al menos, desacelerar la maquinaria bélica más poderosa que el mundo haya visto.

En efecto, los fedayines de Saddam, su guardia privada, una fuerza paramilitar de unos 60.000 efectivos, que se transportan en buses y taxis y que a veces se visten de mujer, han resultado letales. En algunos casos los han visto sacar banderas blancas para luego abrir fuego y se mezclan fácilmente entre la población, añadiendo mayor incertidumbre a los norteamericanos, que tienen instrucciones de no disparar a los civiles por el temor de las consecuencias políticas que ello implica. Todo este tipo de maniobras de los súbditos de Saddam violan flagrantemente la Convención de Ginebra y el Derecho Internacional Humanitario. Como dijo Mao, el populacho es el agua en la que los guerrilleros pueden nadar como peces letales, y los fedayines han cumplido esa frase a la perfección. Acompañados por hombres del partido Baath, y por otros grupos, esos combatientes han resultado un efectivo complemento a las fuerzas regulares de Saddam, de las cuales la Guardia Republicana, apostada en parte en Bagdad, es la más temible.

La situación, según los voceros militares de Washington en Irak, no ha cambiado y los planes siguen adelante tal como estaba previsto. Pero lo cierto es que una fuerza adicional de 100.000 hombres ya ha sido convocada apresuradamente ante la evidencia de que el contingente inicial no es suficiente para derrotar al enemigo iraquí, y mucho menos para asegurar la estabilidad del país después en la posguerra. El propio presidente George W. Bush tuvo que salir a decirles a sus conciudadanos que las expectativas de una guerra corta y poco sangrienta estaban fuera de consideración. Sería larga y costosa, dijo, pero al final, "prevaleceremos".

Lo que parece demostrado es que la ciudad de Bagdad está en disposición de resistir hasta el final. Los periodistas occidentales que presenciaron los desfiles militares anteriores a la guerra cuentan haber visto a una población prácticamente armada en su totalidad. Decenas de miles de voluntarios, equipados con fusiles Kalashnikov, morteros y ametralladoras pesadas, cantaban, bailaban y juraban fidelidad a su gobierno. El periodista John Daniszewski relata en Los Angeles Times haber hablado con iraquíes de alto nivel intelectual que sostienen estar dispuestos a morir junto con sus hijos para defender su país.

El problema parece ser, básicamente, que los planificadores norteamericanos, al establecer su estrategia, pensaron con el deseo. Como dijo a SEMANA Charles Pena, director de estudios de defensa del Cato Institute, "el liderazgo civil, tanto dentro como fuera del gobierno, sólo imaginó el mejor escenario de la guerra. Claramente la doctrina de 'shock and awe' no era suficiente para que los militares iraquíes capitularan en masa y los civiles se levantaran contra el régimen. Por eso la guerra apenas comienza".

En efecto, los responsables del Pentágono no fueron capaces de prever la verdadera naturaleza de los iraquíes, un pueblo que ha enfrentado y derrotado invasiones desde hace muchos siglos. Los expertos en el Oriente Medio tienen claro que en esa región el gobernante puede ser detestado pero el invasor extranjero, sobre todo si es infiel, lo es mucho más. Y también saben que, al contrario de Occidente, las lealtades de clan y grupo son indestructibles.

Pero más allá de eso, algunos observadores militares piensan que los planes tenían fallas estructurales, como la de esperar que los soldados fueran recibidos con vino y rosas. El problema, en palabras de uno de aquellos, es que "siempre que usted desarrolla una estrategia en la que cuenta con la cooperación del enemigo, usted está en problemas".

Hoy, luego de más de 10 días de combates, los norteamericanos tuvieron que enterarse a las malas de que sus planes no funcionarían como habían pensado. Si bien previeron con éxito que Saddam intentaría hacerse fuerte en Bagdad, no contaban con que haría lo mismo en las demás ciudades importantes como Basora, Nasiriya y Najaf, ninguna de las cuales, al menos al cierre de esta edición, estaba realmente bajo el control de la 'coalición'. Eso significó que, si bien el avance de la fuerza hacia Bagdad resultó, como era de esperarse, incontrolable, a su retaguardia quedaron múltiples debilidades que han sido aprovechadas por los iraquíes para multiplicar las bajas 'aliadas'.

Anillos de defensa

Frente a Bagdad los estrategas norteamericanos se enfrentan con la dura decisión de variar sus planes de victoria rápida, ahora que la tan mencionada estrategia de shock and awe parece no haber logrado los resultados esperados. El momento es crucial porque, como dijo a SEMANA Wesley Wark, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Toronto, "el desenlace de la guerra dependerá de lo que pase en las ciudades y sobre todo en Bagdad, en lo que los militares llaman el centro de gravedad de la campaña". Y las opciones no son nada fáciles.

Lo primero es que en Bagdad los espera un combate casa por casa, en el que las ventajas tecnológicas quedan reducidas prácticamente a cero. Los expertos están de acuerdo en que la capital está defendida por tropas dispuestas en varios anillos colocados en posiciones defensivas para bloquear los principales accesos de la ciudad. El primer anillo, en las afueras de la ciudad, estaría formado por las fuerzas especiales de la Guardia Republicana, apoyadas, más al interior, por milicias, fedayines y la policía especial.

El segundo anillo conforma el núcleo más fuerte de la defensa, integrado por cuatro divisiones de la Guardia Republicana: las blindadas Hamurabi, Medina y Al Nida y la mecanizada Bagdad, que cubren una zona de 50 kilómetros de ancho. Este anillo tratará de resistir sin retroceder mientras causan grandes bajas a los atacantes. La fortaleza de este esquema es que llevan meses preparándose con trincheras, minas terrestres y trampas. Pero su debilidad es la inferioridad armamentística y la falta de defensa aérea.

El tercer anillo estaría formado por tropas regulares del ejército, cuya misión sería retardar el avance de los norteamericanos y evitar que se presenten directamente contra la Guardia Republicana. Es previsible que estas unidades sean superadas sin mayor dificultad, pero ante la forma como se han desarrollado las cosas en la última semana esa predicción se torna más incierta.

La historia demuestra con ejemplos, como el del sitio a Stalingrado, punto de quiebre en la Segunda Guerra Mundial, que ni el ejército más poderoso puede superar a un pueblo que defiende lo propio y los expertos están de acuerdo en que la toma de Bagdad sería una batalla extraordinariamente sangrienta y costosa, capaz de conmocionar al mundo. Sería un espectáculo de horror y una experiencia traumática para unos soldados, como los norteamericanos, entrenados en una doctrina de guerra abierta, lejos de las dificultades del combate de armas ligeras, casi cuerpo a cuerpo. La aspiración estratégica de cumplir un papel de liberadores, clave en la política de posguerra, quedaría por el suelo.

Por eso entre los estrategas norteamericanos se abre paso la idea de no intentar la toma sino bloquear la ciudad y esperar a que caiga por sí sola. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, anunció el viernes la posibilidad de que sus fuerzas apliquen un sitio clásico para que la población, a la larga, se exaspere y saque a Saddam. Esa es una posibilidad que, vista desde el punto de vista humanitario, parece tan siniestra como la toma a sangre y fuego.

Pero lo cierto es que, aunque pocos esperan que la batalla comience muy pronto, la lucha por Bagdad será crucial en el desenlace de la guerra. Por lo pronto, Saddam ha jugado sus escasas cartas con gran inteligencia. Ha logrado llevar la guerra a las ciudades, que es el terreno donde mejor le va. Todo indica que sus fuerzas están bien posicionadas, tienen municiones y suministros y podrían aguantar meses. Estados Unidos y sus aliados están abocados a desoír el consejo dado por el pensador militar chino Sun Tzu, gran teórico de la guerra, hace 2.500 años: "La peor política consiste en atacar a las ciudades. No las ataques, a menos que no haya otra solución".





Vea más en el especial 'La guerra en Irak'

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