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| 1/15/2001 12:00:00 AM

Qué bonita familia

La Unión Europea ajusta sus instituciones para consolidarse, con posibles nuevos miembros, como superpotencia política.

Una familia bien avenida y cada vez más numerosa. Esta es la imagen que los 15 países de la Unión Europea (UE) intentaron transmitir a sus respectivas ciudadanías tras la maratónica Cumbre de Niza. En la capital de la Costa Azul francesa los jefes de Estado y de gobierno de la UE, y los mandatarios de los países que están gestionando su ingreso, discutieron las bases sobre las que se levantará el nuevo edificio comunitario que irá acogiendo a 12 inquilinos más durante los próximos tres lustros. No fue casual que la reunión se prolongara hasta la madrugada del lunes. En Niza estaba en juego la influencia que cada país ejercerá en la UE ampliada a 27 miembros.

El precio a pagar por el amplio consenso logrado en Niza podría ser a medio plazo el de una menor operatividad de la UE ya que los países grandes y medianos, juntos o por separado, tienen ahora más recursos para detener cualquier iniciativa que consideren improcedente, lo que dificultará al máximo la toma de decisiones. “Habrá ahora tres mayorías cualificadas, por lo que tendremos que impartir clases de cálculo aritmético para entendernos”, señaló a SEMANA el eurodiputado socialista por España Enrique Barón a propósito de los requisitos adoptados para las iniciativas sin consenso.

Pero era evidente, antes de Niza, que las ampliaciones de la UE iban a complicar la adopción de decisiones ya que los países que participan continúan siendo soberanos, salvo en lo que respecta a la política monetaria, que cada vez más compete al Banco Central europeo. Y, en este sentido, es significativo el voluntario destierro del Reino Unido o de Dinamarca de la moneda única (euro) mientras los dos países mantienen su presencia activa en las demás instancias de la UE.

Trazado el rumbo a seguir, con las consiguientes críticas y alabanzas, Alemania, el país más poblado (82 millones de habitantes) se afianzó tras la Cumbre como la auténtica locomotora de la Comunidad con el correspondiente incremento de su poder a nivel institucional. En el caso de la UE, los países más poblados (Alemania, Francia, Reino Unido e Italia) son también los más poderosos económicamente, lo que facilitó la redistribución de los papeles en esta última Cumbre europea que, según los más optimistas, creó un punto de equilibrio entre “la representatividad y la eficacia”.

La denominada “reponderación” del voto fue sin duda el desafío mayor. Al final los cuatro grandes dispondrán de 29 votos cada uno en la UE ampliada, mientras que España y Polonia obtienen 27 votos respectivamente. La progresión es descendente y la influencia de socios y aspirantes disminuye en la medida en que lo hace la población del país hasta llegar a los cuatro votos de Luxemburgo con apenas 400.000 habitantes.

Así, ante la posibilidad de que se aprueben decisiones por mayoría cualificada (72,4 por ciento de los votos) y siempre que algún país lo solicite, se deberá comprobar que esa mayoría corresponde con el 62 por ciento de la población total de la Unión. Esta cláusula aumenta notablemente el poder de Alemania debido a que su población supera el 17 por ciento del total, lo que le permitiría, con otros dos países grandes, bloquear cualquier decisión.

Los europeos llevan haciendo de la necesidad virtud desde el apagón que sufrieron tras la Segunda Guerra Mundial. Y lo han demostrado de nuevo en Niza. Conscientes de que sólo por la unidad de mercados pueden competir con Estados Unidos y Japón, han repartido el poder suficiente como para que en los próximos años la UE funcione como bloque económico (la moneda única entrará en vigor en 2002) mientras demoran una vez más la integración política de este continente, en el que las diferencias culturales siguen pesando más que las afinidades. En suma, y a pesar de los avances de Niza, se echa de menos un verdadero proyecto europeo que, según los expertos, podría inspirarse en cualquier modelo de corte federal aunque la fragmentación de Europa y el rebrote de los nacionalismos dificulten extraordinariamente su implantación.
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