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| 3/5/2011 12:00:00 AM

¿Qué hacer?

La guerra civil desatada por Muamar Gadafi enfrenta al mundo al dilema de cruzarse de brazos mientras los libios mueren por miles o lanzarse a intervenir con consecuencias imprevisibles.

La suerte de Muamar Gadafi está echada. Nadie apuesta hoy por un inesperado reencauche del siniestro dictador que ha masacrado a su pueblo, y el cerco a su alrededor parece cada vez más estrecho. Ya están andando los procesos para confiscar las millonarias cuentas de su familia, y el presidente estadounidense, Barack Obama, quien dijo sentirse escandalizado por la brutal violencia que ha ejercido contra la ciudadanía, prometió "represalias sin precedentes". En la misma línea, la Corte Penal Internacional anunció que actuará contra el dictador y su círculo cercano, por sus crímenes contra la humanidad cometidos desde el pasado 15 de febrero, cuando comenzó la represión de las protestas. "No habrá impunidad", sentenció el fiscal jefe del tribunal, Luis Moreno Ocampo. Sin embargo, todas esas promesas de justicia no arreglan la situación de Libia hoy. A diferencia de los dictadores de Egipto y Túnez, las revueltas que lo antecedieron, el libio está dispuesto a arrastrar a su país al caos mientras corren ríos de sangre.

El paisaje de la batalla sigue siendo confuso y las noticias, cada vez más preocupantes. A los miles de muertos, imposibles de calcular con exactitud, se suman cerca de 150.000 refugiados que desbordan las fronteras y ya comienzan a producir una grave emergencia humanitaria. En el plano militar, Gadafi intentó reconquistar el este del país con una ofensiva sobre Brega, el miércoles, pero los rebeldes resistieron. El jueves, no obstante, sus aviones retomaron los bombardeos sobre esa estratégica ciudad petrolera que ha sido escenario de intensos combates entre los opositores y las tropas leales al dictador (apoyadas por sus mercenarios extranjeros). El movimiento popular no tiene defensa contra los ataques aéreos, y Gadafi parece dispuesto a cualquier cosa para no caer.

Por eso, los opositores claman porque Estados Unidos y sus aliados europeos vayan más allá del embargo económico y de armas que ya decretó la ONU. Quieren que esos países establezcan una zona de exclusión aérea (no-fly zone) al estilo de la que aplicaron en Irak y Bosnia, para evitar que los aviones de Gadafi sigan masacrándolos. Pero los líderes mundiales, temerosos por las difíciles experiencias en Irak y Afganistán, no se arriesgan a tomar decisiones que puedan resultar contraproducentes.

En principio, nadie quiere considerar una intervención de gran envergadura, pero la idea de esa zona ha comenzado a generar acalorados debates. El martes, a su salida de una reunión con el secretario general de la ONU, Obama barajó por primera vez esa opción. Washington también anunció el envío de varios barcos de su fuerza naval en el Mediterráneo. "Queremos tener la capacidad de intervenir potencialmente rápido si la situación se deteriora", dijo Obama, aunque aclaró que su misión sería en principio humanitaria.

Los dos antecedentes de esta estrategia son ilustrativos. En Irak, después de la Primera Guerra del Golfo, en 1991, Washington, junto a Londres y París, impusieron una zona de exclusión aérea contra Saddam Hussein, sin el respaldo de una resolución de la ONU, para proteger a las poblaciones chiita y kurda, que se sublevaron contra el dictador tras el conflicto. Y al año siguiente, en Bosnia-Herzegovina, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución para prohibir todo tipo de vuelos sobre el país, y la Otan se encargó de ponerla en práctica. Eso llevó a que Washington se viera cada vez más sumergido en ese conflicto, con una campaña de bombardeos contra posiciones serbias. La eficacia de la medida aún se discute. Según la Otan, anular el poder aéreo de los serbios presionó un final más rápido del conflicto. Pero los críticos sostienen que la zona de exclusión no pudo evitar los episodios más sangrientos, como la masacre de Srebrenica.

Sobre el tema escribió The Economist: "Es vital para la lenta y difícil reconstrucción de Libia que sean los propios libios los que depongan al coronel Gadafi. Pero una zona de exclusión aérea podría salvar miles de vidas libias, así como una que se hubiera impuesto más pronto en Irak habría salvado a los kurdos". En teoría, una zona de ese tipo podría mostrar compromiso con el movimiento popular que combate al dictador, sin empantanarse en un combate en el terreno. Pero no es tan sencillo. El jefe del Comando Central estadounidense, el general James Mattis, advirtió ante el Senado que el asunto no es tan fácil. Implica arriesgar vidas y posiblemente derribar aviones libios. Y como explicó el secretario de Defensa Robert Gates, esa zona supone, de todos modos, "atacar Libia", bombardear posiciones, destruir el sistema de defensa antiaéreo libio y usar numerosos aviones ("más de los que caben en un portaaviones") y barcos de guerra. Requiere cuantiosos recursos económicos y militares, en momentos de crisis y recortes presupuestales, y podría implicar eventualmente la muerte de civiles.

Además, imponerla permitiría a Gadafi presentar su lucha como una defensa de la independencia ante una invasión extranjera, un argumento que resuena poderosamente en el mundo árabe. Ya dio algunas puntadas de ese discurso. "Hay una conspiración para dominar el petróleo de Libia y para que su tierra sea colonizada otra vez... Nunca volveremos a ser esclavos como lo fuimos de los italianos -dijo el miércoles-. Entraremos en una sangrienta guerra y miles de libios morirán si Estados Unidos o la Otan intervienen". Gadafi no es el único que lo ha dicho. Tanto el venezolano Hugo Chávez como el cubano Fidel Castro han sostenido en los últimos días que lo que pretende el imperio es invadir para controlar el petróleo.

Los escollos diplomáticos también son considerables. Lo último que quiere Washington es librar otra guerra en un país de Oriente Medio, y tanto Estados Unidos como sus aliados europeos, en particular Francia, preferirían realizar cualquier acción bajo el amparo de la ONU, pero China y Rusia probablemente pondrían obstáculos en el Consejo de Seguridad.

Los riesgos son palpables. ¿Intervenir o no intervenir?, esa es la cuestión, como escribió el historiador Timothy Garton Ash en su columna en The Guardian. El drama libio reabre el debate sobre la intervención liberal, una doctrina que no ha terminado de cuajar, pero que se desprestigió después del desastre de la invasión a Irak. Sin embargo, explica el prestigioso comentarista político, en la tradición de promover los derechos humanos y la ley humanitaria internacional que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la doctrina de la 'responsabilidad de proteger' se ha ido abriendo paso tímidamente. Al final, se declara contrario a la idea, "sobre todo, porque cualquier forma de intervención armada arruinaría la gran gloria de estos eventos, que consiste en que los pueblos se liberan por sí mismos". La pregunta del millón es si ayudaría a los rebeldes y manifestantes a alcanzar la victoria de manera más expedita o si crearía un caos aún mayor. Y nadie tiene la respuesta.
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