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| 2/21/2017 10:19:00 AM

Y si cae Donald Trump, ¿qué?

Si el presidente de los Estados Unidos llegara a ser apartado del cargo, lo que vendría podría ser incluso mucho peor. Este es Mike Pence, el ex gobernador número dos del gobierno más controvertido del planeta.

No es frecuente en Estados Unidos la imagen de un presidente que sale de su cargo antes de lo previsto, pero tampoco es extraña. Muchos ciudadanos todavía pueden recordar cuando, en 1974, el Presidente Richard Nixon, el mismo que empezó la actual guerra contra las drogas, anunció su renuncia en un discurso televisado, a raíz del escándalo de Watergate. Sumada a esta imagen de la realidad, House of cards, la popular serie de Netflix, ofrece otra imagen ficticia de la dimisión de un Presidente. En ambos casos, la salida del Comandante en Jefe de EE.UU vino tras una honda crisis de gobernabilidad.

Imaginarse que Donald Trump no termine su presidencia no es difícil. Casi todos los días desde que se posesionó se han caracterizado por ser polémicos. Esto, por supuesto, viene desde el inicio de su carrera electoral a mediados de 2015. Casi todos los grandes poderes del país se opusieron a su campaña. Desde su posesión ha habido protestas en todo el país contra sus políticas.

Pero, además, en el mes que lleva en la Casa Blanca ya ha renunciado su asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, a la vez que aún faltan varios de sus secretarios por ser confirmados en el Senado. Y en este momento el Presidente afronta el escándalo provocado por la revelación del New York Times de que varios miembros de su campaña tuvieron contactos con el gobierno ruso, acusado el año pasado de haber interferido en las elecciones.

La salida de un Presidente implica que el Vicepresidente asume su cargo, como ocurrió cuando Gerald Ford reemplazó a Nixon en lo que quedaba de mandato. Si Trump se va, Mike Pence, con 57 años, quedaría en la oficina Oval. En comparación con su jefe, Pence ha tenido un perfil más silencioso. Sus declaraciones han sido menos explosivas y hasta ahora su labor ha girado en torno a la diplomacia –participando en la comunicación de la Casa Blanca con los demás estados del mundo– y el diálogo del gobierno, sobre todo, con comunidades religiosas. Sin embargo, quizá las acciones pasadas de Pence hablen más y mejor de él que sus palabras como Vicepresidente.

Una carrera ambigua

Pence tiene una larga trayectoria en la política. Antes de llegar a su nuevo cargo, fue gobernador de su estado natal, Indiana, desde el año 2013. Además, estuvo durante doce años en la Cámara de Representantes, desde el 2001 hasta el 2013. Abogado de formación, Pence se ha caracterizado por defender políticas de claro sesgo religioso y fiscalmente conservadoras. Es, como él mismo se ha descrito, cristiano, conservador y republicano.

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A su llegada a la Cámara en 2001, Pence entró a la comisión de asuntos internacionales. Junto a sus compañeros republicanos, fue uno de los que apoyó la Ley Patriótica, que impulsó el gobierno de George Bush luego de los atentados del 11 de septiembre. Además, como casi todos los miembros de los partidos Republicano y Demócrata, Pence aprobó la resolución que permitió la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán. Poco más de un año más tarde, estuvo también de lado de la invasión a Irak. Además de la guerra contra el terrorismo, Pence apoyó los esfuerzos de Bush por ganar la guerra contra las drogas.

En temas internacionales, no obstante, sus posiciones son variadas. A la vez que apoyó las invasiones militares en Oriente Medio, Pence fue un defensor de la inmigración durante el gobierno Bush. Entre 2006 y 2007 apoyó la posibilidad de una reforma migratoria que permitiera a ciudadanos de otros países ir a trabajar a Estados Unidos por tiempo limitado. En su momento declaró: “Somos una nación de inmigrantes. No solo lo entiendo, lo vivo”. Lo decía pensando en su propio abuelo, que había llegado desde Irlanda a principios del siglo XX para trabajar en Chicago.

Ahora bien, sus posiciones respecto a este tema variaron con los años. En 2014, siendo gobernador de Indiana, se unió a sus copartidarios republicanos para impugnar una orden ejecutiva del entonces presidente Barack Obama, por medio de la cual protegía a cerca de cinco millones de indocumentados de ser deportados. Y en 2015, cuando la campaña electoral de Donald Trump apenas empezaba y Pence no se había unido a ella, se mostró en desacuerdo con la propuesta del hoy Jefe de Estado de impedir la entrada de musulmanes a Estados Unidos.

En el tema económico, Pence ha propugnado por una constante y sustanciosa reducción del gasto público y de los impuestos. Así, en 2010, como sus copartidarios, se opuso al Obamacare, la ley que buscaba darle acceso a seguros de salud a millones de norteamericanos que no pueden pagarlos.Sin embargo, cuando fue gobernador de Indiana pidió una ampliación de los históricos programas sociales Medicaid y Medicare, que ayudan a los más pobres a acceder a salud, para que tuviera mayor cobertura a personas que no eran tan pobres, pero que vivían sin seguro médico. Además fortaleció el Healthy Indiana Plan, que tiene propósitos similares al Obamacare, y ha luchado por reformas que permitan bajar los costos de los medicamentos y servicios médicos.

Las posturas económicas de Pence también son ambiguas. Siendo congresista y gobernador, defendió que el país firmara tratados de libre comercio alrededor del mundo. Y esto es significativo porque, como es sabido, Trump llegó a la presidencia, en parte, con la promesa de reestructurar las relaciones comerciales de Estados Unidos. Según dijo en su momento, los tratados de libre comercio quebraban a las industrias y acababan con empleos.

Pero, además, las viejas ideas de Pence se vuelven relevantes porque su estado natal fue uno de los estados claves en el triunfo de Trump. Junto a Michigan, Ohio, Pennsylvania, entre otro más, Indiana pertenece al llamado Rust Belt (cinturón del óxido), que históricamente ha sido zona de manufacturas industriales. Buena parte de la campaña de Trump se dirigó a estos estados, pues en ellos no han sido pocas las personas que han perdido sus empleos debido al traslado de fábricas a otros países como México.

Trump culpó al libre comercio de esto y prometió devolver los empleos al país. Solo en diciembre de 2016, un mes antes de posesionarse como presidente, Trump y Pence lograron que la empresa Carrier, que produce de forma principal sistemas de refrigeración, desistiera en su proyecto de trasladar su planta a México, lo que iba a suponer la pérdida de alrededor de 2000 empleos en la capital del estado del hoy Vicepresidente.

Además, la figura de Pence sirvió a la campaña de Trump porque durante su mandato el desempleo se logró reducir a la mitad, lo que le dio gran ascendencia entre las familias de trabajadores. A esto se sumó su política de reducir impuestos cada año, lo cual le dio enorme popularidad. Pero, sobre todo, está el hecho de que Pence, a diferencia del mismo Trump o de muchos de los políticos que se identifican con el establecimiento, no es millonario y comparte varios de los problemas del estadounidense común.

El año pasado, Pence reveló sus estados fiscales y en ellos se vio que la mayor parte de sus ingresos venía de su sueldo como gobernador y no superaban los 200.000 dólares al año. La esposa del Vicepresidente, la señora Karen Pence también vivía de su sueldo como profesora de artes. Entre ambos, además, pagaban una deuda estudiantil de casi 300.000 dólares que habían adquirido para financiar la educación de sus tres hijos.

Primero Dios

No obstante, aunque durante su carrera política Pence ha fluctuado en algunos de sus ideales, hay un punto en el que en esos años jamás ha variado: su defensa de los valores cristianos. Nacido en una familia católica y demócrata en 1959, a finales de los años 70 el ex gobernador de Indiana se convirtió al protestantismo. Sus convicciones religiosas son profundas y se considera a sí mismo un hombre de familia. En 1985 se casó con Karen Batten y tuvieron tres hijos, Michael, Charlotte y Audrey.

En el campo público Pence siempre ha defendido sus ideales cristianos. Desde 1988, cuando perdió su primera campaña a la Cámara, y durante la década de los 90, cuando se dedicó a ser locutor de radio y televisión, Pence ha dicho que Estados Unidos debe seguir las leyes de lo que llama el “plan de Dios”. Según él, que el país se aparte de sus preceptos cristianos fundacionales lo puede llevar a la “destrucción de la civilización”.

En este entido, Pence ha sido muy sensible a debates como los del aborto y el matrimonio igualitario. Frente al primer tema, durante su carrera como congresista pidió en no pocas ocasiones desfinanciar la organización Planned Parenthood, que proporciona servicios a las mujeres estadounidenses para que puedan decidir sobre su vida reproductiva. Entre otras funciones, Planned Parenthood permite acceder a abortos seguros. A pocos días de asumir como Vicepresidente, el ex gobernador apoyó la llamada “marcha por la vida”, realizada después de la Marcha de las Mujeres. En ella volvió a cargar contra Planned Parenthood.

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Durante la campaña, además, Pence prometió a varios sectores conservadores que confinaría a “las cenizas de la historia” la sentencia judicial conocida como Roe versus Wade, con la cual, en 1973, se despenalizó el aborto en todo el país. Además, durante su mandato como gobernador firmó varias leyes estatales que solo permitían el aborto en los casos en que peligrara la vida de la madre. Más tarde estas leyes fueron anuladas, pero con ellas Pence fortaleció su imagen de conservador radical.

Frente al segundo tema, el de la diversidad sexual, Pence se ha opuesto de forma radical al matrimonio entre parejas del mismo sexo. En 2006, impulsó una enmienda constitucional que buscaba prohibir el matrimonio igualitario en todo el país. Sus acciones contra la comunidad LGBTI no paran ahí. Como gobernador, firmó varias leyes estatales que pretendían, entre otras cosas, encarcelar a parejas homosexuales que pidieran casarse o permitir la discriminación por razones religiosas a personas LGBTI.

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Y en su primer periodo como congresista pidió que los fondos para el VIH se dejaran de destinar a personas que, según él, tenían comportamientos propensos al contagio del SIDA. Así, pedía que se debieran someter a un proceso de “conversión”, que los alejara de dichos comportamientos. Su posición estaba claramente orientada a los homosexuales.

Por lo anterior, Pence ha llamado a que el próximo juez de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, próximo a elegirse, sea conservador y defienda los valores tradicionales. Así, en debates como el que hay en torno a si el juramento a la bandera debe incluir a Dios, o sobre la libertad de los padres para que en los colegios públicos eduquen a los niños con sus ideas religiosas, Pence se ha puesto de parte de la libertad religiosa y educativa. Para él es esencial la idea de que los derechos vienen de Dios y de que Estados Unidos es una sociedad cristiana.

Lo que viene

En el mes de gobierno de Trump, Pence ha defendido al gobierno en temas varios como el del decreto que suspendía la entrada de ciudadanos de algunos países musulmanes a Estados Unidos. También, en este sentido, se ha unido a Trump en sus anuncios de arreciar la guerra contra el narcotráfico. Respecto a Colombia, Pence conversó con el Presidente Juan Manuel Santos y se ofreció a colaborar en la implementación de los acuerdos de paz. Sin embargo, ha guardado más silenco frente a otros como el de la infiltración del Kremlin en la campaña electoral.

Lo que venga con Mike Pence es incierto. No obstante, no es descabellado especular que, según vayan moviéndose las aguas políticas, Pence se acomode a lo que más le convenga. No hay que olvidar que, solo unos días antes de que Trump lo eligiera como compañero de fórmula, Pence había dicho que apoyaba a Ted Cruz. Además, es cercano a Paul Ryan, jefe de bancada republicano.

Todo futuro, es obvio, es incierto. Sin embargo, bien escribió Borges que la historia imita a la historia. Ahí sigue, con su sombra del pasado, el caso de la renuncia de Nixon. Pero, también dijo el escritor argentino, la historia puede copiar a la ficción.

Por Simón Villegas

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