Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1984/07/16 00:00

¿QUIEN ASESINO A BUENDIA?

Los victimarios del principal periodista mexicano siguen en la tiniebla. Algunos acusan a la CIA., otros a grupos fascistas. SEMANA investiga algunas pistas

¿QUIEN ASESINO A BUENDIA?

Era una tarde sucia y brumosa la tarde de un día de eclipse, eclipsado a su vez por las nubes y el smog. Manuel Buendía salió del edificio ubicado en Insurgentes 58, donde estaban sus oficinas, que irónicamente habia bautizado como "Mexican Intelligency Agency (MIA)". Iba a buscar diez, quince metros más allá, diez o quince metros decisivos y finales, el Mustang que lo acompañaba desde 1978. A su lado caminaba Juan Manuel Bautista, de 17 años, uno de sus ayudantes, un aprendiz, uno de esos muchachos que el gran columnista--antiguo maestro rural--se empeñaba en dotar de "un oficio".
Ni el famoso periodista ni su joven ayudante repararon en ese hombre cetrino, de un metro 60 de estatura, ataviado con una chamarra negra, pantalón vaquero y gorra de veterano de Vietnam. Parecía un transeúnte más. Uno de los miles que a esas horas circulan por la trajinada Insurgentes. Buendía llevaba al cinto--según era su costumbre--un "38 Special" y en la mano izquierda cargaba esa gabardina azul que era otro de sus distintivos. Se cruzaron con el desconocido justo frente a la puerta del estacionamiento donde guardaba el Mustang. El tipo de la gorra, que venía caminando hacia el norte, torció bruscamente de rumbo, colocándose a la espalda del periodista más influyente de Mexico. Buendía no alcanzó a advertir la maniobra, tan rápida y certera. Apenas sintió que alguien, una sombra sin rostro, le alzaba brutalmente el brazo izquierdo y la gabardina y le metía dos tiros por la espalda. Se volvió, ya desplomándose, para recibir dos nuevos impactos de frente. Uno de ellos tan avieso que penetró en la camisa, a la altura del bolsillo, rozándole un lapicero y partiéndole el corazón.
UN HEROE ADOLESCENTE
Aterrado, desconcertado, el adolescente que lo acompañaba alcanzó sin embargo a hurtar el cuerpo en un salto instintivo, cuando el asesino apretó el gatillo por quinta vez. Y entonces, sin pensarlo, movido sin duda por la admiración a su maestro, que yacia moribundo en la acera, se acercó al cuerpo de Buendía y sacó el 38.
El atacante ya había emprendido la fuga en dirección al sur, hacia la populosa calle Havre, en pleno centra de la capital mexicana. El muchacho lo persiguió, portando un arma que no sabía usar y maldijo al verlo perderse entre la multitud de oficinistas que a esa hora regresan a casa.
Convertido en héroe involuntario de la jornada, Juan Manuel volviá sobre sus pasos, estalló en una crisis nerviosa, corrió a un teléfono y comenzó a llamar desesperadamente a Luis Soto, secretario de Buendía. En los minutos siguientes, de confusión, de locura, hombres de la Cruz Roja y particulares intentaron lo imposible: volver a la vida, con respiración boca a boca al hombre que había caído. En esos minutos también, los responsables de las principales policías de México se enfrentaban desconcertados a la terrible noticia. Era frecuente la violencia, los asesinatos de campesinos en provincia, pero un crimen político de esta magnitud no registraba antecedentes en más de medio siglo, exactamente desde que el Partido Revolucionario Institucional había dado fin a las "balaceras" entre caudillos, para inaugurar una larga era de estabilidad.
Pronto un escalofrío recorrió los más altos niveles del poder, para ir descendiendo por la clase política y la prensa hasta abarcar al conjunto de la sociedad civil. Por casualidad, o mejor, en realidad, caerían asesinados en días subsiguientes un periodista de Veracruz y otro del Estado de México. En momentos de transmitirse esta crónica se anunciaba la destrucción de un pequeño diario en el Estado de Sonora. Los hombres de prensa, como es lógico, salieron a la calle.
DEMASIADAS PISTAS
Pasados los primeros momentos de estupor, de indignación, aquellos en que el propio Presidente Miguel De la Madrid prometía justicia a la viuda doña Dolores Abalos de Buendía, y todos los partidos --sin excepciones--exigían la inmediata identificación y castigo de los asesinos, comenzaron las conjeturas que inexorablemente se estrellaban ante una certidumbre que hoy comparten los investigadores: "Abrió muchos frentes; tenía demasiados enemigos poderosos". Las posibles pistas incluían (incluyen) a la CIA, a la ultraderecha fascista, a los anticastristas de Miami a los traficantes de armas, a los narcotraficantes, a los corruptos dirigentes del poderoso sindicato de petroleros, a turbias figuras del sexenio anterior, como el antiguo director de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano (hoy procesado por malversación de fondos) o el ex jefe de la Policía y Tránsito, general Arturo Durazo (actualmente prófugo de la usticia).
A la multiplicidad de pistas pronto vino a sumarse una nueva confusión: las contraindicaciones entre la policía del Distrito Metropolitano y la Federal de Seguridad, que comenzaron a disputarse las carpetas del frondoso archivo de Buendía. Unos y otros descuentan que las claves del crimen se encuentren en la columna "Red Privada" que el periodista entregaba cotidianamente al Excelsior y a decenas de periódicos del interior; pero no ignoran que los hilos secretos para desenmascarar a los autores intelectuales podrían hallarse en los sobres bien clasificados, donde el crimen, el espionaje y la corrrupción desfilan de la A a la Z.
BUENDIA DESCRIBIO A LOS JEFES DE LA CIA
La afirmación generalizada --y vaga--de que la CIA anduvo tras el atentado, no ayuda demasiado a su esclarecimiento. Buendía afirmaba, con razón, que a la CIA no la afectan esa clase de imputaciones. Es preciso aportar datos y pruebas concluyentes para inquietarlos. Sin duda, el autor del libro "La CIA en México", había logrado perturbarlos. Durante 10 años --desde el Excelsior y otros diarios--el filoso comentarista había logrado trascender la retórica para dar nombres, direcciones, teléfonos, y acumular una formidable montaña de cargos que obligó a los espías norteamericanos a reemplazar agentes, cambiar fachadas y mudarse a territorios más propicios.
El 12 de octubre de 1978, Buendía daba a conocer la identidad del "Station Chief" de la "Compañía" en México. Se trataba de un "big shot", un pez gordo llamado Laurence Sternfield, que contaba entonces con 52 años de edad y 27 de servicios en el espionaje. "Padrino" de los exiliados anticastristas, Sternfield había preparado 24 infructuosos intentos de asesinar a Fidel Castro, en los que participó--entre otros--Sam "Momo" Giancana, un discípulo de Al Capone quien tras refugiarse en Cuernavaca unos años, acabó sus días en Estados Unidos repleto de plomo. El "destape" de Sternfield echó por tierra todo un edificio de coberturas e infiltraciones prolijamente montado por el "Jefe de Estación" y obligó obviamente a reemplazarlo. Pero Buendía no era hombre para desalentarse por los cambios de responsables y coberturas, y el 25 de noviembre de 1980 presentó en sociedad al sucesor de Sternfield, el señor Stewart Burton, un predicador religioso frustrado que había sustituido los sermones por las "cover actions". Su lista de descubrimientos es inagotable e incluye una curiosa polémica con el agente Richard K. Lorden, a quien le probó públicamente que cuando acusaba no se dejaba llevar por chismes.
UN MISTERIOSO PERSONAJE
Es verdad que cosechó demasiados enemigos internos y externos que cubren un vasto espectro (agentes, terroristas como los cubanos exiliados de Alfa 66, fanáticos religiosos de ultraderecha, funcionarios corruptos, narcotraficantes y traficantes de armas),pero no es menos cierto que todos tienen un denominador común: sus relaciones evidentes con la inteligencia norteamericana.
SEMANA investigó algunas pistas.
Una nos llevó a Gerhard Mertins, empresario alemán, propietario de una mina de plata en Durango, a quien Buendía le descubrió un negocio "tapado" no poco suculento: la venta de armas a dictaduras sudamericanas. Mertins terminó expulsado de México. Otra nos conduce a un misterioso personaje, supuesto desertor del grupo fascista de "los tecos", que controla la Universidad de Guadalajara, a quienes la víctima consagró numerosos artículos de denuncia. -
Miguel Bonasso, corresponsaL de SEMANA en México -
"TENDRAN QUE MATARME POR LA ESPALDA"
Cuando conocí a Manuel Buendía, trajinaba con otros exiliados argentinos en la búsqueda y denuncia de agentes que la dictadura de Videla estaba enviando a México, primero para espiarnos, después para intentar asesinarnos, como ocurrió en enero de 1978 cuando el general Leopoldo Fortunato Galtieri (después "genial estratega" de la guerra de las Malvinas) envió a tierras aztecas un símil criollo de lá "Orquesta Roja".
En aquellos años resultaba a todas luces probable que Buendía escribiera mi nota necrológica. No sólo era o parecía un "intocable", México también era o parecía un escenario imposible para el crimen político de primera plana. Y sin embargo, ya entonces, Buendía iba armado (como lo descubrí una tarde en que fuimos a entrevistar a Tulio Valenzuela, el montonero que simuló haberse pasado a Galtieri, para denunciar la maniobra). Ya entonces acusaba un presentimiento: "El día que me quieran matar tendrá que ser por la espalda, porque si no me llevaré por delante uno o dos cabrones".
Lo ví por última vez cinco días antes del crimen y hablamos del espinoso tema de los refugiados guatemaltecos. También le di mi libro "Recuerdo de la Muerte", que él iba a presentar en México y en el que él aparece como personaje "Mándemelo de una buena vez--gruñó al despedirse--o voy a pensar que no existe, que es un mito cono-sureño". Y, curiosamente, te, lo confieso, lo miré con una vaga aprensión, con un temor inexplicable que luego, después de ese horrenda miércoles 30 de mayo, me puse a analizar: me había inspirado un incomprensible, un insoportable sentimiento de fragilidad.
Es duro hablar de Manuel Buendía en pasado, investigar el asesinato de un periodista de raza, "genio y figura", que muchas veces me había comentado su deseo imposible de cronicar la agonía, de contar "cómo llega la muerte".
Se habla, ahora una vez más, de los riesgos de nuestra profesión. Sobre todo al sur del Río Grande, en nuestra América convulsionada. Tal vez sea bueno recordar lo que él solía decir a este respecto: "El miedo es una reacción lógica en un hombre más o menos sano psicológicamente y yo sí lo tengo. Pero si uno escogió este of icio porque era el más hermoso, el más fascinante de todos y al que uno ama, pues debe aceptar que algunos riesgos conlleva. Los debe aceptar con alegría, no con resignación; con un cierto espiritu de despreocupación. Tampoco debe andar uno exponiéndose o provocando. Yo no provoco, simplemente me resguardo hasta donde puedo. Y lo demás, pues... pienso que sólo los pavos de Navidad mueren la víspera". M. B. -

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