Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/05/03 00:00

¿Quién manda a quién?

No está claro si quien gobierna en Buenos Aires es Cristina Kirchner o su esposo expresidente. Crece la controversia.

Néstor Kirchner, ex presidente argentino

Un marido desempleado puede convertirse en la pesadilla de cualquier mujer, como lo está comprobando la presidenta argentina, Cristina Fernández. Apenas cinco meses después de iniciado su mandato, no se sabe con claridad quién gobierna, si ella o su marido, el ex presidente Néstor Kirchner.

El periódico Crítica dio en el blanco: en su primera página publicó una foto de Cristina tomando juramento al nuevo Ministro de Economía, pero con la cara de Néstor. La imagen describía lo que piensan muchos argentinos hoy.

El asunto tiene sus raíces en el pulso del gobierno con los productores de alimentos. El viernes terminó la tregua de un mes pactada con las cuatro entidades agrarias después del paro de 21 días, que se convirtió en el mayor enfrentamiento social y político de la era Kirchner. Al cierre de esta edición, se habían alcanzado acuerdos, pero los productores anunciaban nuevas medidas de fuerza.

El paro agrario contó con el apoyo de la mayoría de la población rural y de la clase media urbana. Se calcula que se movilizaron cerca de 500.000 personas, y que hubo unos 1.000 bloqueos de carreteras que suspendieron el envío a las ciudades de carne, leche, verduras y frutas. Así debilitó al joven gobierno de Cristina, que enfrentó a los productores con arrogancia, para después tener que pedirles con "humildad" que "por favor" levantaran el paro.

Los 30 días siguientes erosionaron a Cristina más que la propia huelga, por la pelea entre dos líneas dentro del gobierno: los 'dialoguistas', encabezados por el jefe de gabinete, Alberto Fernández, y los 'rupturistas', dirigidos ni más ni menos que por su marido, que opera desde sus oficinas en el moderno distrito de Puerto Madero.

Cada vez que los del campo estaban por lograr un acuerdo, Cristina enviaba al secretario de Comercio, Guillermo Moreno, su hombre de confianza, a irrumpir en la sala de negociaciones para provocar una escena que terminaba con el diálogo. La idea era desmoralizar y debilitar a la contraparte, pero en ese tire y afloje, el gobierno de Cristina se fue desdibujando.

Las encuestas indican que la Presidenta perdió, y mucho. Para la consultora Management & Fit, el 62 por ciento de los argentinos opina que el gobierno está manejando mal el conflicto. Según la analista Graciela Römer, "En todos los sectores sociales son mayoría quienes creen que el país va en camino equivocado".

Siempre sensible a las encuestas, Néstor no tuvo mejor idea que salir, cual hidalgo caballero, a combatir los molinos de viento en defensa de su esposa. Agarró el micrófono y desde las plazas públicas, como nuevo presidente del Partido Justicialista, arengó contra el campo y contra todos sus enemigos. Flaco favor: convenció al país de que su señora es Presidenta, pero que él gobierna.

La maraña de contradicciones en el gobierno cobró su primera víctima con la renuncia de Martín Lousteau (el quinto ministro de Economía en cinco años y el tercero en seis meses), a quien se culpa de la medida que incendió el campo. Kirchner nunca lo quiso. Al retirarse de la Presidencia, siguió manejando los hilos de la economía desde Puerto Madero, pasando por encima del joven ministro, hasta que, cansado de su falta de autoridad y sin esperar el despido, Lousteau renunció, a las pocas horas de que Kirchner lo atacara sin nombrarlo en un duro discurso.

La innombrable inflación

"Kirchner está creando la crisis más gratuita de la historia argentina", opina el analista Rosendo Fraga. En medio de la escasez mundial de alimentos, "Argentina experimentó una escalada inédita en los precios internacionales de sus principales productos de exportación: en tan sólo 100 días, la soya trepó el 27 por ciento; el aceite de soja, el 32 por ciento; el trigo, el 45 por ciento, y el maíz, el 39 por ciento. Este incremento por sobre los ya elevados precios externos de 2007 le permite a la economía alcanzar los mejores términos del intercambio de toda su historia desde 1810", según el economista Miguel Ángel Broda.

Pero hay razones económicas y políticas para la crisis. La inflación, esa palabrita que los Kirchner nunca han nombrado, es la primera culpable: según estadísticas no oficiales, el año pasado fue del 25 por ciento y este año se acercará al 30 por ciento. El dato, grave de por sí, habría podido ser manejado, pero el entonces presidente Kirchner decidió ocultarlo: intervino el organismo encargado de las estadísticas - Indec- y cambió la manera de medir la inflación, al eliminar los rubros que más subieron. Al destruir la credibilidad del Indec, ya nadie confía en las cifras oficiales y brotan mediciones privadas de precios.

El problema de fondo es el estilo autoritario y vertical de dos presidentes que no dialogan, que jamás reunieron un gabinete de ministros, que gobiernan por decreto saltándose al Congreso, que atacan a sus enemigos desde los atriles para doblegarlos, que consideran a la prensa como un enemigo y que nunca buscaron consensos.

Quien no está conmigo está contra mí, parece ser el lema presidencial. Por eso, los Kirchner emprendieron una campaña contra Clarín, el diario más importante del país, que durante cinco años acompañó al gobierno con los más benévolos titulares. Cristina atacó el mensaje "cuasimafioso" de un caricaturista; Néstor apareció en un acto peronista con una pancarta contra Clarín en la mano, como si estuviera en una marcha estudiantil; y esta semana aparecieron carteles en Buenos Aires que dicen "Clarín miente", al tiempo que Cristina convocó un Observatorio de Medios con la idea de controlar la información, vagas similitudes con el modelo de Hugo Chávez.

El desencanto

Cristina quería un gobierno algo diferente al de su marido: limar asperezas con la Casa Blanca, alejarse de Hugo Chávez, hacer un pacto social y llamar al acuerdo de todos los argentinos, así como hacer diplomacia internacional de más alto perfil. Néstor, por su parte, jugaba con la idea de dedicarse a los negocios.

Todo salió mal: a la semana de su posesión estalló en Miami el escándalo del maletín con 800.000 dólares que un venezolano trajo, supuestamente, para su campaña electoral, y en lugar del idilio con Estados Unidos, Cristina contestó iracunda, acercándose más de lo necesario a Chávez, con quien de nuevo se encontró unida en el conflicto colombo-ecuatoriano. Y en el terreno doméstico, en lugar de pacto social, enfrentó con intransigencia el paro agrario, apoyándose en lo más desprestigiado del peronismo, sacrificando a su ministro de Economía y perdiendo en un mes 20 puntos de popularidad.

Algunos analistas han propuesto poner las cartas sobre la mesa, y sugieren que Néstor Kirchner debería ser nombrado jefe de gabinete. Consciente del desgaste que ha sufrido en estos cinco meses, Cristina ha anunciado un relanzamiento de su gobierno para el 25 de mayo, día de la Independencia Nacional. Se rumora que su jefe de gabinete, Alberto Fernández, podría ser la próxima víctima. Si nombrara a Néstor, por lo menos las cosas quedarían claras. Sería riesgoso, pues nunca se vio un gobierno compartido entre la mujer y el marido, pero así es la realidad, y al menos, pondría las cosas en su sitio.

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