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| 4/7/1986 12:00:00 AM

¿QUIEN MATO AL PACIFISTA?

Pelo negro y 40 años, las pistas sobre el asesino del primer ministro sueco, Olof Palme

Pasada la inicial conmoción ciudadana por el asesinato de Olof Palme, y hechas las ratificaciones de rigor del equipo gobernante en el sentido de que mantendrá la política exterior del desaparecido líder y trabajará, en consecuencia, "por la paz, el desarme, el Tercer Mundo y los derechos de los pequeños y medianos países y sus ciudadanos", según fórmula que hizo ante la prensa el nuevo primer ministro Ingvar Carlson, la atención de los observadores giró sobre los lentos "descubrimientos" que viene haciendo la Policía sueca sobre las circunstancias y orígenes posibles del magnicidio.
Aunque la identidad del agresor no se conoce aún, ya nadie duda que el asesinato fue minuciosamente planeado y "profesionalmente" ejecutado.
Los investigadores establecieron que el pistolero -un hombre de pelo negro y de edad cercana a los 40-huyó por una calle oscura en un auto estacionado previamente a 300 metros del lugar de los hechos. Para evitar el riesgo de ser seguido por algún automovilista el tipo escogió como primera vía de escape una calle empinada, a la que se tiene acceso tras subir varios escalones que desembocan en la avenida donde se cometió el crimen. En buen estado físico, el asesino trepó por allí y alcanzó el coche, mientras atrás Lisbeth Palme, la esposa del Mandatario, pedía auxilio a gritos .
Ella se salvó de milagro. El desconocido, a muy corta distancia de Palme, disparó sobre él dos veces. Una bala atravesó el cuerpo del Primer Ministro y le partió la aorta. La otra tocó ligeramente a Lisbeth, quien iba un paso más adelante de su marido.
Al oír el estruendo del arma, la mujer quiso preguntarle a Palme qué pasaba y se encontró con que éste se desplomaba, mientras una sombra se alejaba velozmente de allí. Herida levemente pero con el rostro ensangrentado, la señora fue auxiliada minutos después por un policía quien le pidió identificarse. "¿Está usted loco? ¿No ve que soy Lisbeth Palme y que éste es mi esposo, Olof?", le contestó la angustiada dama.
Hans Holmer, jefe de la Policía de Estocolmo, que ahora está recibiendo críticas de todas partes por la lentitud paquidérmica de sus sabuesos, afirma al menos estar convencido de que el arma del crimen (que no aparece por ningún lado) fue un potente revólver Smith and Wesson 357 Magnum, propio de gángsteres y agentes del orden.
La lluvia de insultos de la prensa de Estocolmo contra Holmer comenzó cuando se supo que quienes encontraron los casquillos de las dos balas disparadas-tras minucioso rastreo policial de la zona en busca de los primeros indicios materiales-fueron dos particulares (un periodista y un transeúnte) y que la alerta a los patrulleros de la capital tuvo un retardo de seis minutos, desde el momento en que fue reportado el incidente, lo que dejó al asesino esa apreciable ventaja para huir y desaparecer.
Por otra parte, el cerco en torno a las posibles vías de escape del pistolero (las calles adyacentes) y la vigilancia de aeropuertos, carreteras, puertos y estaciones de trenes fue, asi mismo, tardía: una hora y media después de los hechos, en el caso de estas últimas, y 10 minutos en las primeras.
Ese retraso pudo haberle permitido al agresor tomar tranquilamente un tren para Gotemburgo o para Upsala.
Hans Holmer, en la agitada rueda de prensa que realizó para anunciar la existencia de una recompensa de 500 mil coronas (cerca de 72 mil dólares) a quien dé informaciones serias sobre el atentado, calificó de "injustas" las críticas a su labor y pidió "trabajar en lugar de entretenerse en polémicas". Consoló, eso sí,a los 300 periodistas, diciéndoles que existe una pista "importante" que por razones obvias no detalló. Al día siguiente, los reporteros se enteraron que una joven de 23 años, retratista de profesión, donó a la Policía un bosquejo del presunto magnicida, pues ella afirma haberlo visto a las 11 y 40 de la noche del viernes, en una calle no lejos del atentado.
Nada de esto ha servido para acallar a la prensa, pues dos nuevas omisiones han sido detectadas en la actuación de la Policía de Seguridad que dirige Sven Ake Hjalmroth. La primera tiene relación con la vigilancia de Olof Palme meses antes del insuceso. Según el vespertino socialdemócrata Atronbladet, ligado a la poderosa central obrera LO, una persona que trabaja en un lugar de la ciudad capital, desde donde tenía una visión muy clara del domicilio del Primer Ministro, había llamado más de una vez a la Saepo (el organismo que dirige Hjalmroth) para advertir que dos individuos estaban merodeando por el lugar en forma sospechosa.
La esposa de Palme también vio en esos días cómo los dos hombres, durante semanas, se apostaban allí en actitud de vigilar su domicilio. Pero Lisbeth Palme no se alarmó a diferencia del trabajador vecino quien sí acudió a la Policía, sin que ésta se molestara en comprobar la información. "¿Cómo pudo ocurrir esto sin que ninguno de los ocho guardaespaldas que tenían como única tarea la vigilancia de Palme hubiera advertido el hecho?", se pregunta el diario antes de transcribir el testimonio de la persona que llamó a la Saepo. La segunda acusación a este organismo formulada por Afronbladet se centra en la demora que éstos tuvieron en pedir la colaboración de sus colegas de Bonn, al momento de saber que una voz anónimas hablando en nombre de la Fracción del Ejército Rojo, se habia atribuido la responsabilidad del asesinato, "en venganza por lo ocurrido en la Embajada de Alemania Federal en Estocolmo en 1975".
Los voceros del Saepo intentan reponerse, soltando datos sobre sus supuestos avances en la persecución del misterioso homicida. Peter Wikstrom, un policia que está adscrito al caso, reveló el 5 de marzo que él, por ejemplo, estuvo muy cerca de arrestar al hombre. "Había únicamente quince segundos (de distancia) entre nosotros". El cuento es que un chofer de taxi vio la noche del viernes que alguien abordaba un automóvil azul o verde, estacionado a 300 metros del lugar del crimen y salía a toda marcha con un cómplice. Ese vehículo no ha sido hallado, pero el taxista logró anotar una parte del número de la matrícula. Con ese dato, los sabuesos siguen a alguien, el mismo que se le habría escapado a Wikstrom de entre las manos.
No menos interesantes son las conclusiones sobre las balas utilizadas contra Palme, las cuales, además, fueron halladas con cierto intervalo: la una el sábado 1° de marzo y la otra el domingo 2. Al comienzo, la Policía diio que eran de un tipo "muy particular y que ni ellos mismos, que tienen un muestrario de 600 diferentes, habían visto jamás algo parecido: de calibre de 9 milímetros y ojiva de plomo semiencamisada en cobre. Tales balas son del tipo rompedor, que produce un gran orificio de penetración y luego estalla dentro del cuerpo.
Un técnico sueco explicó que "un disparo así puede matar a un oso gigante", y que por ello Palme "no tenía posibilidades de sobrevivir".
La sorpresa no fue poca al saberse, gracias al matutino conservador sueco Svenska Dagbladez, que ese tipo de munición es especialmente fabricado para la Policía de Autopistas de Estados Unidos. Una radio sueca agregó que la fábrica productora -la empresa norteamericana Winchester-no vende ese producto al mercado libre desde hace más de cinco años. Cuando las especulaciones crecían ante esa revelación, los periodistas encontraron a un vendedor de armas que admitió tener almacenada buena cantidad de esa munición, por lo que se piensa que el asesino pudo adquirir ese material en Suecia.
En materia de "pistas" sobre los autores intelectuales del magnicidio, la incertidumbre es mayor. Hasta la fecha se han mencionado dos organizaciones como posibles responsables.
El diario Svenska Dagbladet señala a una organización marxista-leninista kurda, el PKK, basándose en que en septiembre de 1984 la Saepo advirtió al gobierno sobre "posibles represalias" de esta gente, si expulsaba a algunos extranjeros sospechosos de pertenecer a la organización terrorista armenia Asala (Ejército Secreto para la Liberación de Armenia) que tiene lazos con el PKK y, al parecer, algunos militantes en Suecia bajo el status de refugiados. Pero esta "pista kurda" no es confiable, pues el PKK es una organización conocida y vigilada de cerca por la Policia sueca y ésta no ha pedido ninguna orden de arresto para individuos de ese sector.
Gracias a las llamadas telefónicas a la Embajada de Suecia en Bonn, a nombre de un " Comando Holger Meins" -un dirigente de la Banda Baader Meinhof muerto en prisión en 1974-tres horas después del atentado, y a una llamada hecha el sábado a una agencia noticiosa londinense, se configuró la "pista Ejército Rojo", grupo terrorista, alemán federal, de izquierda. Pero los primeros escépticos al respecto son los policías alemanes, quienes conocen el accionar de ese grupo. En realidad, los blancos habituales de ellos son objetivos militares norteamericanos y de la OTAN o personalidades vinculadas a la industria de armamentos, como Ernest Simmermann, asesinado en enero de 1985. Olof Palme estaba lejos de encajar en esos presupuestos.
La prensa conservadora europea acusa a ese grupo, que atacó la base estadounidense de Francfort el año pasado. En abril de 1975, recuerdan que un comando del Ejército Rojo asaltó la Embajada de la RFA en Estocolmo, para obtener la liberación de algunos de sus camaradas encarcelados en Alemania Federal. La operación fracasó y en ella perdieron la vida un terrorista y dos diplomáticos.
¿Por qué, once años después, los herederos de la Banda Baader tendrían que enfilarla contra Olof Palme, un enemigo jurado de la OTAN?
Nadie lo sabe. Un periodista que entrevistó a Olof Palme en su domicilio horas antes de su muerte, relató en el diario Dagens Nyheter la siguiente anécdota Cuando al final de la entrevista el fotógrafo le pidió al Primer Ministro posar para algunas fotos, éste se recostó contra una ventana que daba a la calle. "¿No es un poco peligroso que se sitúe allí?", le preguntó el reportero. Palme sonrió, caminó por la habitación y dijo estas extrañas palabras: "Nadie sabe qué puede haber allí afuera".

EL TRAUMA DE LOS SUECOS
El peor daño que el asesinato de Olof Palme ha causado a los suecos, es haberlos despertado del sueño en que se haliaban y demostrarles, con sangre y lágrimas, que su feliz democracia también es vulnerable como la de otros países menos desarrollados.
Pocas horas después de la muerte del carismático político, grupos de sicólogos, médicos y estudiantes iniciaron un análisis muy serio del impacto emocional, síquico y social que el hecho ha provocado en la población que espera, con ansiedad casi maniática que la Policía, después de interrogar más de 600 personas entre 4 mil sospechosos, suministre una respuesta, aunque sea aproximada, sobre la identidad del asesino.
En medio de críticas a las escasas medidas de seguridad que rodean tradicionalmente a los políticos suecos y a la forma como la Policía sueca ha sostenido la investigación (equivocadamente se aseguró, durante las primeras horas después del atentado que las balas eran de fabricación extranjera y se pudo comprobar que son manufacturadas en Suecia; no se dio la alerta general en aeropuertos y estaciones de trenes), los suecos tienen la sensación de que este asesinato nunca será resuelto y que el autor o los autores, podrían en un hipotético futuro atentar de nuevo contra un dirigente de ese país.
En las universidades, los colegios, las oficinas públicas, los hospitales, los gremios, en todas partes los suecos discuten, con su conocida sangre fría sobre un tema que es y será obsesión durante los próximos años: si el asesino era un sueco, tenía que estar loco, y si es un extranjero, entonces la situación para los trbajadores y visitantes que lleguen de otros países será insostenible, porque los suecos, dicen los analistas, sabrán ejercer la xenofobia hasta el fondo.
Reflejando los efectos de este choque emocional, la Policía ha ofrecido una recompensa por el equivalente en coronas de 12 millones de pesos colombianos por cualquier informe o pista, mientras algunos medios han teorizado sobre la necesidad de que los suecos, por primera vez, se miren a ellos mismos como son, y cómo serán de aquí en adelante, cuando fueron sorprendidos en su paraíso socialista.
Como un periódico editorializó, nunca antes los suecos habían imaginado que lo irracional y lo absurdo tenían cabida en el mundo. Por eso, en el fondo, todos quieren que el asesino, si es encontrado, resulte ser extranjero, para desechar la idea de que en su sociedad, tan bién construida, pudiera incubarse un elemento violento como ese.
En medio de esta histeria, que en Suecia ha sido más devastadora que la sufrida por los norteamericanos (a pesar de que estos han tenido que enfrentar numerosos magnicidios, algunos de ellos sin resolver aún), los que han perdido su libertad de movimientos son los políticos y los funcionarios principales, quienes ya no pueden, como lo hacía Palme al momento de ser asesinado, salir a la calle como cualquier parroquiano los suecos que están supersensibles, se quejan de que ahora ni siquiera pueden darle la mano al Primer Ministro, y un comentarista afirmaba que lo mejor que pueden hacer los succos es demostrarle a los terroristas que no tienen miedo, que nada cambiará, que la libertad seguirá siendo la misma.

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