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| 12/26/1988 12:00:00 AM

¿QUIEN MATO A J.F.?

Todo el mundo cree que fue una conspiración; la evidencia de que Oswald actuó solo es casi demoledora. Aquí están los argumentos.


En los 25 años que han pasado desde que el presidente de Estados Unidos John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, han florecido toda clase de tesis sobre la autoría del magnicidio, que van desde la participación de la CIA y la mafia, hasta la de Fidel Castro, pasando por los sindicatos y los grupos de extrema derecha. Pero en cualquier caso, una actitud ha hecho carrera: no creerle a la Comisión Warren, un cuerpo de alto nivel, creado especialmente para desenmascarar la realidad de los hechos. Tras todos estos años, casi nadie en el mundo cree en su conclusión de que Lee Harvey Oswald, un oscuro personaje con antecedentes comunistoides, haya actuado solo.

Precisamente al conmemorarse el aniversario, cuando no han dejado de aparecer nuevas teorías, una de las cuales habla de que el atentado no iba dirigido a Kennedy sino al gobernador de Texas, John Conally, ha salido a la palestra uno de los asesores de la Comisión Warren, el abogado David W. Belin, quien en un artículo publicado en The New York Times Magazine, sale a defender la labor del juez Earl Warren y su equipo y a explicar las razones de la incredulidad que despiertan.

La verdad escueta es que el 22 de noviembre el presidente de los Estados Unidos fue asesinado por un francotirador llamado Lee Harvey Oswald, quien actuó solo y en su huida mató al oficial de policía J.D. Tippit. Lo demás, las grandes conspiraciones envueltas en el misterio de lo profundo del alto y bajo mundo, son "pura ficción". Belin se pregunta con asombro cuál puede ser la razón para que un informe dirigido por una personalidad tan respetable como Warren reciba menos credibilidad que muchas tesis peregrinas. Una explicación puede ser la enorme fascinación que tiene el misterio entre el común de la gente. Esa "mística general" sobre la conspiración fue acrecentada cuando dos días más tarde, en un acto sorpresivo, Jack Ruby, un hombre con conexiones en la mafia, asesinó a Oswald ante las cámaras de televisión. La idea de que un hit-man --como se conoce a los sicarios en Estados Unidos--hubiera sacado de en medio a Oswald para silenciarlo, era demasiado buena como para descartarla.

Sin embargo, la Comisión pronto comenzó a sospechar que el asesinato de Oswald no tenía nada de conspiratorio. El sentido común, aplicado con -un poco más de cuidado, indica que los asesinos de la mafia no suelen escoger para cumplir su tarea un momento en el que la víctima se halla rodeada por cientos de policías y camarógrafos de los que, a todas luces, resulta imposible escapar. Pero aparte de eso, la investigación exhaustiva de los hechos y la aplicación del detector de mentiras al asesino Ruby--que, entre otras, el autorizó contra la voluntad de sus abogados--eliminaron toda sospecha de complot. Según se comprobó con el testimonio de los agentes de policía que interrogaban a Oswald, la hora en que éste fue sacado de su reclusión para ser trasladado a la cárcel del Estado fue absolutamente casual y se aplazó por un interrogatorio de última hora. De no haber sido por ese interrogatorio, los dos hombres jamás se hubieran encontrado. Su coincidencia fue totalmente fortuita.

Belin se duele de que la mayoría de los libros "reales" que se han publicado en los últimos años centran su foco en la figura de Jack Ruby como sicario de la mafia. Para el abogado la culpa es de la misma Comisión Warren, por haber conducido su investigación en medio del secreto; si el público hubiera conocido paso a paso la encuesta, otra hubiera sido su reacción. Pero cuando en 1964 se publicaron 26 volúmenes de testimonios y pruebas, el daño ya estaba hecho.

Según Belin, si el asunto no se hubiera manejado con ese sigilo, no hubiera nacido la duda de si los disparos fueron hechos exclusivamente desde una ventana de la esquina suroriental del depósito estatal de libros escolares, o si hubo también tiros hechos desde un área más cercana al automóvil presidencial, conocida como the grassy knoll, el "montículo de hierba". Se hubiera conocido a tiempo el testimonio de Leslie Brennan, un hombre que se hallaba en una tapia al frente del edifico y quien al oir el primer disparo miró hacia arriba para encontrarse con la imagen de un pistolero. Brennan declaró cómo el hombre, luego de hacer su primer disparo, aseguró su puntería para hacer uno más y luego de unos segundos desapareció. "Tardó tal vez un segundo adicional antes de escapar, como si quisiera asegurarse de que había dado en el blanco", dijo Brennan.

Desde el punto de vista balístico, la cuestión fue también de una claridad meridiana. Se determinó contra toda duda que el rifle de Oswald fue el arma que hizo todos los disparos que alcanzaron a Kennedy y a Conally. Pero Belin se duele que "el público nunca tuvo la oportunidad de saber de primera mano la forma como fue encontrado el rifle, ni cómo Oswald fue identificado como el autor de la muerte del oficial Tippit".

Aunque las pruebas eran contundentes, un factor adicional vino a complicar aún más la credibilidad del informe oficial. Se trató de una deferencia muy gentil pero inconveniente del juez Warren, quien accedió a que las fotografías de la autopsia y las radiografías del cráneo del presidente fueran retiradas del expediente para evitar su posterior exhibición pública. Pero Belin tuvo la oportunidad de examinar esa evidencia, cuando en 1975 se conformó una comisión para investigar específicamente la posibilidad de que la CIA hubiera estado involucrada en el asesinato. En esa ocasión las pruebas fueron reevaluadas por un equipo médico independiente y la conclusión fue la misma: todos los disparos que alcanzaron tanto a Kennedy como a Conally fueron hechos desde atrás. Como si esa fuera poca prueba, todos los equipos médicos que se han encargado del asunto, desde un panel independiente nombrado por el procurador Ramsey Clark en 1968, hasta la Comisión Rockefeller de 1975 y la comisión de asesinatos de la Cámara de Representantes, todos por su lado han llegado a la misma conclusión.

Hubo un episodio que, sin embargo, resultó demoledor para la credibilidad de la Comisión Warren. En una época en que el gobierno norteamericano había comenzado ya a perder la confianza del pueblo como consecuencia de la guerra de Vietnam y el escándalo de Watergate, aparte de las actividades encubiertas de la CIA, la comisión de asesinatos de la Cámara de Representantes presentó sus propias conclusiones en 1978. Tras un trabajo de dos años, los resultados de la investigación congresional eran prácticamente los mismos de la Comisión Warren. Pero dos semanas más tarde, la mayoría de los miembros de la comisión de la Cámara renegó de sus conclusiones y produjo en cambio un "Sumario de hallazgos y recomendaciones" que, en siete páginas, concluyó que si bien Oswald había sido el asesino, detrás de él había una conspiración.

El motivo de semejante marcha atrás fue el testimonio de dos expertos en acústica, quienes declararon que estaban seguros en un 95% de que las ondas oscilantes de una grabación de las comunicaciones policiales indicaban la presencia de un cuarto disparo, que habría sido hecho por un hombre desde el "montículo de hierba". Según se dijo, la grabación provenía de un micrófono dejado en on en una de las motocicletas del convoy. Sin embargo, uno de los representantes, que se negó a aceptar esta tesis, afirmó que cuando se produjeron los disparos, todas las sirenas se activaron y que en ninguna parte de la grabación hay cambio alguno de la intensidad del sonido de los motores.

Pero además tres años más tarde, la evidencia acústica fue refutada por un reporte de 96 páginas hecho por el altamente sofisticado Consejo Nacional de Investigación. Allí se demostró que los impulsos acústicos atribuidos a disparos fueron grabados al menos un minuto más tarde de los disparos que acabaron con la vida del presidente, cuando ya la caravana iba en loca carrera hacia el hospital. "Por lo tanto, se concluye, los datos acústicos no respaldan que hubiera un segundo pistolero". No obstante, se queja Belin, la "evidencia" del segundo hombre aún es citada por la mayoría de los libros "serios" que circulan sobre el tema de la conspiración.

Otro episodio que el público ha olvidado es el de la muerte del oficial Tippit, quien fuera asesinado por Oswald en su huida. Esta muerte, aparentemente circunstancial, resultó clave para entender el esquema completo del asesinato de Kennedy. El arma que se decomisó al asesino pocos minutos más tarde resultó ser la que había usado para matar a Tippit. Pronto se supo que Oswald había comprado el revólver por correo usando el mismo alias que había usado para comprar el rifle. Una vez que eso se supo, todas las piezas comenzaron a encajar.

Pero las inconsistencias naturales que se presentan en los testimonios, que se hacen mucho más evidentes si éstos se cuentan por miles, también dieron pie para el nacimiento de teorías sobre la conspiración. Una de las primeras se basa en la versión de que el presidente habría dicho al recibir el primer disparo: "Dios, he sido herido". Si eso era cierto, la primera bala que hirió a Kennedy no hubiera podido entrarle por la garganta y seguir su camino hasta herir a Conally, como se afirma oficialmente. En ese caso, el disparo que alcanzó al gobernador tendría que haber sido hecho por un segundo hombre.

Sin embargo, quienes han sostenido esa teoría se basan en el testimonio de uno de los guardaespaldas, pero no en el de Jacqueline, ni en el de la esposa del gobernador, que coincidieron con un tercer guardaespaldas en que el presidente no hizo ruido alguno cuando se desplomó sobre el asiento.

No obstante, lo que tal vez resultó determinante en la aparición de las muchas novelas que, con el pretexto de ser "la verdad" han plagado la investigación sobre la muerte de Kennedy, fue el afán sensacionalista, para el que resultaba absurdo que un pobre diablo, con pretensiones de grandeza, hubiera cometido él solo el mayor magnicidio del siglo. La versión de un complot de ultraizquierdistas, ultraderechistas o de la mafia, resultaba perfecta para llenar las expectativas de un público ávido de emociones. La historia de Lee Harvey Oswald resultaba demasiado triste y marginal, como para que hubiera matado a su capricho a un hombre de la talla de John F. Kennedy. -
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