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| 4/6/1987 12:00:00 AM

REAGAN AGACHA LA CABEZA

A pesar de que el Presidente norteamericano reconoció el error en el affaire Irán - contras y asumió toda la responsabilidad, todos se preguntan si podrá recuperar su prestigio.

REAGAN AGACHA LA CABEZA REAGAN AGACHA LA CABEZA
"No hay excusas. Fue simplemente un error". Hace menos de 4 meses nadie hubiera podido imaginar que el presidente norteamericano Ronald Reagan terminaría refiriéndose con esas palabras a una actuación de su gobierno. Pero desde cuando comenzaron a destaparse los oscuros recovecos del affaire Irán-contras a mediados de noviembre, el numero de personas que empezaron a pensar que Reagan tendría que decir muy pronto esas palabras, fue siempre creciente.
Para muchos, se demoró demasiado en hacerlo. Pero el hecho es que a las 8 de la noche del miércoles de la semana pasada, en un discurso de apenas una docena de minutos, el hombre que hasta hace pocos meses se perfilaba como uno de los grandes mandatarios norteamericanos de este siglo, tuvo que reconocer lo que con tanta vehemencia había negado durante semanas, desde que estalló el escándalo: que su política frente a Irán, "que empezó como una apertura estratégica (...) degeneró en su implementación en un trueque de armas por rehenes".
En esta frase había una sutileza que los comentaristas no tardaron en destacar. Si bien es cierto que el Presidente acepto que el desenlace de la iniciativa sobre Irán había estado marcado por numerosas equivocaciones, también lo es que reivindicó, al hablar de "apertura estratégica" los objetivos originales de la idea de venderle armas a Irán, que habrían sido los de buscar contactos con sectores moderados de ese país para cuando muera el Ayatollah Jomeini.
Lo segundo que Reagan hizo fue reconocer que, a pesar de que estaba "furioso y desencantado" por las actuaciones de sus subalternos, debía asumir toda la responsabilidad "por mis propios actos y por los de mi administración". En este punto, el Presidente no fue muy original. Estaba simplemente repitiendo lo que algunos de sus antecesores -unos con más éxito que otros- hicieron en momentos de crisis. Asi, John F. Kennedy se responsabilizó por el desastre político y militar de Bahía Cochinos en 1961 y gracias a ello, consiguió subir en las encuestas al nivel más alto de popularidad que haya alcanzado Presidente alguno en Estados Unidos: 83 puntos. Así también, pero con resultados mucho menos positivos, el presidente Jimmy Carter salió a la televisión una madrugada de primavera en 1980, para asumir la responsabilidad del vergonzoso fracaso de la operación de comandos secretos, enviados para liberar a los rehenes de la Embajada norteamericana en Teherán.
Pocas horas después del discurso de Reagan, todo indica que su actitud de hacerse responsable de lo sucedido, va a producir consecuencias comparables más bien, guardadas las proporciones, a las que le trajo a Carter y no a las del caso Kennedy. En efecto, a pesar de que el discurso fue en general bien recibido, pues mal que bien era lo que muchos estaban esperando desde hace ya tiempo, la verdad es que algunos aspectos fueron muy criticados.
El principal tiene que ver con algo que los norteamericanos consideran inseparable del reconocimiento de un error y de la aceptación de una responsabilidad: pedir excusas por ello. Y Reagan no lo hizo, a pesar de que así se lo habían aconsejado algunos de sus asesores. No importa que, como lo señaló el respetado analista del New York Times, R.W. Apple Jr., "el tono de la alocución fuera el de una excusa". Lo grave es que el Presidente no lo hizo en forma explícita. Otros críticos prefirieron hacer juegos de palabras en vez de referirse directamente al discurso. Un representante demócrata, al ser interrogado sobre el mensaje presidencial, dijo: "Que importa que lo haya leído bien, si ha gobernado mal".
Y es que, sea como sea, el Presidente ha salido muy maltrecho del episodio. Ni siquiera los anuncios de cambios en la política de las operaciones de seguridad y la designación de nuevos funcionarios en cargos tan importantes como la dirección de la CIA (William Webster) o en la Casa Blanca (Howard Baker), pueden determinar una mejora de la situación. El hecho es que el affaire Irán-contras puso en evidencia ante el público norteamericano, lo que sólo algunas personas que han estado cerca a Reagan en el transcurso de su mandato (como el joven genio de la política presupuestal de la primera administración Reagan, David Stockman) habían revelado: que el Presidente entiende poco.
Lo anterior explica que fuentes de la Casa Blanca hayan anunciado que lo que viene ahora es una campaña, con giras y discursos de Reagan por todo el país, con el fin de intentar recuperar algo del prestigio y la credibilidad perdidos. Pero la gran pregunta, cuyo planteamiento unánime quedó evidenciado en la coincidencia muy poco frecuente de los titulares de carátula de las revistas Time y Newsweek de la semana pasada, es si con todo esto, Reagan podrá recuperarse.

LOS PANTALONES DE "MOMMY"
¿Cuánto tiempo duraría en su cargo el secretario general de la Presidencia Germán Montoya si, en el curso de un episodio interno del Palacio de Nariño, le diera por tirarle el teléfono a doña Carolina de Barco? Seguramente muy, pero muy poco tiempo. Y eso es exactamente lo que sucedió hace pocos días en Washington, cuando el hasta entonces secretario de la Casa Blanca, Donald Regan, debió presentar su renuncia, después de haberle tirado el teléfono a la primera dama norteamericana, Nancy Reagan, con quien había tenido ya varios roces.
Pero ninguno de esos roces había sido lo suficientemente fuerte como para convencer a Reagan de hacerle caso a su mujer y despedir a Regan. Esto ultimo sí lo fue y, tal vez por eso, contribuyó a fortalecer la imagen de Nancy Reagan como una primera dama deliberante y beligerante, convertida, como muchas de sus antecesoras, en un centro de poder en la Casa Blanca. Nancy ya ha sido vinculada a los retiros de otros funcionarios, como el consejero nacional de Seguridad, Richard Allen, y el secretario del Interior, James Watt. Sobra decir que esto no le gusta a los norteamericanos, quienes desconfían de las primeras damas con demasiado poder y ninguna responsabilidad concreta.
Entre las antecesoras de doña Nancy en este criticado papel, se destaca sin duda Edith Wilson, esposa del presidente Woodrow Wilson, quien según cuenta la historia, se hizo cargo del gobierno cuando su marido, en un momento crucial de principios de los años veinte, perdió el uso de la palabra tras un derrame cerebral masivo. Un papel bastante trascendental se le concede también a Eleonor Roosevelt, esposa de Franklin D. Roosevelt, cuyo caracter más bien fuerte le granjeó gran impopularidad. En épocas más recientes, es necesario mencionar a Rosalynn Carter, quien también prentendió meter basa en cuestiones de gobierno, y a su hija Amy, continuamente mencionada por su padre Jimmy Carter, cuando hablaba de la paz mundial.
En cuanto a Nancy, falta ver qué suerte le depara el futuro. Por lo pronto, al igual que Reagan y su gobierno, su rating está muy bajo. Pero ella, que siempre ha soñado con un final de mandato estilo película de Hollywood, con todo y sol brillante sobre la pradera, cree tener un plan para salvar a su marido, con quien cumplió 35 años de matrimonio la semana pasada. "Mommy", como cariñosamente le dice Reagan, piensa que su marido es un excelente símbolo pacifista y debe entrevistarse con el líder soviético, Mijail Gorbachev, para firmar un trascendental acuerdo sobre armamento. Mientras tanto, su marido la está protegiendo de las críticas y ha negado repetidamente su vinculación con el retiro de Regan, calificando las versiones de "despreciable ficción", lo que indica que el Presidente norteamericano sigue dispuesto, cuando lo considere necesario, a no decir toda la verdad, al menos en lo que tenga que ver con su esposa Nancy.

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