Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/07/03 00:00

Recontraespionaje

En una novela propia de la Guerra Fría, Estados Unidos detuvo a diez supuestos espías rusos y abrió una crisis con Moscú cuando las relaciones pintaban bien. Esta es la historia.

Anna Chapman, la hermosa y glamorosa acusada que ha acaparado la atención de los medios norteamericanos.

En la escalera de una es-tación de trenes, dos personas se intercambian maletines color naranja que parecen calcados. Otras dos se entregan mensajes con tinta invisible. Otra se identifica con los documentos de un ciudadano canadiense que murió hace mucho. Y otra más deja un sobre entre un periódico en un parque de Arlington, una localidad solo separada de Washington por el río Potomac, muy cerca del conjunto Watergate. Todo es clandestino, subrepticio, secreto. Y no se trata de una novela de los tiempos de la Guerra Fría ni de una película de James Bond. Es la trama por la cual el 27 de junio el FBI arrestó a diez presuntos espías rusos en tres sitios de Estados Unidos y a otro más en la capital de Chipre, de donde escapó.

¿La razón? Los supuestos agentes se dedicaban a recabar información sobre el curso de la política de la Casa Blanca y el Congreso, sobre la CIA y sobre muchas cosas más. Pertenecientes a la SVR, sigla que en ruso distingue a una de las organizaciones que reemplazaron a la temible KGB, los presuntos espías eran gente normal, de nacionalidades distintas a la rusa, acusados ahora de conspiración y de tentativa de lavado de dinero, cargos por los cuales pueden ser condenados a penas de entre cinco y 20 años de prisión. Las autoridades gringas los venían siguiendo desde cuando era presidente Bill Clinton; su arresto tuvo lugar en Arlington, en Cambridge (Massachusetts) y en Yonkers (Nueva Jersey), y su captura ha abierto una crisis diplomática entre Washington y Moscú.

El caso de Richard Murphy y su esposa Cynthia es uno de los más llamativos. Él, de 39 años, y ella, de 35, formaban una pareja con dos niñas pequeñas y un buen nivel de vida. Cynthia es atractiva y según los del barrio habla con un leve acento escandinavo. Pero lo grave, según el FBI, es que como vicepresidenta de Morea, una firma de servicios financieros con sede en Manhattan, se hizo amiga del empresario Alan Patricof, íntimo amigo de Clinton y de su mujer, la secretaria de Estado Hillary Clinton. Ningún vecino habría creído que Cynthia podía estar en esas. "No puede ser espía", le dijo a The New York Times Jessie Gugig, una vecina de 15 años de edad, mientras señalaba el antejardín de la casa de los Murphy. "Miren cómo cuida las begonias".

Douglas Heathfield, de 48 años, y su esposa, Tracey Foley, de la misma edad, también parecían gente del común. Él trabajaba en la firma Future Map y ella en una compañía de finca raíz. Vivían en Cambridge, a solo una cuadra del Centro Weatherhead de Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard, por donde han pasado como becarios algunos colombianos como Andrés Pastrana y Rafael Pardo. Entre tanto, en Arlington nadie da crédito a la detención de Michael Zottoli y su mujer, Patricia Mills, que solían pasear cariñosamente con su hijo, ni de Mijaíl Semenko, que trabajaba en turismo y ayudaba a los vecinos a limpiar la nieve en el invierno. Y en Nueva York se habla del arresto de Anna Chapman, una divorciada de 28 años, directora de una empresa inmobiliaria que presta servicios por Internet. Ojiazul y pelirroja, es despampanante.

Los tres restantes fueron Julio Lázaro, que a sus 66 años trabajó como profesor de Baruch College, y su esposa, la periodista peruana Vicky Peláez, de 55, columnista del periódico hispano El Diario/La Prensa. Lázaro sí confesó su vinculación con la policía secreta rusa y el FBI afirma que tomó un avión al Perú para recibir instrucciones. No obstante, el jueves la justicia le garantizó a Vicky Peláez el arresto domiciliario tras el pago de una fianza de 250.000 dólares. Nadie que la conoce la cree espía. El supuesto número 11, el presunto canadiense Christopher Metsos, de 55 años, fue arrestado el martes 28 en Larnaca, la capital de Chipre, y dejado en libertad. Al día siguiente no se presentó ante las autoridades, como se le había exigido. Se sospecha que huyó a la parte turca de la isla, donde no existen tratados de extradición.

A Rusia no le gustó para nada la noticia. Nikolai Kovalyov, uno de los dirigentes de la policía secreta, llegó a burlarse por la circunstancia de que algunos de los arrestados no tuvieran nacionalidad rusa, y señaló que todo parece "la trama de una novela de detectives barata". Por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores advirtió que "se trata de una acusación infundada, con base en intrigas de novelas de espías de los tiempos de la Guerra Fría". Y el ministro Sergei Lavrov, de visita en Jerusalén, dijo que el anuncio de las detenciones conspira contra la buena onda creada entre el presidente gringo, Barack Obama, y su colega ruso, Dimitri Medvedev, y que fue escogido con "especial sofisticación". Según él, tuvieron lugar "justo después del reinicio de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia".

Lavrov tenía razones para enfadarse. Los arrestos se produjeron el domingo 27, solo dos días después de que Obama recibió en Washington a Medvédev y lo llevó a comer hamburguesas a su sitio preferido, Ray's Hell Burger, en Arlington. En mangas de camisa, acompañados por sus esposas Michelle y Svetlana, charlaron con intérpretes en medio de ruido y risas. Lo raro es que Medvédev parecía transplantado a la sociedad norteamericana. Tanto que mientras Obama se pasaba con té helado su hamburguesa con queso y pepinillos, el Presidente ruso ordenó una bebida más gringa con su hamburguesa con jalapeños y hongos: Coca-Cola con hielo.

Aunque no lo manifestó públicamente, Obama se sintió muy incómodo con el anuncio del operativo. Si bien su portavoz Robert Gibbs dijo que el Presidente estuvo siempre al tanto del tema y que se trataba de un asunto judicial, la Casa Blanca y el Departamento de Estado habrían preferido guardar silencio para no molestar al gobierno ruso. Pero el Departamento de Justicia se impuso. Advirtió que los supuestos espías se iban a volar si no eran detenidos y amenazó con filtrarle la noticia a la prensa. Al final, Obama y los suyos dieron su brazo a torcer.

En Estados Unidos mucha gente se pregunta por qué en pleno siglo XXI, cuando Obama y Medvédev acaban de firmar en Praga un tratado histórico para reducir en un 30 por ciento el número de misiles nucleares, y cuando las historias de agentes encubiertos parecen episodios de la Guerra Fría, se le ocurre al gobierno de Moscú seguir patrocinando este asunto. Hay dos formas de contestar este interrogante. La primera tiene que ver con que el gobierno de Rusia está inspirado en una mentalidad de desconfianza del antiguo miembro de la KGB, el ex presidente y hoy primer ministro Vladimir Putin.

Tal como señalaba The Washington Post en su editorial del jueves, mientras que en Estados Unidos cualquier diplomático ruso puede discutir en un foro con sus colegas gringos, Putin implantó en Rusia una forma de pensar que no descarta nunca la teoría de la conspiración. "Durante la década pasada, con el ex KGB Putin al mando -dice el rotativo-, Rusia se ha cerrado cada vez más en muchas formas. Los archivos históricos, que tras el colapso en 1991 de la Unión Soviética les dieron la bienvenida a los académicos del mundo, han vuelto a cerrar sus puertas. El control de la televisión ha vuelto a caer en manos del gobierno. Han sido expulsadas algunas organizaciones internacionales y los grupos independientes sin ánimo de lucro han sido exprimidos, acosados o amenazados". Rusia, según el Post, "es esencialmente un Estado unipartidista, igual que hace 20 años".

La otra razón se refiere a que ningún país confía ciento por ciento en sus antiguos adversarios. En Estados Unidos sigue funcionando la CIA y en Inglaterra el MI5. El espionaje empezó en el antiguo Egipto y operó en China y en India. En la Primera Guerra Mundial los franceses ejecutaron a Mata Hari tras acusarla de doble espionaje para los alemanes. Y en Washington detuvieron a Aldrich Ames en 1994, luego de descubrir que no solo era de la CIA, sino que también había ayudado a los soviéticos. Es una historia sin fin. Una historia de la que el arresto de diez personas en Estados Unidos la semana pasada es tan solo un nuevo capítulo cuyos estragos para la seguridad norteamericana y para las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin están aún por verse.

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