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| 5/6/1985 12:00:00 AM

RECURRENTE RETORICA

Alfonsín visitó a Reagan y éste reiteró sus ataques a Nicaragua

A propósito de absolutamente nada, el presidente Ronald Reagan perpetró ante su par argentino, Raúl Alfonsín, una de sus muchas agresiones verbales contra Nicaragua. La norma, en los intercambios de discursos de mandatarios en la Casa Blanca, no exige un previo conocimiento recíproco de los textos.
Y la mayor parte de los interlocutores o auditorios de Reagan, en los últimos meses, continúan sorprendiéndose de su virulencia y extemporaneidad en relación con el discurso.
Hay otra norma a la que está acostumbrando el presidente a sus oyentes y lectores: la de su falta de respeto por la historia y las invenciones y malversaciones del lenguaje áulico.
Desde comparar las gestas de Simón Bolívar y del marqués de Lafayette con los freedom fighters (luchadores de la libertad) que es como graciosamente denomina a los contrarrevolucionarios que con paga de la CIA y bajo la jefatura del ex coronel de la ex Guardia Nacional Somocista Enrique Bermúdez atacan militarmente a Nicaragua desde territorio de Honduras, hasta afirmar que los combates que éstos libran se hermanan con los que libraron los maquis franceses durante la ocupación nazi. Los desatinos conceptuales humillan a la verdad tanto como a la razón.
Sin saberlo, por supuesto, Reagan hace el elogio del clandestino Partido Comunista Francés, que fue quien forjó y pobló al ejército de la resistencia francesa. Con la misma ignorancia Reagan ensalza, en la persona de Bolívar, a una de las figuras de la independencia de nuestra América que mas enfrentó a la Unión Norteamericana. Suyo es el célebre augurio de 1829--dos meses previos a su muerte--formulado a su amigo, el irlandés Patrick Campbell: ...y los Estados Unidos, que parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad.
Lo que diferencia a Reagan de Nixon, el otro gran malversador, es que este último gozaba del placer de la mentira, desde mucho antes de que el escándalo de Watergate diera por tierra con su segunda presidencia. Reagan es apenas un repetidor de libretos que, como actor, descansa sobre apurados guiones de sus asesores, tan ignorantes como él. Actúa para un vasto auditorio, el pueblo de los Estados Unidos, uno de los política e históricamente peor informados del mundo no obstante sus recursos financieros y tecnológicos. Reagan y sus guionistas no se ocupan de otro escenario que el propio y tienen en poca o ninguna cuenta cuánto opinen de su cultura o de su capacidad intelectual más allá del Río Bravo.
Se refiere a los dirigentes del gobierno de Nicaragua, alternada o simultáneamente, como comunistas, marxistas-leninistas y sandinistas, como si fuesen, probada e irremediablemente una misma cosa, ignorante de que Augusto C. Sandino, en innumerables documentos de su firma, que el actual vicepresidente nicaraguense Sergio Ramírez recoge en El pensamiento de Sandino, insistió en su no adscripción al comunismo y en su ajenidad a esa corriente ideológica que en su tiempo personificaron dos personalidades que fueron secretarios suyos, el venezolano Gustavo Machado y el salvadoreño Agustín Farabundo Martí. Desprecia Reagan el dato cierto de que no todos los dirigentes sandinistas deben ser caracterizados irrefutablemente de comunistas o marxistas-leninistas y de que muy pocos, de entre ellos, han tenido siquiera tiempo, desde los años de las guerrillas hasta éstos en que apenas les alcanzan las horas de la noche para dormir, de leer textos resumidos de Marx o de Lenin, o siquiera para detenerse a reflexionar sobre la naturaleza misma del proceso revolucionario que está en permanente ebullición y cambio.
No son muchos los redactores de los guiones presidenciales, pero sus conocimientos guardan coherencia con los que posee su augusto repetidor. A principios de 1984, el célebre historiador Henry Steele Commager, a continuación de un discurso de Reagan, opinó para el New York Times: "jamás léí tantas inexactitudes en mensaje de presidente alguno de los Estados Unidos, y conste que los he léído todos, desde fines del siglo XVIII hasta ahora".
En el discurso ante el presidente Alfonsín, Reagan lanza una más de sus improbables imposturas: la de que el número de antisandinistas es hoy tres veces más que el de los sandinistas mismos cuando peleaban para derrocar a Anastasio Somoza Debayle. Ni los informes de la CIA, ni los del propio gobierno nicaraguense, estarían en condiciones de ubicar cifras comparativas.
Lo que no deja de recordar permanentemente es que, viniere a cuento o no, tiene que echarse algún párrafo en contra de Nicaragua. Es compulsión automatizada no menos que obsesión inducida por asesores tales como el cubano-griego-estadounidense Constantine Menges, ex miembro del Hudson Institute y actualmente su asesor principal para asuntos de América Latina.-
Gregorio Selser, Washington
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