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| 10/19/2013 4:00:00 AM

La ‘deep web’, red de tinieblas

La mayoría de los internautas conoce apenas una parte mínima de la web. En internet hay un universo paralelo, secreto y libre, una red anónima donde circulan armas, pornografía infantil, drogas y toneladas de información confidencial.

“¡El mejor sitio para deshacerse de sus problemas es una tumba! Tenemos soluciones para sus molestias. Somos un grupo criminal organizado, de exsoldados y mercenarios de la Legión Extranjera, altamente calificados, con experiencia militar de varios años. Operamos en todo el mundo”. 

Conseguir un sicario nunca había sido tan fácil. Como si fuera un producto cualquiera, la agencia C’thulhu ofrece por internet asesinar, torturar o secuestrar con solo hacer un par de clic. Son parte de un ecosistema ultrasecreto de narcotraficantes, delincuentes, pedófilos, piratas, mercaderes de armas, hackers, terroristas y disidentes políticos que navegan en secreto por los abismos virtuales, en la oscura y anónima deep web (la red profunda), un Triángulo de las Bermudas electrónico que evoluciona con total libertad en un universo paralelo a Explorer, Twitter y los espías de la NSA.

No hay que buscar las llaves de este laberinto en Google, Bing o Yahoo!. Como le explicó a SEMANA Robert McArdle, investigador cibercriminal y experto en amenazas de la empresa Trend Micro, “la ‘deep web’ es la zona de internet que, por razones técnicas, no está indexada por los motores de búsqueda. Puede ser un simple perfil privado de Facebook, pero ahí también hay un área llamada ‘deep net’, que garantiza el acceso incógnito y no rastreable a la web”. 

Para sumergirse en esta fosa hay que conectarse a través de la red TOR (The Onion Router), un programa desarrollado en 1996 por la Armada de Estados Unidos para proteger sus comunicaciones, que se descarga en unos minutos. 

El internauta normal accede a la información directamente a través servidor que aloja la página e inevitablemente su dirección IP, que identifica su computador, deja un rastro. Pero cuando el usuario navega con TOR, los datos, en vez de tomar el camino más directo, circulan aleatoriamente por cientos de servidores repartidos en decenas de países. Como no se sabe qué necesita quien entra o sale del sistema, en estas capas, semejantes a las de una cebolla (onion en inglés), se pierden las huellas. 

Los portales no tienen direcciones fijas, sino que cada vez que alguien accede a ellos, se genera una secuencia con una nueva  identidad. Si buscar con Google es como pescar en la superficie del mar, explorar con TOR es hundirse con un submarino por los abismos del océano. Así se garantiza un anonimato total donde las actividades, los contenidos o las búsquedas en internet se mantienen invisibles.

A tal punto ha llegado el asunto que la NSA, como lo reveló hace diez días el diario The Guardian, aceptó en una presentación confidencial que “TOR apesta” pues “nunca seremos capaces de identificar todos sus usuarios. Manualmente solo logramos reconocer una fracción mínima”. Y el universo de la deep web es infinito. 

Mientras Google indexa 44.000 millones de páginas, Pierluigi Paganini, autor de The Deep Dark Web y experto en seguridad virtual, le explicó a SEMANA que “la ‘deep web’  es hasta 500 veces más grande que el común. Ahí todos son anónimos, algo atractivo para quienes necesitan ocultar su identidad. Pueden ser activistas o periodistas en países con censura, militares con documentos confidenciales, gente como Bradley Manning, empresarios que se quieren poner a salvo del espionaje industrial. Pero también atrae a miles de criminales”.

En estas tinieblas no existe nada que no se pueda negociar. Además de agencias de sicarios como C’thulhu, se encuentran ladrones que se ofrecen al mejor postor, sitios para lavar plata, servicios de hackers, todo tipo de piratería y contrabando, compraventa de tarjetas de crédito robadas, mercados de armas pesadas, fábricas de dinero y papeles falsos, mafias de apuestas amañadas, tráfico de virus. Y claro, lo más perturbador, toneladas de  pornografía infantil. Pero hasta hace dos semanas, cuando el FBI logró cerrarlo, la estrella de la dark web era The Silk Road (la ruta de la seda), un e-Bay de la droga. 

Gracias a los bitcoins, un dinero virtual que se adquiere en línea y cuyas transacciones son anónimas, la gente compraba y vendía LSD, cocaína, heroína, ketamina, anfetaminas, tés de opio u hongos alucinógenos sin dificultad. Los clientes evaluaban los traficantes, que mientras mejores notas obtenían, más demanda recibían. Después enviaban la mercancía a apartados postales sin identificación. Según la revista Forbes, el portal movió en el último año entre 30 y 45 millones de dólares y recibía más de 60.000 visitas diarias.

Si fuera legal, su creador Ross Ulbricht sería considerado un genio de la informática. Junto la discreción que ofrece TOR con la tecnología no rastreable de los bitcoins. Aunque se hizo rico, Dread Pirate Roberts, como era conocido Ulbricht en línea, dijo a Forbes que en realidad no se trataba de vender narcóticos, sino que su página era un experimento libertario, antiestatal y revolucionario. 

“El corazón de The Silk Road es esquivar las regulaciones del Estado, que trata de controlarlo todo. Estoy orgulloso de lo que hago, todas las drogas hacen daño a la salud, pero uno es dueño de su cuerpo y tiene derecho a hacer lo que quiera con él. No es mi rol, ni el del gobierno, ni el de nadie, decir qué hacer. Darle a la gente la libertad de escoger, de conquistar su dignidad, es una gran cosa”. 

Pero el FBI le seguía la pista de cerca y en un descuido reveló su nombre y apellido en un foro. Fue un error de amateur y no cayó por la red TOR, sino por su imprudencia. Por eso ya brotaron decenas de nuevas páginas a donde migraron los clientes de The Silk Road. 

La deep web, en el fondo, es la reacción de los extremistas a la vigilancia de los gobiernos, que en algunos casos llega a niveles escandalosos, como en el espionaje de la NSA norteamericana sobre el gobierno de Brasil. No hay que olvidar que el gobierno de Dilma Rousseff anunció que ya no confiaba en los servidores alojados en Estados Unidos y que quiere tener su propio sistema de comunicación. Podría ser el principio de una batalla trascendental para definir el futuro de internet. En unos años la web podría ser un mosaico de parcelas donde cada país, cada grupo, cada mafia tenga su propia red, con sus condiciones y sus peligros. 

Si a finales de 2012, 1.300 millones de teléfonos inteligentes estaban activos, se intercambiaron 2.200 millones de correos electrónicos y 7.000 millones de personas usaban internet, lo que pueda pasar de ahora a unos años puede ser explosivo. Entre cibercriminales, hackers revolucionarios y gobiernos abusivos, el futuro de la red, que siempre había parecido brillante, se llena cada vez más de incertidumbre.
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