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| 12/2/2017 10:15:00 PM

Honduras: reelección al acecho

Los problemas sociales que se apoderaron de Honduras tras las elecciones generales del domingo pusieron de manifiesto un problema que afecta a otros nueve países de la región: la ‘reeleccionitis’. El fenómeno preocupa y supone una amenaza para sus democracias.

Algo huele mal en Honduras. El domingo, pocas horas después del cierre de las mesas de votación, los primeros boletines electorales le daban una ventaja de 5 puntos al candidato opositor, Salvador Nasralla, que se adjudicó la victoria con casi el 60 por ciento de los votos. Poco después, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) dejó de actualizar el conteo y dijo que solo al final de la semana se conocería al nuevo mandatario. El miércoles en la mañana, el presidente y candidato, Juan Orlando Hernández, lo había empatado. En la tarde falló el sistema y el primer boletín del jueves informaba que ahora Hernández estaba a la cabeza. Y aunque el TSE dijo ese día que los resultados estaban listos, al cierre de esta edición seguía sin publicarlos.

Previsiblemente, las sospechas de fraude se dispararon y desde el jueves miles de manifestantes se tomaron las calles de Tegucigalpa, cortaron el tránsito en las principales autopistas del país y lograron que el gobierno suspendiera las clases en colegios y universidades. Sin embargo, la situación era tensa incluso antes de las elecciones. En 2015, el TSE inhabilitó en medio de una gran polémica los artículos de la Constitución que prohibían al presidente reelegirse. Toda una marcha atrás, pues el Congreso había destituido en 2009 al antecesor de Hernández, el izquierdista Manuel Zelaya, por tratar de modificar la Carta Política con ese fin, a pesar de que la misma norma lo prohibía expresamente.

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Mal de muchos

El problema de Honduras culminó una semana en la que la reelección presidencial marcó la agenda política en América Latina. El martes, el Tribunal Constitucional boliviano (TC) emitió un fallo con el que respaldó las aspiraciones del presidente, Evo Morales, de perpetuarse en el poder. Pese a que la Carta establece que una persona no puede gobernar por más de dos periodos consecutivos y a que el año pasado un referendo popular le negó esa aspiración, el TC apeló a una polémica argucia legal según la cual ese límite vulnera los “derechos políticos” de Morales y le dio luz verde para gobernar hasta 2025. “¡Hasta la victoria siempre!”, trinó el mandatario poco después de conocer el veredicto del TC.

Por su parte, el sábado regresó a su país el expresidente ecuatoriano Rafael Correa y puso en alerta máxima a su sucesor, Lenín Moreno. Aunque se suponía que el exmandatario se iba a apartar de la vida política en Bélgica para dedicarse a la academia, el curso que tomó el gobierno Moreno alteró sus planes. Desde entonces, Correa ha recurrido a todos los medios para denunciar la “traición” de su legado y el fin de semana dijo que regresó para “enfrentarlo”. El rifirrafe entre ambos se debe a que Correa contaba con que Moreno (su vicepresidente) siguiera punto por punto su programa de gobierno y le permitiera regresar al poder, pero este mostró una independencia que no esperaba. El martes, Moreno habló de convocar una consulta popular para acabar con la reelección indefinida, con lo cual terminaría con los planes de Correa. Este calificó la decisión de “golpe de Estado”.

Por su parte, el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, confirmó el miércoles un secreto a voces al anunciar la candidatura reeleccionista del presidente Nicolás Maduro en los comicios del año próximo. Nadie se sorprendió, pues aunque el país vive una grave crisis social, política, económica e incluso sanitaria, desde la llegada al poder de Hugo Chávez hace casi dos décadas la democracia venezolana degeneró en un cascarón vacío y las elecciones en una simple farsa para asegurar la permanencia en el poder del régimen.

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En Nicaragua, como en el caso de Honduras, la reelección indefinida impera debido a una polémica reforma constitucional en la que magistrados afines al Ejecutivo reinterpretaron tendenciosamente la Carta Magna. La diferencia es que en este país eso sucedió en 2011 y la muerte de la democracia ya es un hecho consumado. En 2016 el presidente Daniel Ortega, quien gobierna desde hace diez años, consiguió su tercer mandato en medio de unas elecciones sin observadores internacionales, fuertes sospechas de fraude y persecuciones a la oposición.

Y eso no es todo. El lunes, Brasil se despertó con la noticia de que el presidente, Michel Temer, estaría buscando un segundo mandato en las elecciones generales de octubre del año próximo. El anuncio dejó a muchos boquiabiertos, pues se trata del presidente más impopular desde la terminación de la dictadura militar y su continuidad en el poder no estaba en los planes de nadie. En efecto, su ministro de la Presidencia, Eliseu Padilha, dijo el jueves que no tenía “ninguna pretensión” de aspirar a otro mandato. Sin embargo, esa posibilidad puso en evidencia la falta de renovación de todo el espectro político brasileño. Pues si la derecha está contemplando la posibilidad de reelegir a Temer, la izquierda tiene puestas todas sus esperanzas en que el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva supere sus líos judiciales. Según las últimas encuestas, si se lanzara ganaría en primera vuelta con el 35 por ciento de los votos.

No obstante, entre los países que permiten la reelección existen algunas diferencias relevantes. La principal se encuentra entre los que la permiten indefinidamente y los que no, pues los primeros suelen ser dictaduras disfrazadas y sus comicios solo tienen como fin darle un barniz democrático a regímenes autoritarios. Como dijo a SEMANA Gonzalo Hernández Jiménez, profesor de la Universidad Javeriana, “más de dos periodos presidenciales son un síntoma de las fisuras en la democracia. La búsqueda de un tercer periodo, con posibilidades de reelección, es una señal de que el gobernante ha podido manipular las instituciones y a los ciudadanos con el fin de mantenerse en el poder”.

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Por su parte, entre los que sí le ponen límites al número de mandatos se destacan los que solo prohíben la reelección inmediata. Ese es el caso de Chile, donde el próximo 17 de diciembre el oficialista Alejandro Guillier se enfrentará al expresidente Sebastián Piñera, quien según la última encuesta se mantiene en el primer lugar que logró en la primera ronda, si bien por una estrecha diferencia. Este tipo de reelección es tal vez la menos nociva, pues les da tiempo a los electores de contrastar las nuevas propuestas con los resultados de un gobierno pasado.

“Sin embargo”, dijo Hernández “esto no garantiza democracia, pues un periodo en medio no disminuye el alcance de los tentáculos del poder presidencial en periodos anteriores”. En efecto, la reelección de Piñera supondría una situación inquietante, pues sus dos mandatos estarían precedidos por los de Michelle Bachelet, que ganó las elecciones de 2006 y de 2014. Y en plata blanca, eso significaría que durante 16 años solo dos personas habrían gobernado la nación austral.

La ‘reeleccionitis’ que se apoderó de la región coincide con una crisis mundial de la democracia, cuyos efectos comienzan a sentirse en los frágiles sistemas políticos de América Latina. También, con un desgaste sin precedentes de sus gobiernos y de sus partidos políticos, que parecen incapaces de encontrar nuevos líderes y de renovar sus propuestas políticas. Todo lo cual constituye un caldo de cultivo para las candidaturas de antipolíticos populistas como Donald Trump, a quien algunos outsiders latinoamericanos ven como un modelo a seguir.

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