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| 8/3/1992 12:00:00 AM

REGRESAR PARA MORIR

El asesinato del presidente Mohamed Boudiaf pone a Argelia al borde de la Guerra civil.

LA MUERTE DEL PRESIDENte del gobierno argelino es, a ojos de muchos, un síntoma inequívoco de la desarticulación de una sociedad poco arraigada en los valores democráticos y, sobre todo, una nueva señal de alarma sobre el progreso del fundamentalismo (integrismo) en el mundo árabe. Aunque eran muchos los que esperaban que Mohamed Boudiaf corriera la misma suerte de Anuar el Sadat asesinado hace más de 10 años en El Cairo por su oposición a la avanzada del fundamentalismo islámico su llegada había traído una nueva esperanza a los partidarios de la supervivencia del estado laico.
La muerte de Boudiaf, asesinado la semana pasada durante una alocución pública, dio la estocada final a la legitimidad del Alto Comité que gobernaba Argelia desde enero, cuando las elecciones que dieron un triunfo arrasador al integrista Frente de Salvación Islámica fue invalidadas por el establecimiento sin justificación aparente. Los disturbios protagonizados por los fundamentalistas obligaron a renunciar al presidente Chadli Benjedid y el Comité llamó a Boudiaf, quien como uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional que liberó a Argelia del regimen colonial francés durante los años 60, era un factor de respeto para el régimen.
Aunque desconocido por la mayoría de los jóvenes argelinos, Mohamed Boudafi tenía tras sí una larga experiencia. Se trataba de uno de los jefes his0tóricos del FLN capturados y encarcelados por la guardia francesa. Sin embargo, tras lograr la independencia, Boudiaf adhirió a la tendencia que abogaba por la democracia y por el pluripartidismo, y se exilió voluntariamente en 1962.
El nombre de Boudiaf no había sido manchado por los fracasos de 30 años de gobierno del FLN, y ello le hacía ideal para dirigir un equipo que asegurara la liberalización económica y que mantuviera a raya a los fundamentalistas. No obstante, su presencia no bastó para neutralizar las protestas de los integristas, quienes no tardaron en organizar una verdadera "guerra de mezquitas" contra el nuevo poder. Tras innumerables disturbios, Argel decretó un estado de emergencia que sirvió para poner en marcha una violenta política de represión contra las fuerzas radicales islámicas, durante la cual los líderes del Frente Islámico de Salvación fueron encarcelados, Boudiaf constituía pues símbolo de la represión contra una tendencia mundial que pretende implementar un Estado Islámico y clerical y regresar varios siglos en la historia.
Si bien es cierto que aun las fuerzas musulmanas radicales no han logrado llevar a Argelia a la Edad Media, el atentada devuelve a la situación inicial. Hoy por hoy, la situación es la misma que cuando se buscó impedir el acceso al poder del movimiento integrista, con el agravante de que la campaña de represión y el irrespeto a los resultados electorales, no ha hecho más que exacerbar los ánimos de venganza de los fundamentalistas. Aun más grave, el ciclo agresión-represión contribuirá con sus mártires a estimular la ira de millones de desempleados y de pobres, en un país que tenía todo el potencial para convertirse en un polo de desarrollo en el Norte de Africa, y que años de socialismo y de intervencionismo a ultranza han sumido en una pobreza y un caos administrativo inmanejable.
En una nación tan desarticulada existen infinidad de razones para un atentado de esta índole. Boudiaf no tenía ni fuerza ni respaldo político, y en ello residían su importancia y su debilidad. El presidente del Alto Comité de Gobierno carecía de prudencia y su hablar franco suscitaba toda clase de reacciones en el espectro político. Aunque todas las acusaciones señalaron al Frente Islámico de Salvación como culpable del atentado, lo cierto es que hasta el mismo gobierno o incluso el ejército tenían razones para convertirse en cómplices del asesinato.
Hoy por hoy, a pesar de que durante los 30 años de independencia, las posibilidades políticas en Argelia no habían pasado de oscilar entre la dictadura militar o la dictadura civil, el país ahora amenaza con quedarse en una tercera y peligrosísima variante: la dictadura religiosa, que aprovechando el vacío de poder podría implantarse por las armas. Pero la existencia de una clase media afrancesada, que no quisiera vivir bajo un régimen al estilo del de Irán, garantiza que el país no caerá en ese sistema sin que haya lucha y sangre de por medio.
La argelina es una más de las manifestaciones de un fenómeno que está dándole la vuelta al mundo, que es el renacimiento del Islam como alternativa de poder en los países musulmanes. Lo extremo de sus creencias, la actitud hacia el mundo occidental, y el revanchismo que pretende que los árabes recuperen un esplendor perdido hace siglos, se unen a la proximidad de Argelia con Europa para conformar, en ese país norteafricano, un panorama que los occidentales miran con especial preocupación.
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