Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1988/09/05 00:00

REGRESO A CASA

Hábilmente, la URSS liberó a Mathias Rust para buscar un acercamiento con Alemania Federal.

REGRESO A CASA

Para los pasajeros del vuelo de Lufthansa que cubrió la ruta Moscú-Francfort el miércoles pasado, este tímido joven de 20 años que se subió al avión en el aeropuerto de Sheremetyevo no tuvo nada de especial. Con sus gafas doradas y su traje de corte modesto, nada hacia pensar que el muchacho con cara de empleado público fuera el mismo que, el 28 de mayo de 1987, inauguró un nuevo campo de aterrizaje en la capital soviética: el de la Plaza Roja.
Pero así fue. El pasajero en cuestión era nada menos que Mathias Rust, el adolescente alemán que a bordo de una avioneta Cessna, atravesó indemne las defensas aéreas de la URSS, para después posarse en pleno corazón de Moscú, ante los ojos asombrados de los turistas que a esa hora paseaban por el Kremlin y visitaban la catedral de San Basilio.
El episodio, que fue declarado con bastante humor en Occidente, no le pareció nada gracioso a los grandes jefes de la URSS. Pocos días después del aterrizaje de Rust el ministro de Defensa, Sergei Sokolov, y el jefe de defensa aérea, Alexander Koldunov, fueron relevados de sus puestos.
A su vez, al aviador alemán tampoco le fue nada bien. Al comienzo, a pesar de declarar que todo el viaje fue una cruzada en favor de la paz mundial, la justicia soviética no se conmovió y en cambio lo condenó a cuatro años de prisión en septiembre pasado. Entre otra cosas, Rust fue declarado culpable de haber puesto en peligro la vida de cientos de personas al haber volado muy cerca del "corredor" utilizado por los vuelos de línea internacionales, al igual que de haber entrado en la URSS de manera ilegal.
La seriedad del proceso y el nivel de las reconvenciones le hicieron pensar a muchos que al joven Mathias no le quedaba otra salida diferente a la de ver pasar los meses. Sin embargo, pudo más la diplomacia que la voluntad de castigo. Diferentes autoridades alemanas habían pedido una "solución" del caso Rust como condición para estrechar los vínculos entre la RFA y la URSS.
Aunque en un comienzo Moscú sostuvo que no cedería, todo el escenario cambió cuando se confirmó la reunión que sotendrán, en el mes de octubre, el canciller federal Helmut Kohl y el líder soviético Mikhail Gorbachov. En medio de sus esfuerzos para fortalecer los vínculos con Occidente, la carta de Rust le permitió al Kremlin comenzar jugando bien la partida. En respuesta a la visita oficial a Moscú del ministro de Asuntos Exteriores de la RFA, Hans-Dietrich Genscher, ocurrida a comienzos de agosto, se dio la orden de liberación como prueba de "buena voluntad".
La noticia, como es de suponer, llego inmediatamente a Occidente. Los soviéticos manejaron hábilmente el episodio y consiguieron la máxima resonancia en un mundo desarrollado, que en pleno verano se encuentra corto de news Esa estrategia contó con la ayuda del propio Mathias Rust quien, cuando habló con los periodistas dijo que "reconozco que cometí un delito, un acto irresponsable'', al tiempo que agradeció el "gesto humanitario" de la URSS.
Curiosamente, el arrepentimiento del joven piloto no fue suficiente para evitarle el regaño cerrado de la prensa de su país. Con la única excepción de una pancarta de bienvenida desplegada por el comité local del Partido Verde de Wedel, su pueblo natal ("viva el ruso", decía el mensaje escrito en alfabeto cirílico), el resto fueron cajas destempladas. El Stuttgarter Zeitung, de línea independiente, sostuvo en su editorial que Rust "puede considerarse feliz", y agregó "violó un espacio aéreo extranjero, puso en peligro el tráfico aéreo civil e hizo poco caso de los transeúntes durante el aterrizaje. La condena de cuatro años en campos de trabajo era justa".
Tantos jalones de oreja no hicieron, sin embargo, que Rust y su familia perdieran el olfato para los negocios. Hace unos meses, el semanario Stern había comprado "a precio de oro" los derechos exclusivos del reportaje del piloto. Como consecuencia, Rust fue prácticamente secuestrado cuando llegó a su patria y fue conducido en forma secreta a Hannover, donde se vio con los reporteros de la publicación.
Los marcos pagados por Stern (la misma que compró los diarios falsos de Hitler) deberán ayudar a hacer más fácil el reencuentro de Mathias Rust con la sociedad alemana. En sus escasas declaraciones, el joven piloto sostuvo que quería meditar sobre su futuro. Con 20 años cumplidos y una inmensa popularidad, este tímido aviador puede darse el lujo de escoger entre muchísimas alternativas, entre las cuales -claro está- se encuentra la de piloto comercial, a ver si decide volver a Moscú volando, pero con permiso.





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