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| 1/31/2015 10:00:00 PM

Regresó el horror a Ucrania

El recrudecimiento de las acciones de guerra en Ucrania demuestra el fracaso para ponerle fin a este conflicto.

La crisis en Ucrania ha llegado a un callejón sin salida. Los separatistas prorrusos del este de Ucrania han emprendido una ofensiva, para ampliar sus dominios, que el sábado de la semana pasada alcanzó la ciudad de Mariúpol. Las cargas explosivas detonadas sobre un barrio al este de la ciudad dejaron un saldo de 30 muertos y 97 heridos.

El restablecimiento de los niveles de violencia que existían en septiembre antes de que se firmara el protocolo y memorando de Minsk —donde se acordó el cese al fuego entre los implicados del conflicto— reafirma las pretensiones de los separatistas, por supuesto apoyados por Moscú, de ampliar la conquista de población y territorio ucraniano.

Aunque la tregua se perfilaba como un esfuerzo por reducir el nivel de lucha y centrarse en estabilizar y reformar la economía ucraniana, como preludio de una larga búsqueda de soluciones a la crisis, lo cierto es que nadie la respetó. Por el contrario, el conflicto, que se extendió con la declaración de independencia de Donetsk y Luhansk mediante referendo en mayo de 2014, ya lleva más de diez meses y ha dejado al menos 5.000 civiles muertos sin contar las bajas de los combatientes de ambos bandos.

La más reciente ronda de asaltos, que comenzó a mediados de enero en la región de Donetsk con una serie de ataques terroristas coordinados, sigue a los esfuerzos de Rusia durante el invierno por establecer una fuerza militar separatista más coherente a partir de una multitud de grupos beligerantes. El objetivo del presidente Vladimir Putin al continuar enviando tropas parece ser muy simple. La intención es reconstruir lo que se conoce como la ‘Nueva Rusia’, un término empleado durante el imperio zarista para recoger las ocho regiones de habla rusa en el este de Ucrania.

Los hechos

La violencia comenzó a recrudecerse el 11 de enero, pocos días después de los ataques terroristas contra el semanario Charlie Hebdo en París, cuando un grupo de soldados rusos y separatistas atacó el aeropuerto internacional de Donetsk —o, más bien, el cúmulo de escombros en el que se ha convertido— con una intensa andanada de cohetes seguido de un asalto de infantería.

Para el 13 de enero, la posición del Ejército ucraniano era tan precaria que en un intento peligroso y desesperado lanzó cohetes de corto alcance a las fuerzas rusas a menos de un kilómetro de sus propios soldados. A pesar de los esfuerzos, el 14 de enero Rusia había capturado la mayor parte de la terminal aérea. En los días siguientes imágenes capturadas por drones que sobrevolaron la zona muestran la devastación del edificio y los combatientes muertos, de ambos bandos, que quedaron en el terreno.

Mientras que la batalla por el aeropuerto de Donetsk crecía, los insurgentes prorrusos golpeaban posiciones militares cerca de la capital, haciendo imposible que el gobierno en Kiev suministrara refuerzos al aeropuerto y evacuara su pie de fuerza de manera eficiente.

Más allá de Donetsk, las áreas en las que Rusia está ganando terreno ahora —Kharkiv, Odesa y Mariúpol— fueron el foco de intensos combates a finales de año cuando se suponía que un alto al fuego congelaría el conflicto. Como esto nunca pasó, hubo un cambio de las operaciones de combate activo a una guerra más estática y de desgaste. Casi todos los días, desde mediados de septiembre, los bombardeos entre las posiciones de Ucrania y los separatistas a lo largo de todos estos frentes han resultando en una avanzada significativa de la ofensiva prorrusa.

Luego del bombardeo a un bus de servicio público el 24 de enero en el que murieron siete civiles más, el gobierno ucraniano declaró, por primera vez desde que aumentó la violencia, que las zonas dominadas por los rebeldes se encuentran en estado de emergencia, pues los combates han dejado a la población sin acceso a servicios públicos.

De acuerdo con el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania, Yevhen Perebiynis, los separatistas han ganado más de 500 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano desde el alto al fuego en Minsk. El gobierno ha informado que 9.500 tropas rusas se encuentran en su territorio, lo que ha permitido a los separatistas controlar el 7 por ciento del país y el 20 por ciento de su población.

¿Qué esta haciendo Occidente?


El secretario del Tesoro norteamericano Jack Lew viajó por Europa la semana pasada para fijar las condiciones de la ayuda a Kiev. Si bien Estados Unidos se ha comprometido a seguir sancionando a Rusia, cinco Estados de la Unión Europea se oponen, por lo que Alemania, pieza central del sistema continental, resulta clave para el futuro del problema. Como le dijo a SEMANA Amanda Paul, analista del think tank European Policy Centre, “la UE ha sido demasiado lenta para actuar; lenta para aplicar en forma las sanciones y extremadamente ingenua en su comprensión de Putin. Los esfuerzos para tratar de apaciguar a Rusia han socavado [su] credibilidad y la idea de que Putin está buscando únicamente salvar la honra es también un juicio equivocado. Él tiene sus propias convicciones”.

Aunque el gobierno de Putin se ha visto fuertemente afectado por las sanciones de Occidente y la importante caída de los precios del petróleo ha drenado sus arcas, no ha sido suficiente para cambiar su política exterior. Todo ello parece demostrar que para el líder del Kremlin sus objetivos geoestratégicos son mucho más importantes que las pérdidas económicas. Barack Obama afirmó en su discurso sobre el Estado de la Unión que la presión de Occidente haría cambiar de actitud a Putin, pero por lo visto en las dos semanas transcurridas desde entonces, las probabilidades son muy bajas.

En términos de su interés nacional, Rusia simplemente no va a permitirse ceder ante las sanciones de Occidente. Buena parte de la alta popularidad de Putin se debe precisamente a su actitud nacionalista que, además, le ha asegurado el apoyo de los militares y las elites industriales. La única esperanza de que dé algún viraje es que el costo económico que resulte de estas acciones se haga cada vez más pesado e, inevitablemente, afecte a la clase media rusa.

Por otro lado, el tema no se reduce a la aspiración territorial de la Nueva Rusia ucraniana, sino a que Ucrania se acerque cada vez más a Europa. “Putin teme una Ucrania que exige vivir y quiere vivir e insiste en vivir en los valores europeos, con una sociedad civil robusta, con libertad de expresión y de religión [y] con un sistema de valores que el pueblo ucraniano ha elegido”, dijo Natalie Jaresko, ministra de Finanzas de Ucrania, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, la semana pasada.

Para que ese país se anexe exitosamente a Europa necesitará mucho más que los 15.000 millones de dólares que le otorgó el Fondo Monetario Internacional para reactivar su economía. La corrupción que invadió al Estado luego de su separación de la Unión Soviética ha dejado profundas grietas en las instituciones, que el gobierno recién elegido deberá arreglar. La nueva generación de reformadores le apunta a transformar rápidamente los ministerios, la normativa fiscal y a recibir apoyo para su gobierno como parte de la ayuda internacional.

Mientras el nuevo parlamento lucha por deshacerse de la sombra de Rusia y comenzar a hacer parte de la Unión, Occidente teme que si Putin logra exitosamente su avanzada en Ucrania, redibujando las fronteras europeas, el resto de países alrededor de Rusia corran el mismo peligro. Con una estrategia militar que ha demostrado ser ineficiente y una guerra con poca popularidad dentro de las Fuerzas Militares en Ucrania, es de esperarse que el derramamiento de sangre continúe mientras el mundo revive las tensiones que parecían haber desaparecido con el final de la Guerra Fría.
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