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| 12/23/2016 12:00:00 AM

¿Amenazada la democracia liberal?

Este año será recordado como el momento en el que los dos grandes símbolos de la democracia –Reino Unido y Estados Unidos– sucumbieron al populismo. ¿Cómo llegamos aquí? Por Michael Reid*.

El 23 de Junio los británicos votamos en un referendo sobre la siguiente pregunta: ¿Reino Unido debe permanecer o no como miembro de la Unión Europea? Con una participación de más del 72 por ciento del electorado, el 51,9 por ciento votó por salir versus un 48,11 por ciento que se manifestó en favor de permanecer. Esta decisión fue inesperada: hasta el final, las encuestas indicaron que habría una mayoría ligera por permanecer. Y fue contra cualquier lógica económica, puesto que el país está profundamente integrado con la Unión Europea, destino de más del 50 por ciento de las exportaciones británicas de bienes.

El 8 de noviembre Donald Trump ganó una mayoría del Colegio Electoral presidencial, con la promesa de “hacer a Estados Unidos grande otra vez” y demoler el orden mundial liberal en favor de un nacionalismo estrecho y proteccionista. Igual que en el brexit, la victoria de Trump desafió a todo un ejército de encuestadores y expertos y a todos los supuestos políticos democráticos.

La historia recordará, por lo tanto, a 2016 como el año en que los dos países históricamente más identificados con la democracia liberal sucumbieron al populismo. A pesar de la euforia temporal de los mercados financieros en Estados Unidos y la resiliencia de los del Reino Unido, dentro de un par de años ambos países sentirán costos económicos significativos debido a sus decisiones políticas.

Eso hace aún más importante intentar entender por qué brexit y por qué Trump. Fueron, ante todo, un rechazo al establecimiento, o a “la elite metropolitana”, como se dice en Reino Unido, o a “Washington” en el caso de Estados Unidos. Detrás de esto hubo resentimientos profundos. En el referendo británico, la opción de remain (permanecer) ganó en Londres y en el sureste de Inglaterra, en Escocia y por un margen más estrecho en Irlanda del Norte. En el resto de Inglaterra ganó el leave (salir). Las clases más acomodadas y los jóvenes votaron por permanecer; la clase obrera blanca nativa y los viejos votaron al contrario. En Estados Unidos, Trump ganó la mayoría de los votos de los hombres, de los blancos, de los americanos que no cuentan con educación superior y de la clase trabajadora, tanto urbana como rural.

Brexit y Trump son parte de un fenómeno más amplio: el surgimiento de populismos en muchas democracias desarrolladas. Algunos asumen la forma de movimientos de extrema derecha, como el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, y otros la de movimientos de izquierda como Podemos en España y la griega Syriza. El apoyo electoral de los movimientos populistas en Europa se ha incrementado en forma significativa en los últimos tiempos.

Desde luego, América Latina está profundamente familiarizada con el populismo y también con la desigualdad -y los dos van muchas veces de la mano-. Es llamativo que estos temas tan centrales por mucho tiempo en el debate sobre América Latina hayan entrado a la agenda global. Y es irónico que el surgimiento del populismo en otros lados coincida con su remisión, al menos por ahora, en América Latina.

Hay una cuestión previa: ¿qué queremos decir por ‘populismo’? Richard Hofstadter, eminente historiador de Estados Unidos, en 1967 presentó una ponencia en el London Schools of Economics con el título: ‘Todo el mundo está hablando del populismo pero nadie lo puede definir’.

En efecto, es difícil definirlo. Populismo es un concepto subjetivo, pero es demasiado útil para abandonarlo. Su esencia es un liderazgo que invoca y convoca al pueblo contra algún enemigo como el establecimiento o la oligarquía. Este liderazgo es frecuentemente carismático, e impaciente con los checks and balances, las restricciones constitucionales sobre el Poder Ejecutivo. Por algo Nigel Farage el líder del UK Independence Party, una organización de derecha que inspiró el brexit, describió el referendo como “a victory for the real people”–una victoria para el pueblo ‘real’ o ‘auténtico’–.

¿A qué se debe el surgimiento del populismo en este momento? A pesar de que la globalización ha sido muy beneficiosa para el mundo, ha habido perdedores también. El impacto de la globalización en las economías desarrolladas se ha intensificado en los últimos tiempos. La entrada de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 aceleró la desindustrialización en Occidente. Combinado con la revolución digital, esto ha tenido un impacto fuerte sobre la clase obrera nativa y tradicional. Entre 2000 y 2014 Estados Unidos perdió aproximadamente un tercio de sus puestos de trabajo en la industria manufacturera, o más de 5,5 millones de empleos.

Por supuesto, se crean también nuevos empleos. Pero un obrero industrial, hombre, en sus cuarenta y cincuenta, difícilmente consigue recapacitarse como un diseñador o programador, o no va a querer trabajar en muchos puestos de servicios. Hay demasiados lugares como Cleveland o Detroit, o como Birmingham o Stoke on Trent, ciudades con grandes zonas otrora industriales abandonadas. En Estados Unidos, muchos trabajadores con pocos años de estudio han salido de la fuerza laboral: una tragedia humana. Estos son algunos de los que apoyaron a Trump con mayor fervor.

La crisis financiera de 2007-2008 es otro factor fundamental en el ánimo populista de estos tiempos. Conllevó a un estancamiento en los ingresos de los sectores medios en los países ricos. En Estados Unidos, por ejemplo, el ingreso mediano en términos reales fue igual en 2014 que en 2000. El sueño americano se ha hecho más esquivo. A los ricos les fue mucho mejor y, por lo tanto, ha habido un fuerte incremento en la desigualdad.

La globalización se ha intensificado también en otra dimensión: la migración. Esta aporta mucho a las economías y sociedades de los países desarrollados; de hecho, es esencial para compensar sus bajas tasas de fertilidad. Pero mucha gente menos afortunada en los países receptores ven en los migrantes una amenaza a su estatus socioeconómico y cultural. Donde la migración se ha convertido en un tema político importante, la derecha populista se ha beneficiado.

Hay, en resumen, entre mucha gente común y corriente en Europa y Estados Unidos, un sentimiento de pérdida de mecanismos de control sobre sus vidas y su entorno. Además, sienten que los partidos políticos tradicionales están distantes de sus preocupaciones.

Un factor adicional ha facilitado los populismos: la revolución digital, el empoderamiento de los individuos a través de sus posibilidades de conexión, los teléfonos inteligentes y los medios sociales, que han sembrado el terreno por lo que hemos llamado en The Economist “la política de la posverdad”: la difusión y repetición sistemática de falsedades que refuerzan los prejuicios de los electores, una práctica en que el gran maestro es Trump, pero que se aplica a los ‘brexiteros’ también. Esto es además causa y consecuencia del descrédito de las elites. Y es, igualmente, un resultado de la fragmentación y debilitamiento de los medios de comunicación tradicionales, consecuencia de la disrupción digital.

En todo esto hay, desde luego, lecciones para las políticas públicas. Por ejemplo, dar importancia fundamental a mejorar la recapacitación de los que pierden su empleo e invertir en la asimilación de los migrantes, entre otras. El brexit ha puesto en la agenda el tema de un ‘freno de emergencia’ sobre la inmigración: si la UE hubiera aceptado este pedido del ex primer ministro inglés David Cameron, tal vez el resultado del referendo hubiera sido otro. Así mismo, el brexit (y el plebiscito colombiano) refuerza un argumento tradicional en la política: que para tomar decisiones complejas no hay nada mejor que la democracia representativa. Finalmente, el antídoto a los populismos no puede ser puramente tecnocrático. Tiene que partir de una defensa vigorosa de los valores de la democracia liberal.

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