Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/07/31 00:00

Revelación misteriosa

El muy esperado anuncio del tercer misterio de Fátima deja más preguntas que respuestas.

Revelación misteriosa

El anuncio, hecho la semana pasada, del tercer misterio de Fátima, no pudo cerrar el telón de uno de los episodios más controvertidos de los últimos años en el Vaticano. Para dejar atrás el tema algunos sectores, entre ellos la Iglesia misma, tendrán que digerir el malestar provocado por la doble lectura que se hizo del secreto en dos diferentes momentos. Una, cuando el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, el 13 de mayo en Fátima, habló de un mensaje que contenía la sugestiva imagen de “un obispo vestido de blanco que cae a tierra como muerto” y la más reciente, la definitiva, que hizo el cardenal Joseph Ratzinger —guardián de la fe católica y uno de los más sutiles teólogos con los que cuenta la Iglesia— en la que no existen referencias a cataclismos o apocalipsis y en donde no hay un Papa que cae “como muerto”. La escena es otra, el Pontífice realmente muere bajo los disparos y las flechas de los soldados.

Por otro lado está el desconcierto que suscita el silencio de la Iglesia que ha dado pie, por décadas, a las más variadas especulaciones. “La Iglesia se ha hecho responsable de la confusión de los misterios de la fe con los secretos populares”, dijo a SEMANA Giancarlo Zizola, escritor y periodista, especializado en el campo de las religiones, el ecumenismo y la política de la Sede Apostólica.

¿En dónde estaba la necesidad de semejante secreto? Zizola es categórico, por más de 50 años el mensaje de Fátima fue una herramienta política, tuvo una función ideológica. “Se usó a Dios como arma para alimentar fanatismos: desde las cruzadas anticomunistas a los odios en contra del pueblo ruso. Se quiso leer en la ‘revelación privada’ una condena explícita al ateísmo ruso”. Quienes lo conocen de cerca dicen que el cardenal Ratzinger hubiera preferido no tener en sus manos la tarea de hacer un comentario teológico al texto de una profecía. Pero en cualquier caso en sus manos el mensaje adquiere otra dimensión.

Sobre las visiones de Fátima —en la moderna lectura de Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe— todos los ateísmos son condenados. El tercer secreto habla de “sistemas anticristianos, no sólo de regímenes comunistas, también de los nazistas y de todos los que en el siglo pasado han perseguido la Iglesia”.

Muchos observadores reconocen el esfuerzo del alto prelado para quitarle la carga anticomunista a las revelaciones de Fátima. Giancarlo Zizola agrega que la derecha católica había hecho de las visiones de Francisco, Jacinta y Lucía un dogma de fe, “era el momento de intervenir para devolverle el justo valor”.

De frente a un texto definido por un comentarista como “de una deprimente trivialidad”, no falta quién diga que todavía queda la parte que habla de las catástrofes y de los castigos divinos. Según Zizola no es ni lo uno ni lo otro. Las revelaciones de Fátima nacen en un ambiente campesino, que llegaron al papel con 27 años de retraso porque, sor Lucía (la única que sigue viva de los tres pastorcitos) tenía primero que aprender a escribir; segundo tenía que superar —según monseñor Tarcisio Bertone, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe— la desconfianza de las autoridades de su convento. Para Zizola el texto, hecho público en su totalidad, hace parte de una “literatura católica menor”.

Sobre si Juan Pablo II hizo bien o no al hacer público el secreto el coro de los vaticanistas está de acuerdo. Al fin y al cabo puso fin a los misterios de los misterios: por años se fantaseó sobre la fecha de 1960 escrita en el sobre que contenía el mensaje. ¿Por qué la Virgen designó esta fecha para su revelación pública? Y el pasado 27 de abril Bertone descubrió que la respuesta estaba en este mundo. La iniciativa era de sor Lucía, quien realmente prohibió la publicación. “Antes de esa fecha no se hubiera entendido”, fue el argumento de la religiosa de clausura de 93 años a Bertone.

Pero más allá del silencio del que se hizo culpable la Iglesia, ahora el punto de más difícil interpretación es el que involucra personalmente a Juan Pablo II: según la primera interpretación del cardenal Sodano el actual Sumo Pontífice cayó “como muerto”, lo cual sería compatible con el texto de sor Lucía. La versión del secretario de Estado, reveló Zizola a SEMANA, despertó una fuerte reacción en el Vaticano. En su columna del 28 de mayo mencionó el enojo de un alto prelado —de quien se reservó el nombre— “por la actual gestión de la Iglesia; exagerado leer en el secreto de Fátima el atentado al Papa de 1981, esta operación lo expone al ridículo por exceso de culto a la personalidad”.

Es a este punto que todos le reconocen a Ratzinger la habilidad para proteger la imagen del Papa y salir del impasse que crea su entorno, y específicamente Sodano, cuando toma la decisión de cambiar el texto. La jugada está en que el ex secreto de Fátima, al catalogarla como “revelación privada” dejó a los católicos en la libertad de creer o no. “El Papa ve su sufrimiento y yo me identifico con esa visión”, dice Ratzinger, pero precisa, “no hay definiciones oficiales ni interpretaciones obligatorias”.

Pero también hay quienes defienden la versión de Sodano. Vittorio Messori, coautor de libros con Karol Wojtyla y Ratzinger, cree que la lectura del Papa es indiscutible por la coincidencia del atentado con el día de la Virgen de Fátima. Si el Pontífice no lo reveló antes fue “tal vez porque quería esperar el final del siglo para estar seguro de que no hubieran más Papas en peligro de muerte”.

Sin embargo, que en la profecía se hable de un Papa muerto, abre otras puertas. El vaticanista Andrea Tornielli en un instant-book titulado Fatima, il segreto svelato, recuerda que Paulo VI fue apuñalado en 1970 en Manila por un sicario vestido de sacerdote. En 1978, escribe Tornielli, cuando el Papa murió, su secretario Pasquale Macchi reveló que la herida había sido más grave de lo que se dijo. Paulo VI no quería publicidad. No faltan los que mencionan a Juan Pablo I, elegido el 26 de agosto de 1978 y quien murió, oficialmente de infarto, 33 días después.

Por su lado un representante del mundo laico, Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica, escribió en un editorial: “Este Papa está dotado de una personalidad y de una vitalidad indestructible, a las que se agrega una vocación al espectáculo como no se había visto en sus antecesores… La revelación del llamado tercer misterio de Fátima,

realizada en presencia del protagonista, y la identificación de Juan Pablo II con el predilecto de María, elegido como mártir de la fe y gracias a ella salvado de las potencias del mal para proteger la tarea evangélica, contiene todos los elementos para proclamarlo, inmediatamente sea posible, beato o santo”.

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