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| 5/9/2009 12:00:00 AM

Revolución silenciosa

El giro a la izquierda en el continente ha permitido que una generación de ex guerrilleros llegue al gobierno.

Si los brasileños elegen a Dilma Roussef en las próximas presidenciales, su posesión tendrá tintes épicos. Escogida como sucesora por el actual mandatario, Luiz Inacio Lula da Silva, la actual ministra de la casa civil acaba de ser operada de cáncer linfático y tendrá que someterse a cuatro meses de quimioterapia. Pero su ascenso no sólo sería una hazaña por su salud, sino también por su apasionante biografía. Como recordó el popular Lula, quien mantuvo su respaldo cuando supo la noticia, Brasil necesita una mujer como ella, que supo superar las torturas durante la dictadura militar y que ahora superará el cáncer. Fue una manera elegante de recordar que su candidata tiene un pasado como guerrillera.

Roussef formó parte de la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares y, en la clandestinidad, fue conocida como Estela, Wanda y Patricia, aunque después la apodaron la 'Juana de Arco de la guerrilla'. Estuvo presa durante tres años, de 1970 a 1973, en los que la sometieron a todo tipo de vejámenes, y el día en que se posesionó como ministra de la casa civil (un cargo parecido al de primer ministro) lloró en público al recordar a sus compañeros de lucha asesinados por la dictadura. Incluso, hace unas semanas, la Folha de Sao Paulo aseguró en un informe que en aquellos tiempos llegó a planear el secuestro del ministro de Hacienda.

Ya integrada a la democracia, Roussef se forjó una reputación de competencia técnica, escaló posiciones y, ya con Lula como Presidente, fue ministra de Minas y Energía antes de reemplazar como jefa de gabinete a José Dirceu, otro ex guerrillero con una historia particular.

Dirceu fue detenido en 1968 por la dictadura y después intercambiado como preso político por el embajador estadounidense Charles Elbrick (secuestrado por la guerrilla brasileña). El régimen militar lo deportó, se entrenó como guerrillero en Cuba, se hizo una cirugía plástica para cambiar su cara y  regresó clandestinamente al país para participar en el Movimiento de Liberación Popular. Desde 1975 vivió con una identidad falsa hasta cuando el gobierno decretó una amnistía en 1979. Después fue uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores (PT), mano derecha de Lula y figura clave de la política brasileña hasta cuando cayó en desgracia, salpicado por los escándalos de corrupción que sacudieron al partido en 2005.

Los casos brasileños son apenas dos ejemplos de un fenómeno que se está dando en medio del famoso giro a la izquierda, pues los gobiernos latinoamericanos han incluido ex guerrilleros en posiciones clave. Roussef no es la única que podría llegar a la Presidencia. En Uruguay, el favorito para las elecciones de final de año es José Mujica, más conocido como el 'Pepe', quien perteneció al Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros (MLN - T),  amnistiados en 1985.

Aunque muchos sectores componen el Frente Amplio, la amplia coalición de izquierda que permitió a Tabaré Vázquez llegar al poder, los Tupamaros consiguieron el 30 por ciento de los votos. Su líder más visible, ex ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y cabeza de la lista más votada al Congreso, es el 'Pepe'. En 1970 el régimen lo detuvo en una bar de Montevideo, después de un intenso tiroteo. Durante los 14 años que pasó en la cárcel de Punta Carretas (tiempo durante el cual se fugó y fue recapturado varias veces) fue uno de los prisioneros que convirtieron a Uruguay en el lugar con mayor cantidad de presos políticos en relación con el número de habitantes en el mundo.

Luego de salir amnistiado, su estilo franco y campechano lo ha convertido en un carismático líder famoso por lo desabrochado de sus entrevistas. Cuando le preguntaron si en sus tiempos de rebelión se imaginaba al frente de las instituciones, contestó que "ni alcoholizado". Y en otra entrevista dijo que "a la burguesía yo la quiero ordeñar, no la quiero aplastar. El tipo avivado agarra la vaca lechera, la carnea, la vende en cuartos traseros al carnicero y encima se hace un buen asado. El tipo inteligente la pastorea y la ordeña cada día. Pero la deja comer".

Las aspiraciones presidenciales de Roussef y Mujica se suman a la victoria de Mauricio Funes en El Salvador. Si bien el recién elegido presidente es periodista y nunca empuñó un fusil, ganó como candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln), la antigua guerrilla convertida en partido político, y su vicepresidente, Salvador Sánchez Cerén, sí fue combatiente. El paradójico escenario político salvadoreño combina un partido extremista, cercano al venezolano Hugo Chávez, con un presidente moderado, que se declara admirador de Lula. Muchos observadores anticipan un choque. En palabras de Joaquin Villalobos, ex jefe de la guerrilla salvadoreña y actualmente investigador en Oxford, Funes llegó al gobierno montado en un potro salvaje. "La pregunta es si va domar al caballo o si el caballo va a tirar al Presidente", dijo a SEMANA.

Y es que, para los movimientos guerrilleros, evolucionar con la democracia es un reto. Una guerrilla se organiza como un ejército y por definición tiene estructuras de mando verticales con jerarquías definidas. "El asunto es si luego, a medida que se insertan en el juego democrático, comienzan a hacer coaliciones que se rigen por reglas de juego participativas", dijo a SEMANA César Rodríguez, profesor de la Universidad de los Andes y compilador de La Nueva Izquierda Latinoamericana. Uruguay y Brasil son ejemplos de coaliciones de izquierda multicolores, que incluyen diversos movimientos sociales y tienen unas reglas de participación claras. Pero no siempre es así.

En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln) llegó al poder tras ganar una guerra civil, en 1979, y después lo entregó al perder en las urnas, pero siempre mantuvo esa organización vertical y personalista en cabeza de Daniel Ortega, quien estuvo en la cárcel por su lucha contra la tiranía de Anastasio Somoza. Y aunque Ortega volvió a la Presidencia en 2007, su desprestigio es evidente. Se alió con los sectores más impresentables de la derecha y lo acusan de corrupción, de haber violado a su hijastra y, en las últimas elecciones, de fraude electoral. "El núcleo de Ortega lo que ha hecho es reforzar esa cerrazón interna, incluso a costa de la coherencia ideológica", explica Rodríguez, aunque aclara que el sandinismo como movimiento es mucho más plural que Ortega.

Con mayor o menor visibilidad, la participación política de ex guerrilleros se da en casi todos los países del continente. En Venezuela, algunos están en el gobierno, como Alí Rodríguez, ministro de Economía y Finanzas, y otros en la oposición, como Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual. Algo parecido ocurre en Argentina, donde los Kirchner han incorporado a algunos montoneros. En Bolivia, el vicepresidente, Álvaro García Linera, fue miembro del Ejército Guerrillero Tupac Kataren. Y en Perú, el actual primer ministro, Yehude Simon Munaro, con aspiraciones presidenciales, fue condenado a 20 años por hacer propaganda a favor del Movimiento Revolucionario Tupac Amarú en tiempos de Alberto Fujimori, pero después de ocho años en prisión fue indultado en 2000.

Más allá de las evidentes diferencias de país a país, el sueño de todo guerrillero es llegar al poder. Y es saludable que varios políticos latinoamericanos parezcan destinados a cumplirlo no a punta de fusil, sino de votos.
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