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| 3/20/2008 12:00:00 AM

Riesgo de boicot

Las protestas en Tíbet son la amenaza más visible contra los Juegos Olímpicos de Beijing. Pero no la única.

Ni siquiera el recorrido de la antorcha olímpica se ha salvado de los problemas de Beijing 2008, los juegos en los que China aspira a presentarse como potencia ante el mundo. Cuando un equipo lleve la llama a las nieves perpetuas del Monte Everest, en mayo, ningún otro montañista podrá ser testigo del suceso, pues el gobierno se encargó de que las dos rutas para llegar a la cumbre más alta de la tierra estén cerradas para entonces.

Su propósito era asegurarse de que la inauguración de la gran cita deportiva estuviera libre de manifestaciones a favor de la autonomía del Tíbet. Pero las protestas de la semana pasada, y su represión, ampliamente reseñados en la prensa internacional, demostraron que el tema puede ser el más grave en la larga lista de reclamos al gobierno comunista del gigante asiático. El sueño olímpico de China podría convertirse en pesadilla.

La dirigencia china ha visto los Olímpicos como una oportunidad de oro para exhibir su modernización y dejar claro su nuevo estatus. Se trata de una vitrina inmejorable para legitimar su "ascenso pacífico" y con esa intención ha hecho todo tipo de campañas e inversiones millonarias en infraestructura. Los arquitectos más famosos del planeta han proyectado estadios o aeropuertos que han transformado radicalmente el paisaje de la capital china. Beijing ha prometido una apertura total y algunas restricciones han sido levantadas a los corresponsales extranjeros.

Pero se trata también de la primera ocasión en que el llamado 'imperio del centro' es sometido a tal grado de escrutinio exterior y, a cinco meses de los juegos, los problemas han comenzado a surgir. Los activistas de derechos humanos han visto una oportunidad única para protestar contra el régimen comunista y presionar reformas. Las críticas no se limitan a temas como la libertad de expresión o el respeto a las minorías, sino que abarcan también la política exterior de Beijing. La actriz Mia Farrow, ex embajadora de la Unicef, incluso inició una campaña para etiquetar los juegos como "los olímpicos del genocidio" por las inversiones chinas en Sudán, cuyo gobierno es responsable de la catástrofe humanitaria en la región de Darfur.

El mes pasado la presión aumentó con la renuncia del director de cine Steven Spielberg a su papel como asesor artístico en las ceremonias de apertura y clausura. "Mi conciencia no me permite seguir", argumentó Spielberg en su carta al comité organizador chino, en alusión a Darfur. Su mensaje coincidió con otra misiva firmada por premios Nobel, artistas, atletas e intelectuales de distintos países en la que pidieron a Beijing que presione al gobierno sudanés. China asegura que cumple un papel constructivo en el país africano, lanzó una ofensiva para salvar los juegos y denunció una conspiración de Occidente para derrocar al partido comunista.

A la lluvia de críticas se suman algunas situaciones menos políticas, pero igualmente dañinas para la imagen internacional de China, como el altísimo grado de contaminación de los cielos de Beijing, un reflejo de la crisis ambiental producida por su acelerado crecimiento económico. Hace algunos años, un informe del Banco Mundial señalaba que 16 de las 20 ciudades más contaminadas del planeta estaban en China. Y aunque la calidad del aire ha mejorado cada año en Beijing desde que el gobierno planificó el gasto de 112.000 millones de dólares en 2001, cuando se inauguren los juegos no habrá cumplido su promesa de cielos azules.

El plusmarquista mundial Haile Gebrselassie le dio otro golpe a los juegos cuando renunció a correr el maratón por temor a los daños que la polución podría causar en su salud."No quiero suicidarme en Beijing", sentenció el atleta etíope, quien sufre de asma. El Comité Olímpico Internacional (COI) admitió que el fenómeno, que ya ha sido bautizado como 'niebla tóxica', supone un "posible riesgo" para ciclistas, atletas y nadadores de fondo y en un comunicado la semana pasada aclaró que monitorea a diario el aire de la ciudad, que el calendario será revisado y de ser necesario pospondrá alguna prueba. Para empeorar el escenario, varias delegaciones anunciaron que se concentrarán en Japón y, en un gesto que se antoja exagerado, Estados Unidos importará su comida porque no se fía de los productos chinos.

En ese contexto, se dio el levantamiento de la semana pasada en Lhasa, la principal ciudad del Tíbet. Desde 1989 no se presentaba un estallido tan fuerte de protestas contra China y, en medio de cierto grado de secretismo, el número de víctimas del que habla el gobierno chino difiere radicalmente de la cifra que manejan los tibetanos en el exilio, para quienes superarían el centenar.

A diferencia de Darfur, lo que ocurra en el Tíbet es responsabilidad directa del gobierno chino. El corresponsal de The Economist, el único periodista extranjero con permiso oficial para estar en Lhasa, contó cómo la Policía lo detuvo, le obligó a borrar sus fotos y amablemente lo invitó a no salir de su hotel. Según escribió, las autoridades han hecho todo lo posible por transmitir una imagen de normalidad. Pero en la práctica, la ciudad es controlada por las tropas y se prohibió el ingreso de periodistas. Desde el año pasado a los corresponsales extranjeros se les ha permitido viajar libremente por gran parte de China, pero con las protestas irrumpieron los viejos hábitos.

Beijing acusó al Dalai Lama, el líder espiritual en el exilio, de orquestar las protestas, mientras este denunció el "genocidio cultural" del gobierno chino y pidió una investigación internacional sobre la represión de las protestas. También, en contra de muchos de sus seguidores, amenazó con renunciar si los protestantes no renunciaban a la violencia y rechazó boicotear los Juegos Olímpicos. Algo similar dijeron los líderes europeos, y un comunicado de la Unión Europea (UE) declaró que "deporte y política no deben mezclarse".

Pero todavía faltan varios meses y la sombra de un boicot, como ocurrió con los juegos de Moscú en 1980, y los de Los Ángeles en 1984, sobrevuela Beijing. Pero por lo pronto lo que parece más posible es que los gobernantes que iban a asistir a la inauguración se abstengan de hacerlo. "No va a ser el último incidente antes de los Olímpicos y podría haber una presión significativa. Si estas o nuevas protestas llevan a escenas que recuerden la plaza de Tiananmen no habrá forma de que la opinión pública permita a los líderes de la UE ir a los juegos", dijo a SEMANA John Fox, experto en Asia del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. "China sabe que hay una línea que no debería cruzar. Los gobiernos de la UE deberían dejar de descartar un boicot y dejar claro públicamente que esa línea no está demasiado lejos", asegura.

China, por supuesto, también hizo un llamado para que no se politicen las justas. A estas alturas pocos hablan del plano deportivo. Al mejor estilo de la Guerra Fría, la China comunista y Estados Unidos competirán en lo alto de la tabla de medallería. En Atenas 2004, los atletas chinos estuvieron sólo tres medallas por debajo de los norteamericanos y todo apunta que, como anfitriones, podrían arrasar. Quizás esa será la gran revancha del gigante asiático.
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