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| 7/3/2016 11:00:00 PM

Olímpicos en medio de la tormenta perfecta

Los Juegos Olímpicos no son, ni cerca, la prioridad en Río de Janeiro, donde los ciudadanos están más preocupados por superar la crisis económica que los azota.

Se ve lejano ese Brasil boyante del 2009, cuando Luis Ignacio Lulla da Silva se enorgullecía por “haber sacado a 20 millones de personas de la pobreza”. Se ve lejano ese 2 de octubre del 2009, cuando las playas de Copacabana estaban abarrotadas de brasileños que celebraban la designación del Comité Olímpico Internacional (COI) para que la exuberante Río de Janeiro pasara a la historia como la primera ciudad sudamericana en organizar unas justas olímpicas.

Y es que aquella secuencia, con el correr de estos siete eternos años, se volvió un tanto cruel. El entonces presidente del COI Jacques Rogge abre con parsimonia ceremonial el sobre que atesoraba el nombre de la ciudad que albergaría los Olímpicos de 2016. Mientras en la platea el presidente Luiz Inácio Lula da Silva está rodeado por Pelé y un séquito de funcionarios a la espera del gran anuncio.

El sprint final estaba entre Madrid y Río de Janeiro -dos capitales que, paradójicamente, atraviesan los sinuosos caminos de crisis-. Rogge muestra el nombre de la ciudad y Lula estalla de alegría, igual que más de 100.000 cariocas que convierten ese 2 de octubre de 2009 en una fiesta interminable. Una fiesta bien brasileña.

Pasaron seis años desde entonces y aunque dicen que en Brasil no hay personas pesimistas, ni la más oscura de las premoniciones habría siquiera imaginado que para Río aquella fiesta se convertiría en una larga resaca. En estos siete años, el país pasó de ser la quinta economía más potente del planeta para transformarse en “un ejemplo para la región de todo lo que no se debe hacer”, como escribió el analista Sergio Costa.

Las desgracias comenzaron sin aviso y el huracán no acaba todavía. Brasil resultó ser una de las víctimas más graves de la caída en los precios del petróleo, pero esa no fue su única desgracia. El corresponsal argentino Alberto Armendariz explica que “Brasil se sostenía exportando petróleo y minerales y ambos cayeron como nunca antes”.

Esta realidad mundial, de la que también fue víctima Colombia, produjo tres cosas: un durísimo desajuste fiscal, una recesión y, más grave aún, la pérdida de millones de empleos en todo el país.

Para completar el cuadro entró en escena la corrupción. El caso Petrobras abrió la caja de Pandora en 2013 y la historia, con todos sus matices, terminó con la presidenta Dilma Rusef fuera de su cargo. Sin empleo, sin reservas y sin buenos precios para exportar y con una dirigencia política totalmente resquebrajada, los brasileños tenían que responder por un compromiso que había sido otorgado en medio de una fiesta a otro país, a un Brasil totalmente diferente al que es hoy.

Frío

Faltan menos de 30 días para que comience la cita Olímpica y el gigante de la tecnología, Google, invitó a un grupo de periodistas de todo el mundo para que recorrieran la ciudad armados simplemente con su celular y una conexión móvil. La sorpresa es mayúscula y no precisamente por la efusividad o por el ambiente a tan poco tiempo de uno de los pocos eventos que congrega la atención de la humanidad y no tiene que ver con las guerras o los conflictos.

Algo anda mal en el país que le gusta jactarse de las cosas "mais grandes do mundo". No hay señales de que tan magno evento está por celebrarse. No se ven anuncios gigantes. Las calles no están uniformadas con los colores Olímpicos. Los niños no presentan con orgullo a Vinicius, el felino que funge como mascota de los juegos. Apenas si en la televisión le dedican tres minutos a los Juegos; la noticia en los días del recorrido es que “una audiencia del impeachment contra Dilma se tuvo que aplazar por un ‘sospechoso’ corte de luz”, como si le faltara caricatura a la tragedia política.

Río, por estos días, recibe con frío a sus visitantes. El viento es otoñal, nada que ver con las jornadas calurosas que prometen las agencias de viaje. El ambiente es sosegado. Y los brasileños no sonríen cuando se les pregunta por los Juegos, apenas si hacen una mueca y encogen los hombros. Como si la atención a los turistas que vienen por las Olimpiadas fuera una obligación que suscribieron personas que ya no están.

Aunque suene irreal, frente a los fastuosos Juegos Olímpicos, los brasileños sienten un cierto desprecio, una suerte de frialdad que está muy acorde con el sosegado clima.

Una de las responsables del COI, que pide expresamente no ser referenciada, da en el punto: “¿Y cómo culparlos? ¿Cómo reclamarles? Si por estos días sus preocupaciones giran en torno a conseguir trabajo, y si tienen a retenerlo a como de lugar”.

No le falta razón. Edson Lima, conductor que usa Uber, expresó que “los brasileños vamos a cumplir con el compromiso, pero no lo haremos con alegría”.

En playas de Copacabana o de Ipamanema no hay grandes anuncios referentes a los Juegos. De hecho, en la ciudad apenas hay un túnel que hace alusión a la cita olímpica. Los visitantes deben llegar a Barra da Tijuca que está ubicada en la parte oeste de la ciudad. Sólo en este barrio de estrato medio alto se respira la cercanía de los Juegos ya que el Parque Olímpico y la sede donde se hospedaran los deportistas fue establecida en el sector.

El ejemplo del metro

Barra da Tijuca está lejos del centro de la ciudad y sus habitantes se quejan de los problemas de transporte que deben afrontar cada día. Para retratar lo que ha sido para la ciudad de Rio de Janeiro la organización de los Juegos, tanto los analistas como cualquier ciudadano utiliza el ejemplo de la línea de metro que, en teoría, debe conectar al barrio Olímpico con el resto de la ciudad.

El "trecho olímpico" de la línea 4, de 16 km de extensión en cinco estaciones, entrará en servicio de forma parcial cuatro días antes de la ceremonia de apertura de los Juegos, después de varios atrasos. Tendrá capacidad para transportar durante los Olímpicos y Paralímpicos (5-21 de agosto y 7-18 de septiembre) a 22.000 pasajeros por hora, solo quienes tengan credenciales o boletos para los Juegos, entre el turístico barrio de Ipanema y Barra, centro neurálgico del evento deportivo. Solo a partir de septiembre los brasileños del común podrán aprovechar la obra.

Los retrasos en la obra y una serie de irregularidades con el presupuesto hicieron que la adecuación costara casí 150 % de lo que se tenía previsto en aquel Brasil de 2009. La obra, que está completada al 97%, depende del gobierno del estado de Rio, sumergido en una severa crisis financiera. Además, el banco de fomento Bndes le negó un préstamo por 989 millones de reales (305 millones de dólares), necesarios para terminar la línea 4: 500 millones para el "trecho olímpico" y el restante para otro tramo aún en construcción, previsto para ser entregado en 2017.

Hace dos meses Río de Janeiro tuvo que declarar el “estado de calamidad” para poder entregar las obras que tiene pendientes con el Comité Olímpico. No hay mejor cierre que ese para entender lo qué pasó entre el 2009 y el 2016.

Los brasileños, que están preocupados por sobrevivir a la crisis más grave de su rica historia, tendrán que recuperar la sonrisa para los próximos dos meses de competencia. Dos meses en los que el mundo posará los ojos en una ciudad y un país que no es el de 2009.

Sí, los Juegos Olímpicos saldrán adelante, así hubieran llegado en medio de la tormenta perfecta que son hoy Rio de Janeiro y Brasil.

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