Sábado, 22 de noviembre de 2014

| 1995/05/08 00:00

RIOS DE SANGRE

Un año después del holocausto de Ruanda, la historia está a punto de repetirse en Burundi.

RIOS DE SANGRE

EL CONFLICTO QUE ENfrenta a la etnia hutu contra la tutsi no muere, sólo se transforma. Desde hace dos semanas, matanzas indiscriminadas en Burundi produjeron de nuevo filas interminables de refugiados en busca de las fronteras con Tanzania y Zaire. Porque la historia del año pasado en Ruanda, parece a punto de repetirse.
Los hutus y los tutsis comparten en forma incómoda un pequeño territorio dividido en dos países, Ruanda y Burundi, y su convivencia llena de odio es el campo abonado para un derramamiento de sangre cuyo final aún no se ve.
Como Ruanda, Burundi ha sido atravesada por matanzas étnicas, la más reciente en 1993, cuando 100.000 personas fueron asesinadas tras la muerte del recientemente elegido presidente Melchior Ndadaye, un hutu.
En abril de 1994, justamente hace un año, murieron en un atentado a un avión los dos presidentes, el burundiano Cyprien Ntyariamira, junto con su colega de Ruanda Juvenal Habyarimana. El hecho desencadenó una matanza de tutsis en Ruanda perpetrada por soldados hutus, que fue detenida por la reacción victoriosa de las guerrillas tutsis. Pero el triunfo de éstas produjo un éxodo de millones de hutus hacia la vecina Burundi, donde desde hace dos semanas están siendo masacrados en son de venganza por soldados y paramilitares de Burundi, mayoritariamente tutsis.
Como Ruanda, la población de Burundi está compuesta por un 85 por ciento de hutus y un 15 por ciento de tutsis.
El genocidio de Ruanda se desencadenó en parte porque los hutus dominaban tanto el gobierno como la milicia, lo que llevó a los tutsis a organizar un movimiento subversivo que terminó por tomarse el poder sin poder evitar que los hutus organizaran una gigantesca masacre. Pero Burundi ha evitado el caos de Ruanda, en parte por la difícil cohabitación de un gobierno de mayoría hutu versus un ejército de mayoría tutsi. Hoy, Burundi se adentra en la ingobernabilidad, porque el gobierno de Sylvestre Nbantunganya es demasiado débil para controlar a su ejército tutsi, que no demuestra ningún interés en detener la masacre de los hutus perpetrada por grupos paramilitares. Los hutus, por su parte, se organizan y la guerra civil parece inevitable.
Entre tanto, la segregación étnica a que son sometidos los hutus en Burundi hace empalidecer los años del apartheid en Suráfrica. El odio de esas etnias sólo subraya el absurdo de la división política poscolonial de Africa, que puso a convivir a pueblos que tienen odios ancestrales e insuperables. De ahí que el derramamiento de sangre, en cualquier circunstancia, parece inevitable.

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